Cuentos Ciudadanos: “Tan típico como un saqueador de bragas” de Ignacio Fritz

Ignacio Fritz (Santiago, 1979) comenzó publicando relatos breves para el desaparecido suplemento literario “Zona de Contacto” del diario El Mercurio desde 1997 hasta el año 2000, y desde el año 2003 hasta el 2004 redactó la columna “Nihilista al Acecho” en The Clinic

Ignacio Fritz (Santiago, 1979) comenzó publicando relatos breves para el desaparecido suplemento literario “Zona de Contacto” del diario El Mercurio desde 1997 hasta el año 2000, y desde el año 2003 hasta el 2004 redactó la columna “Nihilista al Acecho” en The Clinic. Ha publicado Eskizoides (2002), Nieve en las venas (2004), Tribu (2006), Hotel (2009) La Hermandad Halloween (2012), El festín de los engendros (2016) y la novela policial fantástica La indiferencia de Dios (2016). Ha sido merecedor de varios premios literarios importantes y fundó la editorial Contracorriente Ediciones.

Esta vez, para El Ciudadano, el autor ha cedido el relato inédito “Tan típico como un saqueador de bragas”.

(Imagen: “The Studio” – Juan Dávila)

Tan típico como un saqueador de bragas

 

 

                                                   ¿Es sucio el sexo? Solo cuando se hace bien.

                                                                                                WOODY ALLEN

 

 

Él tenía un vicio privado. Se trataba de las mujeres y sus respectivos calzones. Cuantas más bragas atesorara para su colección, mejor. Le agradaban las telas de algodón y nailon, en particular. Guardaba las bragas de distintos colores en una cómoda de madera de cedro que había sido de su difunta madre. Una señora puritana que lo introdujo en la insospechada manía de rendirle culto al orate de Jesus Christ Superstar. Iban a la iglesia los domingos. En la mañana. Sin falta. Su difunta madre había sido una verdadera mujer. Una fémina en el tiempo en que las mujeres eran mujeres, como escribió alguna vez el boquisucio de Bukowski. Señoras que atendían al hombre. Geishas occidentales.

Al sujeto que tenía ese vicio privado lo llamaban Bazooka Joe. «Hay de todo en la Viña del Señor», decía ufano ante sus amigos. Él lo sabía, en secreto: era fetichista. Había mujeres para todos los gustos. A él le gustaban particularmente las mujeres que tenían entre quince y treinta y cinco años. Se moría por las petites brunettes. Aunque el ganado selecto era escaso. Para él —heraldo de la fatalidad—, una mujer para no lamentarse tenía los ojos del color de una castaña de Indias. También, claro, debía tener buenas piernas. Depiladas. Y un culo inobjetable. Un culo, para que fuera inobjetable, debía tener la forma de una simple manzana. Era como una joya a la que bastaba su propio brillo. Con un culo así, Bazooka Joe experimentaba una sensación de embeleso tan inexplicable como imprevista. Veía culos de mujer en todas partes. Quedaba absorto ante la sinuosidad de las ancas; maravillado al atisbar la cadera, el comienzo de la pelvis y la zona de algodones que acomodaba, una vez al mes, una toalla higiénica que recogía los jugos interiores todavía frescos. Sangre carmesí. Cuando imaginaba una toalla higiénica usada, creía que se trataba de una experiencia religiosa, una visión, algo que no podía describir con palabras.

Sin más ni más, Bazooka Joe pensaba todo el día en el rudimentario sexo, en la pasión. Cuando veía un infante, se acordaba del modo en que un mozalbete es concebido. «Lo que una pareja experimenta en un lecho de alcoba para engendrar a un hijo, lo que debe experimentar para concebir a un mocoso, no es más que simple placer orgásmico. Algo sucio y rico», declamaba jactancioso a sus amigos. A veces no se le entendía demasiado bien su rollo. Era un tipo de pocas palabras, parco hasta el paroxismo. A las mujeres les gustaba que fuese un sujeto directo, que iba al grano.

Bazooka Joe iba por los márgenes, andaba a contramano, se equivocaba en todo. Menos en sus conquistas, que terminaban victoriosamente. A veces la vida se iba al garete. Menos sus bragas, paños menores súper sexis. Hasta que conoció a la última mujer.

