
Obsesionarse es visto, a veces, como una ventaja. Puede resultar extraño que la obsesión goce de cierta buena fama y no se la vincule con desregulaciones personales. Incluso podría pensarse en una herramienta para crear. Pero ¿quién no se ha obsesionado con algo? Con un personaje, con alguien que inspira, con una historia, un mito, incluso con un crimen no resuelto. A muchas personas no les gusta que les digan “te obsesionaste”. Yo misma, como autora, solía negarlo, como si esa palabra le restara seriedad al trabajo. Sin embargo, está lejos de ser así.
En La Flamenca (Six Barral) de Ana Montes (1990) esa obsesión rinde sus frutos pero también revela una dimensión inquietante. La novela nos habla de una narradora que se obsesiona con una pintora y con la persistencia del color rojo en sus obras en un contexto inicial revuelto. No se trata de cualquier artista, ni cualquier obra, sino que se trata de Emilia Gutierrez, artista argentina (1928-2003) célebre por sus autorretratos, pero que llamó la atención de Montes con su obra “El pocillo de café”. Gutierrez era conocida como “La Flamenca”, de ahí el título de la novela. Se cuenta, incluso, que Emilia dejó de pintar por recomendación de su psiquiatra, ya que los colores le producían alucinaciones auditivas.
Como la misma autora ha contado en entrevistas (además es pintora), conoció la obra de la artista en su infancia, cuando su padre llevó algunos cuadros que tenía colgados en las paredes de su casa a remate en medio de la crisis económica argentina de inicios de siglo. Esa pared blanca, despojada de la pintura, quedó fijada en su memoria, y comenzó, con el tiempo, a cargarse de extrañeza y sentido. “Por más que lo intente, nada se parece a la primera vez que lo vi”.
A través de un estilo fragmentario, Montes nos introduce en la obsesión de su protagonista con la artista- “hay otra que está dentro mío como una sombra”- y con las conexiones que traza entre su propia vida y aquello que interpreta. El gatillante es la muerte de su padre. Su refugio, una casa en las afueras de Buenos Aires donde convive con un pájaro enjaulado. En medio escribe: “12 de julio de 2003. El día que partió mi vida en dos” De ahí en adelante, los fragmentos – algunos breves, otros extensos-, nos van guiando por una poética elaborada de sentido y pequeñas epifanías en torno al duelo, como si los detalles que la protagonista ve se llenaran de pronto de significados en torno a la impermanencia de las cosas, la muerte de su padre y el ave cuya liberación desata un momento de comprensión. “Mi padre me abrazó fuerte y me dijo que la había liberado. Nadie sabía sacarme la culpa como él. El pozo ya es lo suficientemente profundo”.
Es verdad que a veces escribimos para no olvidar, para retener lo que no se dice, pero también para iniciar la búsqueda de un sentido, una especie de transformación que percibimos en diferentes experiencias de vida. Montes lo sugiere desde el inicio cuando cita a Alejandra Kamiya (grandiosa ella): “La mirada, cuánto más lejana y más perdida, más parece acercarse a algo”. Y también lo reflexiona en estos fragmentos breves como bellos: “Todo parece avanzar pero en el fondo es siempre lo mismo. En espiral”.
Muchas autoras y autores han explorado sobre el sentido. Creen hallar ese significado cuando profundizan en los procesos de sus personajes, ya sea en la ficción, autoficción o en la crónica. En esta obra, Ana Montes consigue transmitir, a través de su narración, esa tenue luz que aparece cuando todo parece desbordarse, cuando de pronto la cordura se vuelve frágil en medio de los torbellinos de la vida.
Érika Montecinos Urrea
Periodista y escritora
autora de la crónica Con mi recuerdo encendí el fuego (Ariel)
