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“Los nombres propios”, de Héctor Hernández Montecinos. La escritura como heterotopia

Por Juan Pablo Sutherland


Cartas, correos electrónicos, manifiestos, polémicas virtuales y otras no tanto, campos culturales y en contra, semblanzas, escándalos familiares, poéticos, carnavales del yo, poéticas del desenfreno, cuadros de época, collages bizarros autoflagelantes, la hiperdictadura emocional, la balsa de medusa en tiempos del titanic, planetas en colisión permanente, bautizos sexuales, los noventas como rompecabezas, guerrillas literarias de los nombres impropios, carreteras de viajes poéticos, amigos y enemigos suicidas, poéticas de la pose como protoperformance, nuevas comparecencias público-estéticas de la existencia, topografías del desamor, vendavales del abandono, el brillo de la precariedad en el talento, todo ello y más es esta nueva ruta poética o esta nueva bitácora del vuelo delirante de HH o Héctor Hernández, ¿Novela? ¿Serie poética de una generación? ¿Guión para Netflix? ¿Poema en prosa? ¿Fetichismo caleidoscópico de una bandada de cuervos raros? Épica de una generación hiperventilada en su emoción, lo cierto que esto no es un resumen ni un paper académico con las palabras claves (pero entre nosotrxs), estas y más podrían pensarse como el nuevo juego al que nos hace entrar Héctor Hernández. Los nombres propios tiene la facilidad de tironearnos hacia adentro, aunque seamos unos vouyer del guión que presenciamos. La poesía de Hector Hernández me seduce, pero su escritura desposeída de géneros me gusta más, cuando se sobrepasa en los géneros, su piel de poeta continúa de una forma monstruosa, insolente, sin respectar nada y evocando todo. Asistimos  a nudos que son tejidos transversales de su propia poética. HH se vuelve un taxidermista de sí mismo, es decir, tiene plena conciencia que esa voz que se aleja le pertenece en el rastro de sus huellas y de los otros. Al inicio del libro vemos una pelea, como si asistiéramos a la disputa inicial de los generos literarios (Adrián y Hector), Platón y Aristóteles furiosos disputándose las poéticas de representación, uno apelando a los dioses perfectos, con la idea insondable de la belleza perpetua, otro con la idea de dioses que viven apasionadamente con sus emociones humanas, que pasarán de la tragedia, de la verosimilitud necesaria a la comedia de la vida. Entre ese primer choque de titanes del yo que funda el libro, hay una seria de capas, de sedimentos, de rutas o pulsiones internas que la maquinaria del libro propone:

Uno: la familia como espacio fundante de la precariedad, del amor y la voluntad de poder.

Con notable lucidez, HH nos evoca la Edad de los Metales en el fragmento de la genealogía familiar, a partir de una foto rescatada del archivo vivo, de la arqueología de su biografía, la voz, que cruza se pregunta sin distinción de géneros, cito: “¿Qué sabía yo de mi padre? Casi nada. Me llamó igual que él”. Como ese arrojo del barroco enfrentado al horror vacui, u horror al vacío, HH nos enfrenta al tiempo del fuego, al tiempo del cuerpo desnudo, de la vida nuda dice:

“Sentir sus brazos lampiños y estar sobre su pecho blanquísimo. Una piel suave, muy suave. También el escapulario café con una cruz y tres estrellas. En las pocas fotos donde estamos juntos esconde una pierna atrofiada por la poliomielitis detrás de mí.”

Citar esa foto, es el procedimiento, buscar el punctum barthesiano, la voz que transita en Los nombres propios, fija una secuencia, intensifica una cita que vuelve a citar, como una acción acumulativa del recuerdo, una memoria que tiene historicidad diría Derrida, reiteración de la convención que HH vuelve a convocar para ser un testigo de sus propias huellas, es el criminal buscando al detective, los fragmentos familiares se revelan únicos, con la fluidez y la tempestad del escritor que se vuelve una multiconciencia, que se ve desde diferentes lugares, que convoca y reitera ¿Qué sé de mi padre? Va repasando como una épica de la memoria esos pequeños momentos de esa niñez agraviada por la pobreza, por la normativa sexual, por el imperativo masculino, por el silencio de la violencia. Los momentos de la Edad de los Metales incluidos como el Big Bang Baby recorren una notable capacidad narrativa, un ánimo familiar que revisa el tiempo, los guiños, la micromemoria que no habita en los grandes relatos de la nación, más bien aquí, la voz de la familia se vuelve orgánica y frágil, sentida, amorosa, cruda, brutal y hereje. No hay plataforma continental segura en la familia, no importa donde se corra dice el padre como si fuera un dios desconocido, no importan donde corren, el temblor está en todos lados, como una metáfora del lugar sin límites que pone Donoso al inicio del libro, el infierno está en todos lados (cita de Goethe, Fausto).

