Juan Marín: Un escritor chileno en tierra de nadie

"En una tradición obsesionada con definir qué era Chile, él parecía preguntarse otra cosa: qué ocurría cuando un chileno abandonaba el territorio y descubría que el mundo era infinitamente más complejo que cualquier relato (...) Marín no pertenece a la genealogía del aventurero romántico. Se parece más a esos escritores para quienes la experiencia constituye una forma de investigación. Viajar no era un pasatiempo: era un método de conocimiento".

Juan Marín: Un escritor chileno en tierra de nadie

Por Felipe Reyes F., escritor y editor

La literatura chilena a veces hace uso de su facilidad para ocultar identidades hasta el olvido.

No se trata de esos autores trendy que el tiempo barre con justicia, sino de escritores que, por alguna razón difícil de precisar, quedan atrapados en un punto ciego de la tradición. No desaparecen del todo: sobreviven en la crónica circunstancial, en las notas al pie, en los catálogos editoriales, en los diccionarios especializados, y en la memoria de algunos lectores-excavadores.

Juan Marín pertenece a esa especie. Su nombre suele aparecer acompañado de una enumeración que parece demasiado novelesca para ser cierta: médico, marino, diplomático, viajero, aviador, boxeador, poeta, novelista y ensayista.

Una biografía tan llena de movimiento que corre el riesgo de convertirse en caricatura. Sin embargo, el verdadero enigma no está en todo lo que hizo, sino en una pregunta más incómoda: ¿por qué un escritor premiado y admirado por sus contemporáneos terminó ocupando un lugar tan marginal en la historia literaria chilena?

Tal vez la respuesta sea que Marín escribió para un país que todavía no existía.

Mientras la literatura chilena de las décadas de 1920 y 1930 buscaba construir una identidad nacional —el campo en Mariano Latorre, los conventillos en Manuel Rojas, la ciudad en Joaquín Edwards Bello, la vida de provincia en Marta Brunet—, Marín escribía desde el movimiento. Su patria era el desplazamiento. Sus escenarios no eran el valle central sino los mares australes, los puertos del Índico, las calles de Shanghái, los monasterios tibetanos, las ruinas de Egipto.

En una tradición obsesionada con definir qué era Chile, él parecía preguntarse otra cosa: qué ocurría cuando un chileno abandonaba el territorio y descubría que el mundo era infinitamente más complejo que cualquier relato.

La suma de las partes

Nacido en Talca el 23 de marzo de 1900, Juan Marín Rojas cursó sus estudios secundarios en los liceos de su ciudad natal y en Constitución. Luego estudió Medicina en la Universidad de Chile, y en la misma casa de estudios impulsó la cátedra Historia de la Medicina.

Ejerció como médico naval y más tarde inició una carrera diplomática que lo llevaría por África y Asia. Le interesaba Gómez de la Serna, el ritmo precursor del jazz, el arte futurista y los aviones. Y hasta escribió un libro de poemas imaginando el mundo futuro con el desarrollo de esas máquinas voladoras que tituló Looping, publicado en 1929.

En una crónica de Alfonso Calderón, Marín declaraba que esbozaba sus poemas “entre un enfermo y otro, entre una y otra operación, impregnado de éter y desinfectante, y en hojas de papel que tenían membretes de hospitales y de clínicas. No me molestaba la conversación de los compañeros ni el ruido de las ambulancias, ni esa atmósfera cargada de drama que hay en los locales de la Asistencia Pública”.

Después, siempre dejaría tiempo para alimentar su activa colaboración en la prensa, en publicaciones como las revistas AteneaZig-ZagEn Viaje y Repertorio Americano de Costa Rica, y en diarios como El Austral de Temuco, La Unión de Valparaíso y El Mercurio de Santiago.

Pero sería un error leer esa biografía como una simple acumulación de iniciativas y aventuras. Marín no pertenece a la genealogía del aventurero romántico. Se parece más a esos escritores para quienes la experiencia constituye una forma de investigación. Viajar no era un pasatiempo: era un método de conocimiento. La medicina le enseñó a observar; la diplomacia, a escuchar; la literatura, a convertir ambas cosas en lenguaje.

Hay una diferencia decisiva entre un turista y un escritor que se nutre del viaje.

