María Paz Peirano, curadora de la muestra Cine en Chile, reivindica a Gabriela Bussenius: directora, guionista y pionera del cine nacional, cuya autoría fue borrada durante décadas.
Hay una prueba en la muestra Cine en Chile, actualmente en el Centro Cultural La Moneda, que impacta a cualquier visitante que se detenga a mirarla de verdad. Son las páginas de un guion escrito a mano, donde puede leerse el nombre de su autora: Gabriela Bussenius. Entre paréntesis, con una familiaridad que emociona, alguien escribió: Gabi. Esa es la autoría. Esa es también, en miniatura, la historia de cómo el cine chileno empezó y cómo casi la olvidó.

«Desde un principio la idea de la curatoría era incorporar a las mujeres que habían trabajado dentro de la industria del cine en Chile», explica María Paz Peirano, doctora en Antropología, profesora de Historia del Cine y co-curadora de la muestra junto al director de la Cineteca Nacional, Marcelo Morales. Invitada a un nuevo capítulo de CiNeRd, la investigadora agrega: «Pero no queríamos forzar la entrada de las mujeres a la historia desde una perspectiva puramente del deber ser. Queríamos ser lo más honestos posibles con cómo había sido esa historia. Y en esa honestidad, efectivamente fue una mujer la realizadora de una de las primeras películas de ficción en Chile».

La película se llama “La agonía de Arauco” y fue estrenada en 1917. Gabriela Bussenius la dirigió, la escribió y la protagonizó. Es, según la evidencia disponible, la primera película de ficción en la historia del cine chileno. El problema es que la película está perdida. No se puede ver. Lo que queda es el guion original, cuyo manuscrito se conserva en la Cineteca de la Universidad de Chile; algunas imágenes publicadas en la prensa de la época; y los comentarios de los críticos que sí la vieron. Eso es todo.
Era común entonces. Las películas de los primeros años del cine chileno se filmaban en materiales altamente combustibles, imposibles de conservar. Pero la desaparición de “La agonía de Arauco” no fue solo física: fue también historiográfica. Durante décadas se creyó que la película era en realidad obra de Salvador Giambastiani, el marido de Bussenius, también director y pionero del cine nacional. La razón era simple y reveladora: él siguió haciendo películas después. Ella no. Y sin la evidencia concreta de su autoría, la historia prefirió adjudicársela al hombre.
«Por muchos años se pensó que no era ella, porque en realidad ella después no hizo más películas y él sí», dice María Paz Peirano. «Pero si tenemos el guion, y los reportajes de prensa del período hablan de ella como la directora, es casi indiscutible a esta altura». La pregunta de por qué Bussenius no volvió a filmar tiene una respuesta que María Paz Peirano da con cuidado: quedó viuda muy tempranamente, y en esa época, sin un hombre al lado que respaldara el emprendimiento, seguir en la industria era casi imposible para una mujer.

Lo que le ocurrió a Bussenius no fue una anomalía chilena. Fue parte de un patrón global que María Paz Peirano describe con precisión: en los primeros años del cine, cuando la industria era todavía un experimento, un emprendimiento incierto y poco serio, las mujeres tenían más posibilidades de trabajar. La inversión era menor, el prestigio era escaso, y las reglas no estaban aún escritas. Pero cuando el cine se institucionalizó, cuando se convirtió en una industria rentable y respetable, las mujeres fueron relegadas sistemáticamente.
«¿Te fijas que hay más mujeres pioneras en los años 20 que directoras en los años 30, 40 o 50?», pregunta María Paz Peirano. El caso más dramático es el de Alice Guy, primera directora de una película narrativa en la historia del cine mundial, hoy reconocida pero durante décadas invisible. O el de Lois Weber, realizadora estadounidense que en los años 20 competía en taquilla con D.W. Griffith, y que luego fue borrada de los libros de historia mientras él quedaba como el padre fundador del lenguaje cinematográfico.

«Lo que sucede luego, en los años 40 y 50, es que se empiezan a borrar de la historia a esas mujeres que sí fueron reconocidas en los años 20», explica María Paz Peirano. «Es un fenómeno muy raro, porque te habla de que la historia no es unidireccional. El futuro puede borrar el pasado».
Uno de los hallazgos más significativos de la curatoría de Cine en Chile fue constatar que las principales historiadoras del cine chileno son, en su mayoría, mujeres. Jacqueline Mouesca, probablemente la investigadora más prolífica de la historia del cine nacional; Eliana Jara, pionera en el estudio del cine mudo chileno y autora del primer libro sobre la materia; y Alicia Vega, mediadora y autora de Revisión del cine chileno (1979), tienen todas un espacio de reconocimiento en la muestra.

«Nos parecía importante relevar sus figuras», dice María Paz Peirano. «Y la coincidencia, o no coincidencia, de que las principales historiadoras del cine chileno sean mujeres es algo que no podíamos ignorar». En la muestra pueden verse los manuscritos originales de Jara, los libros físicos de Mouesca, los materiales de Vega. La investigación como acto de preservación. La escritura como forma de resistencia al olvido.
La muestra Cine en Chile está abierta al público de forma gratuita en el Centro Cultural La Moneda hasta el 31 de mayo de 2025. Gabriela Bussenius, cuya película no se puede ver, cuyo guion se puede leer, cuyo paréntesis dice Gabi, finalmente tiene su vitrina. Ha tardado más de cien años. Pero está ahí.
