La política –como la vida misma– está llena de simbolismos: gestos torvos, contradicciones milimétricas, arrepentimientos ineficaces, derroches irresponsables, desatinos inexcusables; está, qué duda cabe, colmada de traiciones infalibles, lealtades precarias y, sobre todo, más que todo, no se mide en avaricias y bajezas