La novelista Mirella Granucci innova en el vampirismo

Mirella Granucci no viene de la cultura vampírica

La novelista Mirella Granucci innova en el vampirismo

Mirella Granucci no viene de la cultura vampírica. Lo dice ella misma, sin disculpas. Y esa distancia, lejos de ser un problema, terminó siendo la condición de posibilidad de Seis litros promedio, su tercera novela publicada en Chile por Zig-Zag, y la primera en que la escritora, guionista y artista brasileña se mete de lleno en el territorio de la fantasía.

«Hice todo el combo», cuenta. «De Drácula a Crepúsculo, pasé por novelas horrendas de TikTok, llegué a Entrevista con el vampiro. Y después dije: ya, ahora me toca escribir la novela que yo deseo escribir, que sea verdadera para mí. Pelear en una cancha que no es la mía, con información que no tengo, no tenía ningún sentido. Puede no ser la mejor historia de vampiro, pero es la mejor historia que yo pueda escribir sobre una vampira». La frase tiene la precisión de quien lleva mucho tiempo pensando en la diferencia entre ambas cosas.

La novela sigue a Ali, una mujer que despierta en 1974 sin memoria, que no reconoce su reflejo y que tiene una herida en el cuello. No envejece. No duerme. Solo encuentra alivio en la sangre de hombres abusivos. Cincuenta años después dirige un restaurante de alta cocina, hasta que un crítico enigmático escribe una reseña que amenaza con exponer su secreto. La premisa que la editorial instaló para presentarla no deja espacio a la duda: El monstruo no está afuera… habita en ella. Ese crítico, además, no es solo un personaje funcional. Es una figura incómoda que Granucci conoce bien.

«Está la figura de alguien que te está leyendo, que te está viendo literalmente quitándote el pelo de la verdad, viéndote en rayos X, tu real you, tu inner you. Que ella sea una figura de crítico es como depositar ese faro incómodo, ese incómodo spotlight, justo ahí».

«Yo nunca quise ser una farsa», dice Granucci cuando se le pregunta por qué no siguió los moldes del género. Esa decisión tiene consecuencias narrativas concretas. Ali no es la vampira clásica de la cultura pop anglosajona. No hay capas, no hay castillos, no hay cosplay. Hay una mujer con un trauma que no recuerda, una herida abierta que estructura toda su relación con el mundo. «Sería como una mujer violada al día siguiente», señala Granucci sin rodeos. «Está ahí con el trauma y todo». Y agrega algo que define el tono emocional del libro: «Ella no recuerda cómo llegó hasta ahí. No hay memoria de lo que pasó. Eso es la deconstrucción de una víctima». La autora ahonda en que no quiso dejarlo explícito porque ese no era el foco, pero la zanja está ahí, visible para quien quiera verla.

El personaje opera bajo una lógica que los lectores suelen leer como justicia poética —Ali como vampira justiciera— aunque ella misma nunca se permite esa lectura. «Ella se dice: yo soy una asesina», aclara Granucci. «Que la gente la quiera ver así me gusta, pero ella no se permite verlo así». Es una distinción que importa, porque le da al libro una complejidad moral que los géneros populares suelen evitar (…) Y yo nunca quise que fuese pamfletero», agrega. «Al final, ella es una asesina. Y ella misma se lo dice.»Lo interesante, señala, es cómo esa ambigüedad no impide la empatía del lector. A pesar de todo eso, uno puede empatizar. Uno puede decir: me subo a este carro y seguimos con la historia. Y eso es difícil como estrategia narrativa».