La número cien. Atesoraba noventa y nueve bragas hasta el minuto. Creía que jamás se enamoraría. Y ella tenía los ojos del color de una castaña de Indias, el culo inobjetable y los pezones como dos cerezas rebozadas en azúcar moreno; eso constató cuando la llevó a la cama después de un mes de raudo cortejo. Sí, fue rápido. Se trataba de una flaca que usaba unos lentes de pasta tipo bibliotecaria. Vestía trajes de tweed en pleno verano y se llamaba Arantxa Tabucco. De profesión, ingeniera civil. Trabajaba todos los días hábiles, se entretenía cuidando a su sobrino meloso de treinta meses y asistiendo a un taller de narrativa dirigido por una escritora feminista amante de Bukowski. Había un contrasentido en la escritora, ya que Bukowski era puro machismo.

Arantxa Tabucco lo vio, solitario, acodado en el mostrador de formica fluorescente del restorán El Rincón de los Rebeldes. Ella tomó la iniciativa cual chirusa. Se miraron de arriba abajo como compañeros de baraja. Arantxa Tabucco se acercó con tono desbocado y lanzó la clásica frase de ligue de las películas:

—¿Me enciendes el cigarrillo? —Tenía la voz cremosa. Sacó de su cartera una cigarrera de oro con una línea delgada de jade verde, que cruzaba en diagonal de una esquina a otra. Era un objeto bellísimo (había sido de su abuela). Se puso en la boca un cigarrillo mentolado Blackheat Filter King y caracoleó sus pestañas cubiertas de rímel negro; sus labios, cual higo, parecían sacados, majaderamente, de una película de ligue, aunque nadie supiera de qué trataba un filme de ese tipo, salvo que el lugar común hacía flor y nata.

Las mujeres guapas cavan sepulturas, pensó fugazmente Bazooka Joe. Ella tenía la nariz fina y delicada, el cabello oscuro y unos profundos ojos de Bambi asustado. De cerca parecía más pequeña. Mediría un metro sesenta y cinco, sin tacos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Bazooka Joe acercando la llama anaranjada de su encendedor, un Zippo con diseño de camuflaje, siempre listo. Su voz vacua sonaba como el viento dentro de una calabaza reventada. Era un sujeto alto, bien plantado, con el cabello cortado a cepillo, simétrico en todo. Parecía recién barnizado. Se trataba de un tipo de recursos.

—Arantxa Tabucco.

—¿Arantxa? ¿Como Arantxa Sánchez Vicario, la tenista?—Enarboló una sonrisa como quien se pone un sombrero.

—Efectivamente.

—Es un honor.

—¿Cómo te llamas?

—José Jesús. Pero todos me dicen Bazooka Joe.

La belleza era un brillante cebo en el que se ocultaba el anzuelo. Y se trataba de un anzuelo mortífero. En cada relación amorosa hay primero atracción. Eso lo sabía BazookaJoe. Él ponía todos los huevos en la misma cesta de seducción. Además, los cuerpos deben atraerse como la flor a las abejas; nunca pensaría en conquistar a alguien que no le gustase. Después de la cháchara de rigor, Bazooka Joe le pidió el número de teléfono. Por lo que había visto en la serie Sex and the City, los hombres le dejaban el número a las mujeres para que estas los llamaran. En este caso, él llamaría a Arantxa Tabucco. Esperaría una semana, tiempo prudente. Porque, claro, la mujer no lo llamaría motu proprio. En la ciudad de Santiago de Chile, una megalópolis de mil ojos y oídos, una mujer no tomaba la iniciativa más de una vez. No es de señoritas. Al menos así se diferenciaban las mujeres de Santiago de Chile de las del Manhattan de Sex and the City.

A la semana, Bazooka Joe tomó la iniciativa con rituales de silencio:

—¿Arantxa Tabucco?

Silencio.

—Con ella. ¿Quién es?

Silencio.

—Soy José Jesús.

Silencio.

—Ah, Bazooka Joe, el hombre del bar. ¡Qué sorpresa!

Silencio.

—Nos vimos hace una semana.

Silencio.

—¿Quieres salir conmigo?

Silencio.

—Te quería invitar a almorzar.

Silencio.

—Me parece bien. ¿Dónde nos juntamos?

Silencio.