El primero confirma sus expectativas; el segundo las destruye. Juan Marín pertenece a la segunda categoría. Sus libros nunca utilizan el exotismo como espectáculo. Oriente no aparece como un decorado pintoresco destinado a fascinar al lector occidental, sino como una civilización que exige abandonar los propios prejuicios; décadas antes de que Edward Said publicara Orientalismo, Marín intuía que el verdadero viaje comienza cuando el viajero deja de sentirse el centro del mundo.

Quizá por eso su obra resulta hoy más moderna que muchas novelas chilenas de su tiempo.

En Paralelo 53 Sur, publicada en 1936 por editorial Nascimento (que obtuvo el Premio Municipal de Santiago), narra los conflictos sociales entre los que acumulan la riqueza y los que la producen, en un juego de tensiones que Marín galvaniza de epopeya sobre la explotación del oro, la lana y el petróleo en la Patagonia Trágica.

El paisaje austral de Marín deja de ser un simple escenario para convertirse en una fuerza moral. La naturaleza no embellece la acción: la pone a prueba.

En la estela de Conrad, en sus crónicas y novelas, el mar no representa libertad sino incertidumbre. Francisco Coloane terminó ocupando el lugar simbólico del gran narrador del sur chileno, y con justicia, pero antes de que Coloane consolidara esa geografía literaria, Juan Marín ya había descubierto que el extremo austral no era solamente una frontera geográfica, era un laboratorio donde el ser humano enfrentaba sus propios límites. No competían entre sí; exploraban regiones vecinas de una misma imaginación.

Algo parecido ocurre con Salvador Reyes. Ambos comprendieron que el océano era más que un paisaje: era una forma de pensar. En una literatura tan vinculada históricamente a la cordillera y al valle agrícola, los dos contribuyeron a devolverle el mar a Chile. No como metáfora patriótica, sino como experiencia.

Sus personajes viven en territorios donde las certezas todavía no han terminado de construirse. Su escritura no busca el mero retrato de lugares remotos, sino también escrutar cómo esos lugares transformaban a quienes los habitaban.

Luis Merino Reyes, uno de sus primeros estudiosos, insistió en otra clave: la imposibilidad de separar al escritor del médico y del diplomático. La observación clínica, el contacto con otras culturas y la imaginación narrativa formaban parte de una sola mirada. Quizá por eso la prosa de Marín posee una cualidad poco frecuente: incluso cuando describe escenas extraordinarias conserva una precisión casi científica. Nunca exagera porque sabe que la realidad suele ser más improbable que la ficción.

Sin embargo, los cánones literarios también obedecen y reciben los latigazos de las modas. Ya en los años sesenta, la irrupción del llamado Boom latinoamericano desplazó el interés hacia otras formas narrativas: la experimentación formal, las grandes alegorías políticas, el realismo mágico, la novela urbana.

Juan Marín quedó situado en una tierra de nadie. Demasiado clásico para las nuevas generaciones; demasiado cosmopolita para quienes seguían buscando una literatura que resaltara la resbaladiza identidad nacional. Así, en ese desplazamiento en el que se archivó su obra, su vida se extinguió el 10 de febrero de 1963 en Viña del Mar, a los sesenta y tres años de edad.

Hay una ironía inevitable en ese destino. Hoy, cuando hablamos de globalización, circulación de culturas, desplazamientos migratorios o literatura transnacional, Marín parece un escritor perfectamente contemporáneo. Gran parte de las preguntas que recorren su obra —cómo mirar al otro, cómo escribir desde la experiencia del viaje, cómo pensar la identidad fuera de las fronteras nacionales— son precisamente las preguntas que dominan buena parte del ensayo y la narrativa actuales.

Literatura y psicoanálisis

Hay una dimensión menos visible de su obra que permite comprender la innovación de su escritura en el Chile de comienzos del siglo XX: su temprano interés por el psicoanálisis.

Antes de que Sigmund Freud dejara de ser un nombre vinculado al ámbito médico o filosófico y comenzara a circular entre escritores y artistas latinoamericanos, Juan Marín ya había incorporado el universo freudiano a su ficción.

El cuerpo ya no bastaba para explicar la conducta humana; había una región oscura —los deseos reprimidos, la culpa, el duelo, la memoria— que exigía un enfoque y un lenguaje distinto, y la literatura era un laboratorio ideal de exploración.

