Por Luis Valenzuela Prado
Emmanuel Carrère es un escritor cuya obra me cautiva. Me lleva a transitar por sus vías sinuosas y cambiantes de la no-ficción.
La analogía es evidente, su apellido tiene un origen etimológico latino el cual designa un camino o una vía. Carrère tiene un camino propio, inquieto, escribe una no-ficción novelada atractiva y me empuja por diversos derroteros.
Aunque partió escribiendo ficción, la dejó, ya que luego publicó solo no-ficción, además de una biografía, ensayos, crónicas, y de filmar cine.
La única ficción que leí, cuando ya había devorado gran parte de la no-ficción, fue El bigote (1986), donde un hombre se afeita en silencio el bigote que lleva durante años. Así, buscaba darle una sorpresa a su esposa; sin embargo, esta no reacciona como él esperaba y, de hecho, le dice que él nunca había tenido uno.
La novela se desliza en una trama que mezcla paranoia y humor negro. Sabemos que toda lectura esconde algo detrás del muro, como lo hace la buena literatura.
Después vino la no-ficción. Un lector no siempre respeta un camino único para sus lecturas. Comencé sin seguir la secuencia original, con Limónov (2011), brutal. Una biografía que es, sobre todo, una biografía novelada, porque Carrère despliega con soltura las herramientas del periodista y del novelista. Cuenta, informa, escribe y relata.
La palabra relato significa “traer de vuelta” y claro, pienso, ir hacia atrás es parte de toda narración o del trabajo de camino de Carrère. Para este, Limónov no era un autor de ficción, “sólo sabía contar su vida”, en rigor, lo que pasó antes, “pero era una vida apasionante y la contaba bien, con un estilo sencillo y concreto, sin afectaciones literarias y con la energía de un Jack London ruso”.
Carrère se desdobla en la imagen de su personaje, porque también busca contar bien, de forma sencilla, “sin afectaciones literarias” que, de seguro, las utiliza. Constato que dos de los ejes de la obra de Carrère son la narración y las vidas ajenas, las de otros, las de su familia e incluso la de él.
Limónov era un personaje extraño, a Carrère le interesan las vidas de seres así. Limónov fue un gamberro en Ucrania, un ídolo del underground soviético, mendigo, escritor de moda en París, soldado en los Balcanes, jefe de un partido de jóvenes desesperados: “Él mismo se ve como un héroe y se le puede considerar un canalla: me reservo la opinión sobre este punto”.
Se trata de una reserva ante la extrañeza ya presentada y desplegada antes en El adversario (2000), un ejemplo de tragedia que sigue los pasos de A sangre fría y, seguro, de Crimen y castigo.
Carrère relata, vuelve sobre los pasos de la perturbadora historia de Jean-Claude Romand, un hombre que mantuvo una falsa identidad como médico de la OMS durante casi dos décadas antes de asesinar a toda su familia. El horror de la monstruosidad humana.
El narrador, Carrère, explora, a través de testimonios y reflexiones, cómo la fachada social de Romand ocultaba una vida de mentiras sistemáticas y estafas financieras a sus propios seres queridos.
El adversario es un perfil de un monstruo criminal que se erige desde la paradoja del amor y la destrucción, del mal y de la culpa. ¿Por qué escribir sobre el mal, el horror y la muerte?
En De vidas ajenas (2009), cuenta sus días de vacaciones en Sri Lanka, junto a su pareja, Hélène. El descanso es interrumpido por un tsunami. Es testigo de dos muertes. El dolor y la enfermedad, además de la muerte, se instalan en el relato.
Cuando la gente se entera de que ha escrito El adversario, no se plantean el horror de este. Él, en cambio, sí reconoce la dureza al escribirlo, “y me sentí vagamente avergonzado de escribir cosas tan crudas”.
Por cierto, asegura que muchos ven “un mérito, una prueba de audacia que acredita la valía del autor”. No juzgan estas historias, “pero de todos modos se preguntan por qué escribirlas”. Sin duda, es la paradoja de la buena literatura.
Luego prosigue con el recurso de tensionar la verdad y lo falso. Recuerda la época de El adversario, cuando entrevistaba a personas relacionadas con el caso Romand, “evitaba tomar notas porque temía falsear las frágiles relaciones de confianza que se conseguía establecer, o no, con mis interlocutores”.
Antes, en Una novela rusa (2007), también menciona la publicación de El adversario, que lo tuvo preso durante siete años y lo dejó exangüe: “Pensé: ahora se acabó, haré otra cosa. Voy hacia el exterior, hacia los demás, hacia la vida. Para eso estaría bien hacer reportajes”. Hacia los demás, relata, camina hacia otras vidas ajenas, un periplo que había empezado años atrás.