—Pediré una mesa en un restorán que conozco. Llámame mañana a esta misma hora… —Tenía que darse importancia.

Tres días después, la llevó a almorzar a un restorán español llamado La Quinta Columna. No habían transcurrido dos semanas desde el primer encuentro en El Rincón de los Rebeldes. Comieron calabacín con bacalao. BazookaJoe, hambriento, pidió además moraga de sardinas. No probaron el postre, pero sí bebieron vino tinto Casillero del Diablo. Bazooka Joe supo que ella gustaba de ver películas. Si le gustaban las películas, ¿por qué no invitarla a su departamento a ver una? Quizás primero tendría que invitarla a otra cita informal. Una cena siempre saca de apuros cuando no sabes a dónde llevar a una mujer. Bazooka Joe sabía que para dominar las cosas hermosas no hacía falta poseerlas. Por ahora. Un mes sería tiempo prudente para salir, para tantear el terreno. Había restoranes en toda la ciudad de Santiago de Chile y no sería problema. ¿De qué charlaron en el almuerzo? Ella le contó de su sobrino meloso de treinta meses y del taller de narrativa dirigido por la escritora feminista. Le manifestó que su meta era tener una familia. Le dijo que su trabajo era plácido.

¿Has trabajado como ingeniero civil? Sabes que no. ¿Cómo que no? No soy ingeniero civil, bonita. ¿Qué profesión tienes? Soy pintor de brocha gorda. En serio; dime. No. Dime. Hago periodismo digital. ¿Estudiaste periodismo? No es necesario pasar por la universidad para ser algo. ¿Pero qué eres? Uf, soy repórter. De donde vengo, me inculcaron que tener una profesión era lo más adecuado. ¿Colegio de monjas? Exacto. Enseñan bien en los colegios de monjas. Fueron las Monjas Inglesas. ¿Dices que quieres tener familia? Sí, una familia. A mí también me enseñaron que la familia es lo más de lo más. ¡Vaya coincidencia! Tenemos un punto en común. ¿Te gusta el calabacín con bacalao? Algo. ¿El vino? El tinto me parece bien. Parece que no se toma tinto con esta comida. No importa.

Familia.

Colegio de monjas.

Taller de narrativa.

Sobrino meloso de treinta meses.

Bazooka Joe sabía que las mujeres que habían estudiado en colegio de monjas siempre estarían dispuestas a tener una familia y, por añadidura, hijos. «Esas chicas siempre llevan el vestido de novia en la cartera y lo único que quieren es tener es críos. Casadas, obviamente. Mientras más críos, mejor», condenaba categórico ante sus amigos. A Bazooka Joe eso no le interesaba. Sabía que debían conversar trivialidades para llegar al paso siguiente y poder, así, llevarla a la cama. El sexo sería el plato fuerte.

La mañana después del almuerzo —que fue inesperadamente entretenido—, se masturbó en la ducha pensando en ella. Resultaba algo incómodo tocarse en la ducha, enjabonado, no obstante ya imaginaba cómo hacerlo con Arantxa Tabucco: le rompería sus prendas de tweed y la poseería, luego guardaría la braga en la cómoda de cedro de su madre como trofeo. Conservaba las bragas atropelladamente, sin ningún orden ni concierto. Cada braga representaba un triunfo. La sensación de poseerlas era la misma que debía tener un boxeador al acumular los puntos en un match que no puede definir por nocaut.

Una noche de sexo.

Una penetración.

Un cunnilingus.

Una eyaculación.

Un beso.

Una caricia.

Una flor.

Una cita.

El segundo encuentro fue una cena. Una comida regada, nuevamente, de buen vino tinto Casillero del Diablo. Bazooka Joe sintió alegría. Se dice que, en ciertas alegrías de los hombres, ha existido la mano celestial de un fantasma generoso. ¿De qué hablaron? Arantxa Tabucco otra vez le comentó que intentaba ser escritora. Voy a un taller literario. ¿Un taller de narrativa? Me gusta leer. A mí me encanta la ciencia ficción. Leo a Carlos Ruiz Zafón. A mí me gusta Stanislaw Lem. He leído poca ciencia ficción. ¡Qué lástima! Escribí una novela. ¿Larga? No. ¿Corta? Sí. Te gusta el cine, ¿cierto? Sí, ¿tienes algo en mente? («Por aquí va», se dijo, campechano, Bazooka Joe con la copa de vino tinto en la mano).