La vida como una deuda, la familia como una asociación donde la precariedad, el amor y el extrañamiento anuncian relaciones particulares, la familia es una sociedad ilícita donde cada uno busca encontrar la balsa para llegar a puerto, arrancando del terremoto o capeando las olas del vendaval que es Chile. HH convierte el paisaje familiar en una crónica del país, o en un cuadro de comportamientos amorosos y fragilizados por la violencia estructural, el origen del barroco aquí se relaciona con ese horror al vacío y en este caso, la colección de objetos, el adorno, el padre como trabajador residual y como metáfora de la plusvalía simbólica del coleccionismo ambulante del niño, es una llave, una puerta y un umbral para arriesgar a pensar todo en cada objeto. El mundo es el objeto, el mundo es el recurso.

DOS: los géneros virtuales, los puntos de vista, el perspectivismo, el saber-deseo, el saber-poder, las señas. Ya lo habíamos dicho, la escritura de HH o de Adrián, se cuelan en decenas de formatos, en Los nombres propios, la idea de la escritura con el aura de lo trascendente aquí se desecha, o más bien se mira con recelo, la voz o las voces que pueblan este libro, viven con urgencia el vitalismo extremo de existir, aquí una carta, un posteo de Facebook, una respuesta, un silencio o un abandono, es tan importante como la caída de las Torres Gemelas, incluso más, pues lo que se pone en escena es el descubrimiento del otro y también el propio desencuentro. La voracidad con el mundo tiene como correlato el acceso a la escritura mediante una metavida o una poética del devenir diario. Un día no pasa nada otro día pasa todo. Un día se descubren a los amigos de generación que acompañan la escritura y otro momento el refugio será ese horror al vacío. En esta pasada creo que gana más HH que Adrián, aunque cada uno es el reverso del otro, la gemelidad inversa será necesaria para que otro viva cuando su espejeo se agobie. La escritura del yo o las tecnologías de yo aquí se proponen como una cura sui o un cuidado de sí trágico casi en el sentido clásico, se llega a una frontera siempre, un éxtasis, una catarsis, un reconocimiento, una peripecia que anuncia un nuevo momento. La escritura del yo es constitutiva fundacional de HH, su género es una autoreferencialidad que se revienta como pixeles desgastados, juega a desarmar las fronteras. Procedimientos que llegan al éxtasis cuando HH se enfrenta asimismo a través de los otros, aquí la voz no requiere complacencia, al contrario, la voz o las voces pobladas en Los nombres propios atizan el fuego de su propia quema, así es como expone sus polémicas con Rafael Gumucio, espejeo que atrae como campo de gravedad a quienes también se interesan en fortalalecer una poética del yo, ejercicio que notablemente se desplazará en diversos momentos y con los mas variopintos personajes. El aborto como punctum de discusión, el sadomasoquismo poético o el sadismo espectador presa de ese momento. En Los nombres propios el pudor no es un lugar con privilegio, más bien HH se quiere arropar de los otros para poder entrar en agenciamiento directo, pone en escena textos que critican la propia voz o la propia visión de mundo, vemos a José Carlos desmenuzar su postura frente al aborto, pero ese procedimiento de autoconvocar al otro en su polémica en su caso es de alta productividad, convoca a personajes,  más o menos celebres, ejercicio del collage, del epígrafe, de los textos que acompañan cierto devenir de lectura, horizontes temáticos donde el paisaje de fondo siempre será la escritura. La homosexualidad aquí es un acento, una inflexión, donde la importancia central será el molde, la letra, como esa caja de herramientas que encuentra en la niñez y comienza a entender significado y significante, la tipografía en el se ofrece como acto fundacional. La niñez sagrada de la escritura, un oráculo de la escritura que anunciará su radicalidad. El proyecto escritural de HH es delirante, abismal y requiere de una radicalidad que puede agobiar y ser generoso a la vez, doble movimiento, cita a sus referentes, los ama y odia. Los nombres propios incluye fragmentos de apuntes, ensayos, cartas, textos de ensayos de otros autores (incluido quien escribe), entrevistas, perfiles, semblanzas. Su apuesta es la compañía crítica, pues esta escritura es un proyecto que a veces se vuelve ruina brillante de sí misma o ultraconciencia de los otros. En Los nombres propios exhibe un ars poética, en Athenosfera, juega con la idea del caleidoscopio, inscrito con personajes-voces o nombres que le devuelven al espejo la voz narrativa y poética, A-N-G-R-R-Y-S-A-Ch-H, es el gesto escritural desbordante, reitera la mirada casi panóptica de los otros hacia el personaje, hacia la voz, hacia su centro o su error, aquí se mueven formas  de subjetividad como mareas que chocan, como intensidades que van moldeando la propia luz del otro. La capacidad radiográfica de los otros se presenta excelentemente como un efecto de vuelta, las narrativas o las poéticas en Los nombres propios siempre van comprometidas hasta el final. La escritura como heterotopía, ese el proyecto de HH.

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