Por Patricio Medina Johnson

Hace unos días tuve un debate con Pancho Orrego en Sin Filtros. Y más allá de las diferencias políticas, hubo una frase que me quedó resonando después del programa:
“Así se ganan las elecciones”.
Lo dijo casi como un lapsus. Pero a veces los lapsus dicen más que los discursos completos.
Porque hay una forma de hacer política que ya no busca ser entendida, sino simplemente imponerse. Hablar mucho, muy rápido, interrumpir, no dejar desarrollar una idea y transformar cualquier discusión en una pelea de volumen. La lógica no importa. Lo importante es ocupar el espacio, saturar la conversación y evitar que el otro pueda explicar algo con calma.
Eso no es debate. Es ruido.
Y el problema es que el ruido funciona. Funciona en televisión. Funciona en redes sociales. Funciona en una época donde muchos políticos descubrieron que una frase agresiva de diez segundos vale más que una explicación seria de dos minutos.
Y así, lentamente, el debate público se transforma en una competencia para ver quién genera más adrenalina, no quién entiende mejor los problemas del país.
La política empezó a parecerse peligrosamente a un algoritmo.
Mientras más interrupciones, más viralización. Mientras más caricatura, más clics. Mientras menos profundidad, más alcance.
Y así, lentamente, el debate público se transforma en una competencia para ver quién genera más adrenalina, no quién entiende mejor los problemas del país.
Pero la economía no funciona a punta de likes.
Si mañana cae el precio del cobre, el déficit fiscal no desaparece gritando más fuerte en televisión. Si se reducen impuestos estructurales mientras el Estado depende de ingresos volátiles, las cuentas no se equilibran con frases virales. La realidad económica tiene una costumbre incómoda: tarde o temprano llega igual.
Ahí aparece el verdadero problema de esta política convertida en espectáculo. Porque cuando el debate se reemplaza por performance, ya no importa explicar cómo se financian las políticas públicas, cómo se sostiene el crecimiento o cómo se evita una crisis fiscal. Lo único importante es ganar el momento.
Porque cuando alguien domina un tema, normalmente puede simplificarlo. Pero cuando no lo domina, necesita velocidad, interrupción y avalancha verbal para esconder la falta de profundidad.
Y quizás por eso hoy vemos tantos “opinólogos” disfrazados de expertos. Mucha seguridad para hablar. Muy poca rigurosidad para explicar.
Porque cuando alguien domina un tema, normalmente puede simplificarlo. Pero cuando no lo domina, necesita velocidad, interrupción y avalancha verbal para esconder la falta de profundidad.
Eso también explica parte de la degradación del debate político chileno. Una política donde cada vez importa menos entender y cada vez importa más destruir al otro en treinta segundos.
Puede que algunos crean que así se ganan las elecciones.
Pero también así se destruye la posibilidad de que las personas entiendan realmente qué están votando. Y una democracia donde nadie entiende nada termina siendo el escenario perfecto para los slogans, los fanatismos y los vendedores de humo.
Por Patricio Medina Johnson
Ingeniero Comercial. Licenciado en Ciencias Económicas. Magíster Economía Financiera, Universidad de Santiago de Chile. M.Sc. Governance of Risk and Resources(C), University Heidelberg.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