A la tercera cita, la llevó a su departamento. Ya se habían dado un beso. Algo es algo. Habían sellado el principio de una relación. Lo que ayudaba bastante a Bazooka Joe era tener un deportivo algo arcaico, de la marca Mazda, que había comprado en un remate. Arantxa Tabucco no debía preocuparse de llegar tarde a su casa en San Carlos de Apoquindo. Tener un automóvil ayuda en una relación amorosa.

En su departamento, bastante ordenado, todo meticulosamente estructurado, la llevó al living y vieron la película To live and die in L.A., dirigida por William Friedkin y con la actuación nada desdeñable de Willem Dafoe. Un breve resumen del filme: Richard Chance (William Petersen) y Jimmy Hart (Michael Greene) son dos agentes del Servicio Secreto de los Estados Unidos especializados en la investigación de fraudes. Eric Masters (Willem Dafoe) es un maestro de la falsificación que lleva años eludiendo a la policía. A pocos días de retirarse, Hart acepta una última misión: la captura de Masters. En medio de la investigación, Hart es asesinado a sangre fría por Masters. Con John Vukovich como su nuevo compañero asignado, Chance emprende una búsqueda obsesiva para dar con el criminal y vengar la muerte de su amigo y mentor cueste lo que cueste.

Arantxa Tabucco y Bazooka Joe comieron papitas fritas, aceitunas verdes y queso gauda en dados. Bebieron unos manhattan, que él preparó con experticia, en una coctelera niquelada que le regaló el polifacético barman Ciacco. El manhattan es un trago que se hace con whisky, vermú seco, angostura —que puede sustituirse por fernet o cualquier bebida amarga hecha de hierbas— y cerezas en almíbar.

Hay que reconocer que el alcohol facilita las cosas, favorece el encuentro amoroso.

Para esa tercera cita, Arantxa Tabucco llevaba una falda de tubo y una blusa con buen escote. Usaba un perfume de Dior. Además, dejaba entrever un sostén de color carne. Bazooka Joe pensó que, tal vez, debería también comenzar a coleccionar sostenes.

Después de terminada la cinta, en el mullido sillón blanco del living, Arantxa Tabucco le dijo que no le gustaban las películas con final trágico. La vida es trágica, bonita. No sé. Una película representa la vida, bonita. No sé. Lo sabes todo, bonita; no digas «no sé». Sé que lo que te digo es tonto, pero no me gustan las películas con final trágico. ¿Te deprimen? Exacto. Entonces lo sé todo de ti. ¿Qué sabes? Sé que quieres formar una familia. ¿A ti te gustaría formar una familia? ¡Sería tan agradable!

¡Qué tipo tan gamberro! No pasaron diez cortos minutos después de esta conversación y comenzaron a besarse tórridamente. De fondo, sonaba la canción Let’sgo, del grupo new wave Wang Chung. Era un buen romance. Un romance acecido en el verano, la estación tonta. Bazooka Joe sobrepasaba la treintena. La unión sexual sería inevitable. La difunta madre le había enseñado que de ningún modo revelara sus verdaderas intenciones. No quería una relación seria y, por eso, mentía para llevarla a la cama. Acaso tenía la discreción natural de los grandes amantes, seductores menos importantes que Casanova por el simple hecho de no haber dejado tras de sí varios volúmenes de memorias.

—¿Quieres follar? —preguntó Bazooka Joe luego del ardiente beso.

—No es necesario preguntarlo. Las cosas se van dando.

—¿Quieres o no? —insistió algo rudo. Sabía que a las mujeres les gustan los hombres que dirigen.

Bazooka Joe llevaba un pantalón de golf o, como lo llaman los alemanes, knicker bockers. Usaba una camisa mora con lunares crema. Mentía como canta un ruiseñor, en éxtasis, olvidado de sí mismo. Se fijó en los pimpollos de los pechos de Arantxa Tabucco. Cuando besó sus labios, elocuentes y sensuales, oscuros pétalos de rosas debido al rouge, supo que en ese mismo momento podía llevarla a la cama. Ella gemía tímidamente mientras la besaba.