En relatos como “Margarita, el aviador y el médico” o “El secreto del doctor Baloux”, el sufrimiento cotidiano adquiere una profundidad psicológica poco frecuente en la narrativa nacional de esos años.

No era una curiosidad aislada, pues la fascinación que Freud despertaba excedía el ámbito médico. Mientras Europa asistía al ascenso del nazismo y el creador del psicoanálisis era perseguido por su condición de judío, un grupo de escritores y profesionales chilenos decidió convertir esa persecución en una causa propia.

En abril de 1938, en el Salón de Honor de la Universidad de Chile se rindió un homenaje a Freud, organizado por la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, presidida por Neruda. Entre los asistentes estaba Juan Marín, por entonces presidente de la Sociedad Médica de Valparaíso, quien leyó un texto que respaldaba al psicoanálisis y reivindicaba la figura de Freud como símbolo del intelectual perseguido.

Un mes después, en mayo de 1938, sería la propia Sociedad Médica de Valparaíso la que impulsaría un nuevo homenaje. Pero esta vez el gesto adquiría un carácter mucho más concreto. Se propuso gestionar el rescate o el otorgamiento de asilo para que Freud pudiera terminar sus días en Chile, lejos de la persecución que se intensificaba tras la anexión de Austria por la Alemania nazi.

Dicha iniciativa nunca llegó a concretarse, mientras la salud de Freud se deterioraba rápidamente. El cáncer que afectaba su mandíbula hacía cada vez más difícil cualquier desplazamiento de larga distancia. Finalmente abandonó Viena rumbo a Londres, donde morirá un año después.

A veces, las amistades literarias rara vez sobreviven intactas a la política, al ego veleidoso o a la diplomacia. En sus memorias, Confieso que he vivido, Neruda recuerda un viaje a la India que realizó en 1950, se refiere al hostigamiento que padeció por parte de la policía de ese país, y le reprocha a Juan Marín, entonces embajador de Chile, no haber intervenido para impedir el maltrato recibido.

Para el poeta, Marín ya estaba “apaciguado, posiblemente por los años y por los privilegios diplomáticos. No manifestó ninguna indignación ante la estúpida actitud del gobierno hindú —aseguraba Neruda—. Yo no le pedí ninguna solidaridad y nos despedimos amablemente, él seguramente aliviado de la pesada carga que le significaba mi visita, y yo desilusionado para siempre de su sensibilidad y de su amistad”.

El episodio ocupa apenas un par de páginas de las memorias nerudianas, pero basta para advertir el quiebre de una relación que había estado marcada por la cercanía intelectual y por causas compartidas, como la defensa de Freud.

En su poema “Cuándo de Chile” (de Las uvas y el viento), Neruda escribió que el país es un “largo pétalo de mar y vino y nieve”. La frase terminó convirtiéndose en una definición sentimental del territorio. Juan Marín, en cambio, parecía entender otra cosa: que ese pétalo no terminaba en la costa. Continuaba mar adentro, en los puertos de Asia, en los templos de la India, en las arenas de Egipto, en cualquier lugar donde un chileno pudiera descubrir que la identidad no es una raíz inmóvil sino una conversación con el mundo.

El médico conocía el valor de los hechos; el novelista sabía que los hechos, por sí solos, no alcanzan a explicar una vida. Esa tensión entre experiencia y ficción atraviesa toda su obra. Viajó para mirar. Escribió para comprender lo que había visto.

Quizá por eso, su taxonomía de “escritor de viajes” se diluye. Tampoco basta con decir que fue un médico que escribía novelas o un diplomático-escritor. Juan Marín hizo algo poco frecuente en la tradición chilena: convirtió el mundo entero en materia narrativa sin dejar de escribir desde Chile. No llevó la literatura chilena al extranjero; trajo el extranjero a la literatura chilena.

Hay autores cuya posteridad consiste en seguir siendo leídos. Otros, en cambio, esperan que cada generación vuelva a descubrirlos. Juan Marín permanece en esa segunda casilla. Allí está su obra, silenciosa, como esos puertos australes donde alguna vez desembarcaron sus personajes: esperando que alguien vuelva a zarpar.

Por Felipe Reyes F., escritor y editor

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