Por Violeta Molyneux
Cuando llegamos temprano en la mañana a la comuna de San Bernardo, la misa ya había comenzado. A diferencia de lo que creíamos, el espacio estaba cercado con vallas que pasaban los dos metros de altura. Sólo podían pasar a la zona prohibida quienes tuvieran una invitación formal; el resto del pueblo debía ubicarse en la plaza.
Lamentablemente desde ahí no era posible divisar nada, quizás un par de suertudos pudieran identificar a algunos de los personajes a través de las pantallas gigantes ubicadas después de las vallas, después de los militares, después de las gradas y después de la calle, el resto era mejor que fuera a ver la trasmisión desde su casa.
Como todo en este gobierno, no tenía nada de público, libre y abierto, como afirmó el diputado de RN en la mañana.
En los canales de televisión se reporteaba el nivel de protección que se había desplegado en el lugar: militares con metralletas estaban encargados de evitar que algún ciudadano de a pie, izquierdista inmundo, narcotraficante venezolano o una simple mujer de vestido verde pudiera siquiera acercarse a las autoridades masculinas que presenciarían el desfile cívico – militar, una especie de parada militar pequeña en una comuna tomada por el temido crímen organizado.
Confiadas en nuestro disfraz buscamos el lugar donde se reunirían los bailarines . Ahí estaba el control más débil: mujeres vestidas de seguridad ciudadana le preguntaban a las maquilladas jovencitas de qué agrupación venían y luego las dejaban pasar. Me colé con un grupo de mujeres que llevaban el mismo vestido con flores y fondo celeste.
Soy folclorista -dije- sin mirar a la mujer, pasando como quien va tarde a su presentación o tiene miedo de ser reprendida por su coreógrafo, soy bailarina nacionalista, folclorista soy, chilena de corazón. Parezco una huasita joven de Paine, San Bernardo o los alrededores. Nadie me conoce. El vestido en realidad me queda grande.
Veo docenas de carabineros, gendarmes con espadas de quizás qué siglo, recuerdo a Nicolás Piña, el preso político del estallido social, y me pregunto si alguno de esos lo conoce de la cárcel Colina Uno o quizás de la Penitenciaría de Santiago donde está ahora, se sonríen entre sí, no me calza bien con la imagen que tengo de ellos, pero pienso, quizás los que desfilan no son tan malos.
Unas gendarmes jóvenes de engominada cabellera le piden a una mujer con cara de mala si pueden sacarse una foto con ella, creo que es su superiora o algo así. Se fotografían, contestan sus celulares para asegurarse que sus familiares lograron instalarse en las gradas de primera fila. Parecen todos ansiosos por mostrar su ordenado marchar.
Yo estaba esperando en todo el sol, con el corazón a mil por hora, el cortisol en las nubes y la constante pregunta de si eso tiene algún sentido. Es primera vez que me enfrento a una situación así completamente sola. Siempre había tenido a las espaldas las marchas feministas o alguna que otra compañera performer dispuesta a poner el cuerpo. Hoy eso ha disminuido enormemente, igual que los recursos, igual que la fuerza, igual que la organización en general.
Así que sólo era yo y mis tres compañeras que se encontraban del otro lado del control intentando un espacio pequeñito por dónde mirar y registrar la acción.
Al avanzar por la calle con mi disfraz de huasita ordinaria, ya en el sector vip, dentro de las vallas conjunto a las estrellas que desfilarían ese día: hombres muy jovenes con perros también muy jovenes que seguirían ordenes y se moverían de manera graciosa frente al actual Presidente de la República de Chile, el ultraderechista José Antonio Kast, su esposa dientuda y provida María Pía Adriasola, y el alcalde del Partido Socialista, el señor Christopher White.
Habían otros rostros masculinos conocidos y muy desagradables. Hombres de la iglesia católica con enormes cruces en su pecho, mirando con lentes la actividad que les era honor a ellos, a las glorias del Ejército de Chile y por ende a la colonización de la fe.
Una fiesta mestiza con ciudadanos disponibles para danzarle y sonreírle a este señor de linaje alemán que se sienta en esa silla respaldado por un ejército de bots y una embajada norteamericana que le aplaude cual jardinero del patio delantero de los Estados Unidos.
Los jóvenes gendarmes me miraban, como pensando que quizás podría ser una buena esposa. Mi personaje era más bien inocente: el hocico pintado con un labial rosado que no se sale con nada, las mejillas con colorete fucsia que ayudaba a esconder mi pálido y nervioso rostro.