Si se trata de libros raros, hace un año recién pude conseguir Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick (1993). Y es bestial. Se trata de un libro que anticipa la capacidad de Carrère para adentrarse y construir vidas de otros, vidas reales, perfectos personajes de ficción.
El retrato trazado de Philip K. Dick es un portento biográfico y creativo de un escritor genio. A diferencia de los libros de no-ficción que vendrían más adelante, en esta biografía no siente la necesidad de novelar al personaje, porque él mismo es un personaje de novela: “Los años oscuros del aprendizaje darían a su biografía el típico toque canalla del gran novelista americano”.
Leí Yoga (2020) ― no he leído El Reino (2014), quedo en deuda― que, si bien no tiene el nivel de otros libros, ofrece una reflexión y preguntas continuas sobre el acto de narrar, a partir de su crisis depresiva.
Su oficio, así lo declara, su talento “es la narración”, y su pregunta podría resumirla así: “¿cuál es su historia? Exactamente lo contrario de la meditación, cuyo objetivo, precisamente, definición número doce, es dejar de contarse historias. Es disolver esa espesa capa de narrativa, de juicios, de comentarios que las personas como yo usan para recubrir diligentemente las cosas como son”.
Nuevamente posiciona una paradoja para empujar su poética.
En V13. Crónica judicial (2023) relata que asiste a un juicio, en septiembre de 2021, y que hace referencia al viernes 13 de noviembre de 2015, día en el que, en tres lugares distintos de París se produjeron atentados yihadistas: frente al Stade de France, la sala Bataclan, y en bares cercanos a esta sala.
Carrère da cuenta de quienes asisten y la pregunta que todos se hacen: ¿vas a venir todo el tiempo? ¿a menudo? ¿cómo te organizas el resto de tu vida? Las respuestas son diversas: “Sabemos ya que algunos solo vendrán de vez en cuando, los días previsiblemente más intensos. Otros han prometido venir todos los días, vivir tanto en los momentos álgidos como los bajos. Yo soy uno de ellos. ¿Aguantaré el desafío?”.
El desafío es con la causa, asumo, y también con la escritura, volver a traer lo que pasó en 2015 y lo que sucederá en 2021. ¿Por qué le propone a L’Obs escribir esta crónica? Se asume como un escritor “al que nadie le ha pedido nada y que, como dicen los psicoanalistas, solo persigue satisfacer su deseo”.
La crónica da cuenta de un entramado complejo, en torno al estado islámico y a la religión de los acusados. Carrère se interesa por el gran relato, pero también avanza hacia historias menores y secundarias.
Este año publicó Koljós (2026) una nueva no-ficción, ahora sobre su madre, Hélène Carrère d’Encausse, en parte su padre, Louis Carrère d’Encausse, pero también sobre su familia y la de Europa del siglo XX.
Nuevamente, más allá de lo anterior, me interesa pensar la forma de construir y narrar esas vidas. En ese sentido, Carrère escribe que los libros, las películas y las historias que más le conmueven muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida.
Por un lado, la horizontal se hace cargo del amor, la amistad, los vínculos humanos cruzados en una misma época. Por otro lado, la vertical se funda en las relaciones entre generaciones. El cruce de ambas es el secreto de, por ejemplo, Guerra y Paz, sin embargo, “conforme me hago mayor, la que más me interesa es la vertical”.
Y se nota en la secuencia que se lee en su obra. Si bien en Koljós enfatiza la veta genealógica, vertical, hacia el final vuelve a Tolstói, al recordar el momento en el cual descubre “ese inmenso tapiz novelesco” que revisa los aspectos de la vida con una prosa “sencilla y clara”, ausente de misterio, sin equivalente en la historia de la literatura.
Un Tolstói que había sido escondido por su abuelo, porque lo consideraba un falso valor en el que las “personas inteligentes no caían”, y por su madre, convirtiendo su lectura en una transgresión.
En Koljós, hacia el final, comenta que Truman Capote no imaginaba, cuando tomó el tren hacia Kansas, que la investigación se convertiría en A sangre fría y le iba a costar cinco años de su vida. Tampoco imaginó que El adversario le tomaría siete.
Entre 1993 y 2000 le rondó el fantasma ―resulta sugerente esa imagen espectral, Leila Guerriero escribió hace un año sobre los fantasmas de Capote que quedaban en la Costa Brava, donde terminó de escribir A sangre fría―.
No es menor pensar en los fantasmas para un escritor que busca y desea, desde la no-ficción, ir hacia la dimensión vertical de la familia, sin dejas de lado la horizontal, la escritura y la literatura.
El camino que recorre Carrère hacia las vidas ajenas de otros y de los suyos, al igual que la de él, está copado de deseos y fantasmas que vuelven, merodean y retornan como en todo relato.
Luis Valenzuela Prado
