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Estar con la manada

Es sábado en la noche, son las dos de la mañana y estoy en El Huairavo de Niebla tomando cerveza negra con un amigo. Un periodista se acerca a conversar, hacemos un brindis, hablamos de El Ciudadano, del oficio periodístico, del traductor, del escritor, de las cosas inconclusas, las que vuelven, la vida, etcétera y la luna. Me propone presentar un texto que podría ser una columna publicable. Una propuesta que es más bien un desafío: no importa el tema, no importa la contingencia, veremos qué pasa, me dice, y es para el lunes. Bien, pienso, está bien, no es una novela ni un cuento, sino una simple columna y puedo escribir acerca de lo que me salga de los cojones. No confundiros, las mujeres tenemos cojones, pero los tenemos bien guardados adentro. Y decir “lo que me salga de los cojones” ya es una redundancia, porque si escribir no es un acto bien cojonudo, más vale dedicarse a transcribir recetas de cocina, que no es ningún arte, como sí lo es la cocina. Y también una contradicción bien cojonuda porque en el momento en que se me plantea el desafío yo ya estoy pensando en echar el poto pa’ las moras. Así, tal cual. Se me aconchan los meados, se me echa la yegua, me achaplino, tiro pa’ la cola, me vuelvo gallina. Pero aquí estoy, escribiendo lo que me sale de los cojones en un rincón del sur de Chile, mi nuevo hogar, que es ni más ni menos que un rincón del mundo. Chile, las “antípodas” del mundo. El sur, donde la magia produce lácteos que se anuncian en TV.

Son casi tres años en el sur, en Los Ríos, en Valdivia muy noble y muy leal. “Me vine para acá siguiendo a un novio, pero él se fue y yo me quedé”. No es la única razón por la que me moví al sur, pero es la más romántica, la más valiente -o si lo quieren, la más estúpida, que todo depende. Así es que ya he usado esa frase tres veces para cuando me preguntan por qué me vine. Una frase funcional, como las que se usan para provocar un diálogo que te va a llevar a la cama con alguien. “Y quiero echar raíces, porque me gusta esta ciudad y espero que ella me trate bien”, es la bajada de título de mi frase funcional, una bajada que puede estar o no estar, eso depende de las circunstancias.

Anoche fue una noche, no quiero decir ‘hermosa’ porque es cliché; ni ‘mágica’ porque está de moda y es cliché. Lo de anoche fue muy personal, porque me sané del autoembrujo. Sí, aunque no he querido usar la palabra magia, estoy usando lenguaje mágico ahora y, entre paréntesis, en el paraíso que es el sur, anoche creí ver al Trauco. El autoembrujo es lo que uno se hace a sí misma/o cuando cree que el mundo le ha tratado mal. Ese clásico lloriqueo de a ratos que abruma a tus fieles amigos y que se transforma en un engendro peor cuando es invierno y el sol no ha podido poner calor en el cuesco que uno tiene adentro. Anoche no esperé que alguien viniera a tocar mi ventana para invitarme a salir o me abriera las puertas de la “cofradía” valdiviana. Agarré teléfono y llamé a uno de mis queridos antiguos amigos de universidad valdivianos, me pegué el pique que necesitaba a otro barrio, lejano y agreste, para estar con gente. Conocidos, quizás, desconocidos, sí.

Estoy en El Huairavo y nada es tan extraordinario, excepto por el paisaje y la sinceridad que me rodean. Un aire y una sinceridad tranquilizadores. Cada una de las personas con las que intercambio alguna clase de algo es una ventana que yo voy a tocar y una puerta que ya está entreabierta. Se dice que los hombres son simples. Bueno, los hombres son simples, encantadores y quieren estar con la manada. Se dice que las mujeres son complejas. Pues bien, las mujeres son complejas, encantadoras y quieren estar con la manada. La gente es la misma -y bella- en todas partes. Los que no, sólo andan con miedo, como el perro al que le da por ladrar. Las personas somos las mismas en todos lados y nos reunimos alrededor del fuego: tomamos, reímos, nos emborrachamos, buscamos tabaco y al final de la noche nos vamos a veces solos, a veces acompañados. En invierno el sol no llega hasta el cuesco, pero siempre se puede hacer un poco de fuego.

Por  Carolina Chascona

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