Me paseaba por la calle cortada por milicos con metralletas, pacos con pistolas, jóvenes disfrazados del ejército que fue a la guerra del Pacífico, alguna que otra mujer con traje y un montón de grupos de folclore sanbernardino.
Nadie se dio cuenta de que yo no pertenecía a ningún grupo. Que realmente estaba ahí para que José Antonio sintiera por un segundo que ese espectáculo lleno de policías infiltrados, rejas y obstáculos para que el pueblo pudiera apreciarlo en vivo y en directo, no era real; que, a pesar de todos esos guardaespaldas vestidos de negro en sus subs de cristales polarizados, realmente no se dieron cuenta que la jovencita se saltó uno de los más débiles controles de seguridad y que, infiltradas también nosotras, le recordamos que sí somos una piedra en su zapato.
Todos comenzaron a avanzar, a acercarse al lugar donde se agitarían los pañuelos. Yo los seguí con la manito en la cintura y una sonrisa que aprendí cuando niña en las presentaciones del colegio. Vi en el suelo una moneda de diez pesos, la levanté pensando que podría protegerme, estaba intentando aferrarme a cualquier señal.
Ya estaba ahí, había logrado infiltrarme, sentía el peligro respirandome en la nuca, pero no había vuelta atrás, bailaría frente a él, pero esa era una partida falsa, aún quedaba esperar más.
Mis compañeras que se habrían paso con mucha dificultad tenían siempre los cascos de los milicos en su plano. Al buscar otras opciones los descubrieron, habían francotiradores, una novedad para aquellos que nacimos en los años noventa y que sólo los hemos visto en las películas de acción.
El alcalde había sido amenazado de muerte por séptima vez, por esa razón el Presidente fue a brindarle su apoyo y a demostrar su fuerza y colaboración ante la ciudadanía y los narcos. Habían 4 francotiradores: dos sobre el techo del centro cultural y otros dos en el BancoEstado, las noticias los mostraban con orgullo.
Entonces mis compañeras comenzaron a imaginar la posible desgracia: entraría yo con mi disfraz de huasita ordinaria, del cual tendría que desprenderme en el escenario, o sea, frente al mandatario. Luego metería mi mano por debajo de la falda del vestuario final para sacar mi enorme pañuelo verde con el que bailaría la cueca sola entremedio de todos esos vestidos floreados para terminar mostrando su contenido: SIMBOLO PATRIO.
Pero esa acción, buscar algo debajo de la falda, podría perfectamente ser una alerta para el francotirador. ¿Va a sacar una pistola? ¿Esa mujer va a matar al Presidente? ¿Es esa mujer una infiltrada ? ¿El narco indio Juan, fugado de la cárcel, mandó a su esposa a dispararle en las patas al alcalde White?
Fue así como las demás temieron por mi vida mientras yo escondida en una esquina intentaba esquivar las miradas de los profesores de danza de la muni quienes con sonrisa posicionaban a sus alumnos, de todas las edades, para que todo estuviera perfecto, para que las dos horas bajo el sol, los ensayos en el centro cultural y en el departamento del adulto mayor, tuvieran al fin su recompensa. Que el Presidente se sintiera orgulloso de lo que ocurre en las comunas pobres del país que gobierna.
Cueca chora, la cueca del adulto mayor, cueca tradicional, huasas elegantes e incluso jinetes con poncho se encontraban esperando el momento en que posara sus celestes ojos sobre ellos y ellas. No debían verme en la fila del baile, pues era demasiado probable que se dieran cuenta que yo nunca fui a los ensayos, que mi vestido no combinaba con los de las demás y que no tenía mi pañuelo blanco.
Entonces me escondí detrás de un árbol, pensando en cómo haría para sacarme el vestido y dejar ver mi traje real, un vestido de cueca confeccionado a mano con pañuelos verdes, los pañuelos de la revuelta feminista.
Me ubiqué al lado de unos niños pequeños con manto de huaso y nos dieron la partida. Todos tenían su pareja, menos yo, sin embargo los niños eran muy pequeños aún para darse cuenta que la mujer que se les metió entremedio no era su profesora, ni una de las bailarinas más grandes, ni me miraron.
Primero me saqué un brazo del vestido, luego el otro y por debajo me lo saqué completamente, debía dejarlo en algún lugar, uno de los bailarines al verme buscar una esquinita para dejarlo me lo recibió y lo ubicó en las gradas de los periodistas.