Lo dijo sin ambages ni resquemores:

—Acostémonos. —La pantalla del televisor Sony estaba azul. La luz emulsionaba el ambiente en penumbras. Ella dijo que iban muy rápido. ¿No será demasiado pronto? Podemos morir mañana. ¿Mañana? Hagámoslo ahora mismo. Eres perfecta, no quiero desperdiciar ni un minuto más. Eres el hombre ideal: siempre me halagas. ¿Quieres demostrarme tu amor? Hagamos un niño. ¡Un niño como tu sobrinito!

Ese era el ingrediente secreto para conquistar a una mujer: el halago, la adulación. Por cierto, también debía ser un sujeto sensual. Exhibir los atributos, como un pavo real que extiende sus plumas de colores.¡Quiero amarte! ¡Yo también! Bazooka Joe le dio un beso. Le tocó un busto redondo. Arantxa Tabucco tenía pechos de silicona. La hizo levantarse y la llevó a su alcoba. Apasionados, se despojaron de sus ropas. Se besaban con frenesí, alboroto, fuerza. Desnuda, Arantxa Tabucco tenía el cuerpo de color mayonesa. Un físico bien modelado. El culo parecía nación independiente y territorio liberado como escribió un vate caído al frasco. Palpó la dureza de sus muslos. ¿Vas al gimnasio? Sí, dos veces por semana. Yo no voy al gimnasio. Efectivamente, Bazooka Joe no iba al gimnasio. Acaso era un error. Igual era delgado como un riel.

En traje de Eva, Arantxa Tabucco mostraba su cuerpo bien delineado, sin una gota de grasa. Incluso sin piel de naranja. Bazooka Joe se tendió encima de la cama. Hacía calor, caían los patos asados. Lo tenía erecto. Lo tienes grande. Veinte centímetros, bonita. ¡Pareces un burro! No exageres. Ya me imagino cómo cabalgar ese pájaro. Acércate. ¡Ya voy! ¿Quieres excitarte con una película? ¿Qué tipo de película? Una porno. ¿Tienes películas pornográficas? Es un género más, como la ciencia ficción. Un género algo aburrido. Sí, reconozco que es aburrido. Ya que estamos, ponla. (Se muestra a una colegiala de júmper en una sala de clases. El profesor le indica el pizarrón. La colegiala, sentada en un banco de la sala, abre sus piernas como una tijera y comienza a sobarse el clítoris encima de su calzón de Hello Kitty. El profesor se acerca a la colegiala, abre el cierre de sus pantalones y muestra un miembro gordo, largo y duro. Ella lo toma y comienza a masturbarlo. Lleva el miembro a su boca y le hace una felación).

Arantxa Tabucco era buena en la cama. Experta para sus cortos veinticuatro años. Bazooka Joe hizo lo que siempre le hacía a una mujer atractiva cuando la llevaba a la cama: un cunnilingus. Probaba los jugos interiores de la mujer y los encontraba salados. La penetró bien penetrada con la clásica pose del misionero. Luego cambiaron de postura. Ella cabalgaba a horcajadas encima del miembro erecto. Bazooka Joe era un semental. Aguantaba mucho antes de acabar. ¿Con quién perdiste la virginidad, bonita? En la universidad. ¿Tu novio? Algo parecido.

Se durmieron después del encuentro sexual. Bazooka Joe despertó para ir al baño. Se acordó de la braga número cien. ¡Cien conquistas en una década! ¡Desde que tenía veinticuatro años! (tarde perdió la virginidad).

Ella dormía, cubierta por las sábanas negras que eran testigo de toda la red sexual de Bazooka Joe. Tenían manchitas grisáceas de semen (lavaba las sábanas una vez al mes; era algo sucio). ¿Dónde había quedado la braga? Miró el piso enmoquetado. Estaba la falda de tubo y la blusa de generoso escote. El sostén. ¡No estaba la braga!

Fue a orinar. Cerró la puerta. Respiró hondo. ¿Qué haría? Volvió a la alcoba. Echó un rápido vistazo. Nada. Decidió despertar a Arantxa Tabucco.

—¡Arantxa! ¡Arantxa! ¡Arantxa!

Abrió sus ojos mortecinos de niña. Se arropó más con la sábana. No tenía intenciones de despertarse. Al día siguiente debía trabajar. Con un bostezo de gigante, dijo:

—Déjame dormir. Mañana tengo trabajo.

