Sostener un tomo antiguo y ver cómo una prensa hidráulica le cercena el lomo en segundos se ha convertido en una escena recurrente dentro del sector tecnológico. Anthropic, la firma detrás del asistente Claude, encabeza un proceso masivo de digitalización industrial donde miles de volúmenes de segunda mano y ediciones raras son mutilados para acelerar su escaneo antes de ser desechados.
Esta mecánica responde a un problema de fondo: el entrenamiento de los grandes modelos de lenguaje chocó contra un muro de datos. Con internet saturado de contenidos sintéticos creados por cuentas automatizadas, las empresas necesitan desesperadamente material redactado por humanos, recurriendo a librerías de viejo y coleccionistas.
Un tribunal de California convalidó esta metodología bajo el principio de «uso transformativo». Al determinar que la versión digital sustituye la función del ejemplar impreso sin infringir los derechos de autor, la resolución dio vía libre a intermediarios como ISBNdb para tramitar pedidos descomunales de hasta un millón de libros por encargo.
El ecosistema bibliográfico reaccionó con estupor. Pieter de Vries, librero holandés, calificó de insólito el flujo de pedidos masivos por parte de firmas como 2077AI. En la misma línea, el librero español Marçal Font i Espí advierte que la escasez de datos limpios en la red aceleró una incursión voraz sobre el patrimonio bibliográfico que aún no ha sido digitalizadoLa discusión supera el margen de las pérdidas económicas o los derechos de propiedad intelectual. Si el registro en papel desaparece, el testimonio histórico queda confinado a servidores privados donde la información puede ser modificada, filtrada o eliminada de forma unilateral, extinguiendo la posibilidad de contrastar o verificar el pasado mediante fuentes independientes.
El peligro de ceder la historia a servidores privados
El dilema ético fractura incluso a la propia industria tecnológica. Ed Newton-Rex, fundador de Fairly Trained, calificó el método como el reflejo de «corporaciones multimillonarias adquiriendo libros por céntimos para triturarlos tras extraer su valor». Por su parte, Matan Grinberg, de Factory AI, tildó de «misántropa» la pulverización de objetos humanos tan íntimos, mientras que Elon Musk afirmó haber ordenado a su equipo procesar obras raras sin dañar su encuadernación.
Aunque la venta de lotes genera ingresos inmediatos para los comerciantes, el destino final de las obras causa amargura. La prisa por liderar la carrera algorítmica parece haber fijado un criterio inquietante: postergar la conservación de la memoria colectiva en nombre del rendimiento tecnológico.
Fuente: Arteinformado.com.
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