Ya tenía mi pañuelo y mi vestido y aún no me habían disparado. Busqué un lugar frente al Presidente y su esposa, yo les sonreí, ella me dio una sonrisa de vuelta como queriendo darme ánimo para lucirme en mi momento único.
Aunque parece tonta, no lo es, y justamente fue ella quien se percató de las primeras de lo que estaba ocurriendo. Hace una semana había visitado un lugar para apoyar mujeres en situación de “vulnerabilidad” para que siguieran adelante con sus embarazos: ella sí conoce el pañuelo verde.
Tanto tiempo en matrimonio con este señor, pienso, tanto hijo encomendado a dios ha estado en sus manos, tantos fracasos políticos hasta que ahora puede al fin estar aquí, con su impecable brushing y sus hijos ya criados, sentada en palco viviendo en el Palacio de La Moneda, donde probablemente el espíritu de Allende le susurra en sus oídos tapados de cera.
Comenzamos los aplausos, tenía en mi cabeza la estructura de la cueca, había ensayado, -giro completo, media luna, los cuatro acentos, sin cadera, sin cadera, sin los hombros de la danza del vientre, sin vientre, sonríe, sonríe. Miré a las cámaras de televisión, les señalé mi espalda llena de mensajes, aborto ya!, no bastan tres causales.
Los periodistas que estaban en un lugar especial para poder tomar todo lo que ahí ocurría me apuntaron con sus cámaras, pero nadie se dio verdaderamente cuenta de lo que mi performance se trataba.
Era la única de entre más de 50 parejas de cuequeros de todas las edades que bailaba absolutamente sola. No necesitaba un varón porque realmente lo mío no era un baile de apareamiento o conquista, sino más bien de lo contrario, estaba refregando unas consignas encriptadas en mi vestido en los ojos de los poderosos.

La primera cueca la bailé frente a ellos, mirándolos fijamente. Vi cómo sus rostros cambiaban, como el Presidente comenzaba a pasar de una sonrisa patriota a una cara derretida, las arrugas más prominentes, ella comenzó a guardar diente por diente, se dijeron algo en el oído.
Al mismo tiempo, la mujer que bailaba la cueca chora al lado mío preguntó a su pareja: “¿por qué ella está haciendo eso?” “sácala”.
El Presidente molesto le dijo algo al alcalde, sentí que las mujeres de la cueca chora me iban a agarrar de las mechas, pero continué zapateando como hombre, golpeando el cielo con mi pañuelo verde, sonriendo sostenida por las mujeres que habían ocupado esos pañuelos en el 2018, en el 2019, en el día del aborto, en el 8 de Marzo, vino la vuelta final, lo abrí y ahí estaba el estampado patrio en primera fila.
Después de eso sentí que me maldecían, que todos esos hombres que intentaban hacer como que eso no estaba pasando me maldecían y me recorrió un enorme miedo. Estaba en la boca del lobo y el mundo no está lo suficientemente pet friendly para ubicarse ahí. Quería salir corriendo, pero no podía, porque no hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera. Bailé frente a los periodistas, para mi y para todas mis compañeras.
Cuando se terminó pensé que iban a agarrarme, puse mi manito en la cintura, sonreí, sonreí, busqué mi disfraz y me lo puse al instante. Todos comenzaron a caminar, yo también, pensé que los de la muni me iban a agarrar a la salida, estaba todo cercado así que ahora yo estaba atrapada dentro del acto.
Traté que tranquilizarme, caminé mirando al frente buscando una salida para que las de la cueca chora no me agarraran de las mechas, para que los del GOPE no me subieran a sus caballos, cuando vi un espacio entre las vallas y corrí, corrí, corrí y corrí.
Por supuesto nada de esto que estoy narrando salió en las noticias.
Al día siguiente seguían hablando de la seguridad fantástica del Presidente, de la mosca que se le paró en la cabeza al Presidente en la parada militar, del perrito golden retriever que busca marihuana parado en sus dos patitas, y así la primavera le dio un respiro a este gobierno, no sé a quien le llegó reto por el desliz, solo sé que los pañuelos verdes volverán a flamear frente a sus rostros.
Violeta Molyneux
EQUIPO PERFORMANCE
IDEA – PERFORMANCE – TEXTO : VIOLETA MOLYNEUX
DISEÑO DE VESTUARIO : IKA SILVA
PRODUCCIÓN: PRÍNCIPE MAPUCHE
REGISTRO: SIMÓN JARA