Ya era viernes, de madrugada.

—Tengo que preguntarte una cosa.

—Pregúntamela…

—Tu calzón no está en ninguna parte.

—Por supuesto que no está en ninguna parte. ¿Por qué no vuelves a la cama?

—Necesito tu braga.

Entregó más información de la cuenta. Tonto —se dijo—, te has delatado. Por primera vez incurría en ese error.

—¿Para qué?

Silencio.

—No uso calzón.

Era la número cien y ¡no usaba bragas!

—Tenemos que conversar, Arantxa.

Ella se sentó cubriendo sus pechos con la sábana. Bazooka Joe se puso una bata de forro polar.

—¿Tenemos que conversar? —Se restregó los ojos.

—No me gustan las mujeres que no usan bragas.

—¿Por qué no les dices calzones?

—Me gusta decirles bragas.

—¿Por qué necesitas mi calzón?

¿Qué le diría? Hay momentos en que el discurrir sobre los errores se vuelve realmente insoportable. Todo se transforma en tinieblas y oquedad, y el desaliento grita por dentro con rugidos agonizantes.

—Nada—mintió—. Estaba ordenando.

—¿Ordenando en la madrugada?

—Sí.

—¿Por qué no esperas hasta mañana?

El rostro de Arantxa Tabucco se difuminó, se volvió gris, etéreo, inmaterial: era como un cuadro inacabado o una sombra de luna. Desde que se conocieron todo había venido sucediéndose con la vertiginosa rapidez de lo que cae al vacío.

A regañadientes, Bazooka Joe volvió a la cama. Puso su mano en el muslo durito de Arantxa Tabucco y le pidió, con un susurro sexi al oído, que tuvieran sexo otra vez. A las mujeres se les conquistaba por el oído. Ella no hizo caso: tenía que trabajar.

Él tenía un vicio privado, pero se estaba flechando.

Había polvo enamorado. ¿Vale la pena vivir cuando se vive aplastado bajo el yugo de la mentira y la estupidez? ¿Para qué coleccionar bragas? ¿Cuál era el leitmotiv absurdo de coleccionar bragas de las mujeres que habían pasado por su vida? He coleccionado bragas como si fuera un abyecto deporte. ¿Hay alguna razón lógica que justifique el acto de hurtar bragas a las mujeres que he llevado a la cama? He poseído cien y tengo en mi poder noventa y nueve bragas. Cien mujeres han probado mi falo. Cien mujeres han creído que soy el hombre perfecto. ¿Cuál es la razón? Es la facultad que me ha dado la naturaleza para aceptar un objeto y huir de él en función del placer o del dolor que de aquellos puedo recibir. Cálculo sometido exclusivamente a mis sentidos, pues solo de ellos recibo las impresiones que constituyen ya los dolores de los que debo alejarme, ya los placeres que debo buscar. El asunto se limita a bragas. Bragas y más bragas usadas. Coleccionar mujeres y bragas. Suvenires del placer, reflexionó tendido en la cama.

Arantxa Tabucco estaba a su lado. No podía pegar pestaña. ¿Qué haría al día siguiente? ¿Tendría que llevarla al trabajo? Arantxa Tabucco dormía; era importante su sueño. Cerró los ojos. Intentó dormir, pero no pudo. Trató de pensar en su extraña obsesión. Pensó en su madre. Admiraba su entereza. Además, secretamente, amaba su culo mórbido. Un relámpago de conmoción le atravesó el estómago. Al recordarla, sintió la poderosa y electrizada atmósfera de su magnetismo sexual, lujurioso: estaba allí presente, en la pesada languidez del cuarto; recordó su cuerpo, las pálidas sinuosidades de sus pechos. Bazooka Joe encontraba atractiva a su progenitora, aún con su obsesión puritana con Jesus Christ Superstar. ¿De qué falleció? Cáncer. No resistió la quimioterapia. El cáncer la destruyó al punto de que llegó al estado que los franceses llaman la pièce de résistance. La única mujer que no pudo poseer fue a su madre. Bazooka Joe tenía un rancio complejo de Edipo. Pero su afición primitiva por coleccionar bragas, ¿de dónde procedía? Al rato, se quedó dormido. Soñó con leones de grandes melenas en playas africanas.