Hay otro eje que atraviesa la novela: el de ser mujer en el espacio público. Granucci apunta a algo concreto cuando habla del poder físico de su protagonista. «El gran tema es que yo no me expongo muchas veces porque soy mujer. Yo tengo mi spray de pimienta». La capacidad de Ali de salir sola en la noche sin miedo no es un detalle menor; es el núcleo de un placer que la autora define como político. «Poder caminar sola en la calle y sentir que no le va a pasar nada». Una fantasía, en el sentido más literal. Y una que, como señala Granucci, habla directamente de la condición femenina: «Por mucha defensa que tenga, igual es blanco. Igual es un target de alguien más». Incluso la inmortalidad tiene ese sesgo: «Para algunas personas no cambiar en cincuenta años puede ser una maravilla. Pero cuando eres mujer y sigues siendo joven o bonita, igual puede ser un peligro».

El trauma, sin embargo, no condena al personaje. Granucci lo piensa en términos de elección. «Cuando uno tiene un trauma hay dos caminos: o mueres a raíz de ese trauma y cargas eso como un lugar del que no puedes huir, o sacas lo mejor de lo que puedes de ese trauma y vas para la vida. Sin ignorarlo». Ali elige lo segundo, aunque no lo sepa conscientemente. «Esa es la belleza», dice la autora. «Lo que ella hace y lo que elige de positivo no es producto de su transformación, es producto de su elección. Y yo no sé si ella tiene eso consciente». La bajada que Granucci se trazó para construir el arco del personaje es simple y contundente: «Primero sobrevivo, después me hago fuerte y después ataco».

Granucci también es actriz de formación, escribe en un idioma que no es el suyo y lleva años construyendo una carrera en Chile desde un lugar de subestimación productiva. Después del fenómeno editorial de 12 y de Casi 30 (2023), llega a la fantasía con la misma lógica de quien ya no tiene nada que demostrar. «Cuando uno es subestimado, después de que pasas el umbral del dolor, viene una libertad absoluta», dice. «Yo no necesitaba agradar a los que saben todo de vampiros. Eso me dio una libertad enorme para escribir cómo yo quería, con el narrador que yo quería». Y remata con una frase que parece salida de su propia novela: «La libertad es mil veces mejor que ser aceptado. Pero uno tiene que bancar la soledad».

Esa libertad también tiene raíces más personales. Granucci habla de haber tenido compulsión alimentaria, de un hambre emocional que nada podía saciar y que encontró su camino en el libro. «Yo tenía compulsión alimentaria. Comía y comía y nada me sacaba el hambre porque era un hambre emocional. Eso está en el libro». Y agrega algo que ilumina toda la operación literaria de Seis litros promedio: «Siento que a veces este libro es mucho más biográfico que los que vendí como autoficción, donde hay personajes con mi nombre. A través de una capa de fantasía pude decir todo. Pude hablar de una violación sin hablar de una violación. Eso fue mi segunda libertad».

Su proceso creativo tiene la coherencia de alguien que escribe desde adentro hacia afuera. Primero escribe para sí misma, sin pensar en el lector. Si algo la aburre al escribir, lo borra, porque asume que también aburrirá a quien lea. Después, cuando llega la edición y la portada, suelta. «Ahí asumo absolutamente que no me pertenece. Lo puedo entregar con las dos manos, sin apego, y escuchar, curiosa, lo que la gente leyó». Como un hijo que ya camina solo, dice. «Es una entidad autónoma».

Seis litros promedio se inscribe en una conversación más amplia con el vampirismo cinematográfico que trabaja la ambigüedad: Martín de Romero, Near Dark, la reciente Sinners. Películas que no necesitan decir «soy una historia de vampiros» para serlo del todo. Granucci viene de la escritura audiovisual —ha trabajado como guionista para Prime Video y Vix— y esa mirada se nota en la construcción de atmósferas y en la economía con que maneja la información.

La directora editorial de Zig-Zag, Alejandra Schmidt, habló de «un universo donde la alta cocina y el vampirismo se fusionan para explorar temas de justicia, trauma y feminismo» y de un «enorme potencial audiovisual». No es casual. Seis litros promedio es, entre otras cosas, una novela que se imagina en pantalla. Y Mirella Granucci, que sabe muy bien cómo funciona ese mecanismo, lo ha construido desde la primera página con esa conciencia.

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