Por Rodrigo Hidalgo y Elisa Montesinos
Fotos: Lorenzo Mella / Centro Cultural Manuel Rojas
De las manos de Mónica surgieron mundos microscópicos que impresionaron a grandes y pequeños, a los habitantes del barrio Yungay en que residía, a sus camaradas del mundo teatral y lambe-lambistas (creadores de teatro en miniatura), y a quienes la conocimos.
En sus 43 años de vida dejó una huella en las comunidades que habitó y con las que se relacionó. Dirigió, actuó, enseñó, formó actores y actrices, habitó una casa-teatro y creó al menos tres obras en formato tradicional para la compañía que fundó, Teatro La Raíz. Una de ellas implicó convivir muy de cerca con una machi.
Su partida remece. Más allá de la energía y empeño que puso en su labor, de su sonrisa generosa, de su figura cautivante de cabellera rojiza y pañoleta del mismo color atravesando las calles del barrio Yungay o ante la puerta de la casona azul donde vivió por años: García Reyes 243, la Casa La Raíz. Desde ese centro de operaciones se dedicó a hacer teatro con las uñas: un teatro de barrio, para todos y todas. Ahí fue velada, en el gran salón, en dos largos días y sus noches.
Vecinos y vecinas acudieron en tropa, miembros de organizaciones culturales, artistas, compañerxs, profesorxs, familiares, amigues. Su figura seguía brillando desde un sencillo cajón decorado con flores, mensajes de cariño, pequeños objetos que recordaban los mundos que había creado.
Su partida remece porque recuerda que el rol de los artistas no es salir en la TV o en revistas de farándula, sino provocar experiencias imborrables, mostrar algo nuevo, transformar y, sobre todo, crear comunidad.
En el patio de la antigua casona, antes Centro Cultural Manuel Rojas, su madre relataba que ahora varios festivales del teatro en cajitas lambe lambe llevarán su nombre. Ese es su legado.

Mónica fue Moni para sus cercanos; ellos y ellas se cuentan por cientos, pues las colectividades que abrazan la creación popular son fecundas y se interrelacionan y reproducen por efecto de una especial polinización.
Entre quienes se despedían con sentidos mensajes en redes sociales se contaban agrupaciones de artistas gráficos, titiriteros y teatreros de diversas localidades. Pero también aparecían mensajes de una madre que hablaba por sus hijxs. ¿Cuántas niñeces descubrieron el teatro de la mano de Mónica? Por lo mismo, no podrán olvidar su rostro, que quedará ligado para siempre a la maravilla de aquella experiencia.
En calle Libertad, se hacen festivales y eventos por los que desfilan familias completas; ahí ha estado siempre la compañía Teatro La Raíz animando con sus cajitas la jornada, asombrando tanto al más ducho en espectáculos teatrales como a aquellos que no han ingresado a una sala.
El teatro que Mónica y su agrupación han cultivado, como también sus redes de amistades y colegas que se extienden ahora por toda América del Sur gracias a festivales y a otro secreto que revelaré después, no depende de una sala, pues –sea en formato convencional o en cajitas– se hace en casa o en la casa-teatro o, sobre todo, en la calle, y el que no tiene monedas que pase nomás.
La labor educativa es evidente. Prácticamente no es necesario ni saber hablar; algunos de sus mini espectáculos no tienen palabras, solo imagen, sonido, colores y una historia que cautiva.
El secreto es que lo micro puede ser macro, lo local universal, la historia de Mónica y las y los creadores con raíz, con calle, arraigados al barrio y al territorio, puede llegar lejos. Así lo demuestran los homenajes que recién comienzan.
Si la conoció o no la conoció, si le dio curiosidad por vivir la experiencia del teatro lambe lambe, el domingo 27 de septiembre se le realizará un gran homenaje en Plaza Brasil para conmemorar los 37 años de la creación de este espectáculo en miniatura por las titiriteras Denise di Santos e Ismine Lima en Salvador de Bahía, Brasil.
Inspirado en las cajas de los antiguos fotógrafos callejeros, el espectador mira por un visor y oye a través de audífonos las breves e íntimas historias que ocurren para una persona a la vez.
En Chile, este arte lleva casi 20 años, desde que la Fundación Oani lo introdujo. Este festejo en el corazón del barrio que Mónica Rojas habitó se desarrollará al mismo tiempo en 22 ciudades del mundo. ¡Qué mejor manera de recordarla y despedirla!

Bonus track: despedidas
Rodrigo:
Suena de nuevo el kultrún. Un kultrún abierto es la imagen atesorada de la primera obra presenciada del Teatro La Raíz en el que fuera el Centro Cultural Manuel Rojas.
Protagonizada por una niña mapuche llamada Fameunisa, la pieza narraba cómo un sueño revelador le comunicaba a la pequeña su destino: se convertiría en machi, pues conocía los poderes de las plantas y el idioma de los pájaros, e incluso sabía ayudar a quienes caían en las redes tenebrosas del wecufe.
¿Dónde termina Fameunisa y empieza Mónica? Vuela alto, pequeña mujer inmensa, conocedora de los azules misterios del vientre del tiempo. Llegaste a García Reyes para seguir abriendo esas ventanas y seguir regando la parra, los naranjos, el olivo; para hacer que en sus muros y escalera siguieran rebotando risas alegres de niñas y niños; para sumar en su bóveda tus recuerdos a los nuestros.
Fuimos hermanados por un hogar hecho de mil brazos, por la misma solidaria comprensión del arte como única política, y hasta por el segundo sepelio de un perro. Es un misterio tanto espejeo y tanto eco entre tu experiencia y la de quienes vivimos entre esas mismas paredes, alimentándonos en esa misma cocina, bañándonos en ese mismo baño. Y es tan injusta tu muerte que hasta te lleva en su fecha más dolorosa y nacional.
No sé qué más decir, una vez más me faltan las palabras ante la magnitud despiadada de tu rostro tras el vidrio de un féretro. Abrazados a Gustavo, a tu madre y a tus infinitos seres queridos, decimos: descansa en paz, querida titiritera raíz del universo.
Elisa:
Hace unos días fue la despedida. Veo una obra lambe lambe de la compañía Voy y vuelvo, titulada Naufragio. Dos seres voladores, no sé si peces o aves, están sobre la proa de un barco y el mar que se agita; se acercan y se alejan en el vuelo.
Jorge, el director, espera un comentario. Le cuento que experimenté distintas emociones y que me conecté con Mónica, a quien deduzco que conoció, como todos quienes trabajan con teatro en miniatura en Chile. Se le llenan de lágrimas los ojos. Sigo: sentí que esos seres eran espíritus y que era ella la que se desplazaba en el aire y viajaba.
Nos abrazamos. Dice que, pese a la pena, también recordarla es alegría, pues ella “era pura risa”.
21/09/2026