Pasó una retahíla de meses.

Arantxa Tabucco le dijo con el tubo del teléfono pegado a la oreja:

—La semana pasada estuviste genial con mis padres. Otra vez.

—Siempre soy genial. —El pudor a darse importancia era una quimera, único resultado de las costumbres y la educación. Un hábito. Si la naturaleza nos ha creado desnudos, es imposible tener vergüenza por cualquier tipo de vulgaridad.

—Te crees el ombligo del mundo —Arantxa Tabucco rió. Pausa—. Quiero verte.

—Te veré únicamente si usas ropa interior. —Se las largó sin anestesia—: Arantxa, creo que me he enamorado de ti. Deberíamos casarnos.

Si los caminos de la virtud y del vicio están tachonados de las mismas espinas fraudulentas, ¿para qué atormentarse en elegir uno u otro? ¿Por qué no atenerse a lo que la Naturaleza nos sugiere?

Bazooka Joe se había enamorado por primera vez, después de muchas conquistas.

—Usaré bragas, como tú les llamas, únicamente si conoces a esa escritora que hace el taller literario.

—¿Cómo se llama?

—Solange.

¿Cuántas Solange hubo en su vida? No recordaba. ¿Sería posible llevar a la cama a las dos, la escritora y Arantxa? Se rió sin control ante semejante idea. Las denominadas escritoras feministas eran terreno inexplorado para un picaflor como Bazooka Joe.

Se dejó caer en la silla giratoria de su oficina. Bufó. Se llevó las manos a la cabeza con el gesto de un hombre que sufre una jaqueca terrible o se siente atormentado por la culpabilidad. No recordaba a ninguna Solange. ¡Cien mujeres! ¿Habría alguna Solange? Recordaba solo las bragas, nunca los nombres.

A la hora del almuerzo, fue a la librería Odiseo en donde compraba los libros de Stanislaw Lem. Ubicada en un mall archiconocido, preguntó por algún libro de la tal Solange. Busco algún libro de… la autora se llama Solange. ¿Solange Camaüer? No me sé el apellido. ¿No se sabe el apellido? ¿Tiene algún libro de Solange Camaüer? No. ¿Está agotado? Sí. ¿Se vende mucho? Así es.

¿Cómo sabría de quién se trataba? ¿Cómo sería esa escritora feminista? ¿Se habría acostado con ella en un tiempo pasado? Le atacó una insensata paranoia. No se pudo concentrar durante el resto de la tarde. Conocer a la escritora lo embargaba de una curiosidad tremebunda.

Transcurrió un día con sus respectivas horas:

—Hagamos un trato —propuso Arantxa al otro lado de la línea telefónica.

—¿Qué tipo de trato?

—Usaré calzón siempre y cuando quieras conocer a Solange.

—¡Si te dije que la quería conocer! Aparte, una vez al mes debes usar bragas. Tu período, ¿no?

—No hablemos así por teléfono. Sí, es verdad. Mi regla… —dijo con una entonación timorata. Después de una pausa, continuó—: ¿Qué tal si tenemos la reunión en tu departamento? ¿Una cena íntima entre los tres?

—¿En mi casa?

—Sí. Ella es mi gurú, mi escritora fetiche. Quiero que te conozca, debe saber que me he enamorado de un hombre tan bueno como tú. ¿Te parece que vayamos mañana?

¿Un hombre tan bueno como tú? El amor había llegado para quedarse. Revisó la cómoda de madera de cedro. Desde que salía regularmente con Arantxa, había trasladado el mueble a una habitación que utilizaba como bodega, so pretexto de querer refaccionarlo. Supo que debía tomar una decisión. Urgente. En un cajón estaban las noventa y nueve bragas. Faltaba la número cien. Fue a la cocina, tomó una bolsa negra de basura convenientemente plegada. Atolondrado, echó todas las bragas que había en el cajón.

La noche tenía sus brillos. Bajó hasta los estacionamientos con la bolsa en ristre. Entró en su arcaico deportivo Mazda. En la guantera había una lata de bencina para encendedores Zippo. Iría a un descampado en la comuna de Macul. Quemaría la bolsa con las noventa y nueve bragas. Las cenizas caerían en la cloaca del olvido.

Enamorarse no es cosa que ocurra todos los días.

El Ciudadano

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