Opinión

Baja el desempleo femenino, pero crece el autoempleo: ¿nos alegramos?

La tasa de desempleo en Chile subió a 9,5%. Entre las mujeres llegó a 10,3%, una décima menos que el trimestre anterior, y también se acortó la distancia respecto de los hombres. ¿Una buena noticia? No necesariamente.

Baja el desempleo femenino, pero crece el autoempleo: ¿nos alegramos?

Por María José Madariaga

Cuando se publican nuevas cifras de empleo, solemos correr directamente a mirar la tasa de desempleo. Pero para entender qué está pasando realmente hay que hacer algunas preguntas más. Primero, cuántas personas están participando del mercado laboral, es decir, trabajando o buscando activamente un empleo. Luego, cuántas de ellas efectivamente están ocupadas. Y, especialmente cuando hablamos de mujeres, cómo evoluciona la distancia respecto de los hombres. Solo después de mirar esas tres cosas tiene sentido preguntarse algo más: en qué tipo de trabajo se están ocupando.

Vistos así, los datos conocidos esta semana cuentan una historia bastante menos alentadora de lo que podría parecer a primera vista. La tasa de desempleo en Chile subió a 9,5%. Entre las mujeres llegó a 10,3%, una décima menos que el trimestre anterior, y también se acortó la distancia respecto de los hombres. ¿Una buena noticia? No necesariamente.

Las brechas no siempre se acortan porque quien estaba más atrás avanzó. Hace un año, el desempleo femenino era 9,7% y el masculino 7,9%. Hoy ambos son mayores: 10,3% y 8,9%, respectivamente. La diferencia entre ambos efectivamente disminuyó, de 1,8 a 1,4 puntos porcentuales, pero lo hizo porque la situación de los hombres se deterioró más rápidamente. No parece razonable llamar a eso igualdad.

En las mujeres hay, sin embargo, otro movimiento que merece atención. Su participación laboral aumentó y hoy existen cerca de 41.500 mujeres ocupadas más que hace un año. El problema aparece cuando observamos dónde se produjo ese crecimiento.

El INE informa que la ocupación femenina aumentó 1%, impulsada principalmente por las trabajadoras por cuenta propia, que crecieron 8,1%. Al mismo tiempo, el empleo informal femenino aumentó 3,9% y la tasa de informalidad entre las mujeres pasó de 27,5% a 28,3%.

No hay nada inherentemente negativo en trabajar por cuenta propia. Para muchas personas puede ser una alternativa pertinente, flexible y coherente con sus objetivos. El error está en interpretar automáticamente ese crecimiento como una expansión del emprendimiento y, luego, como evidencia de mayor autonomía económica.

Los datos disponibles obligan a una lectura más cuidadosa. La última Encuesta de Microemprendimiento muestra que seis de cada diez mujeres microemprendedoras comenzaron su actividad principalmente por necesidad. El 59% trabaja informalmente y su ganancia mediana mensual alcanza $250.000.

Por eso, la pregunta relevante no es si el autoempleo femenino constituye una buena o una mala noticia. Es bajo qué condiciones se produce y cuánto amplía las alternativas de las mujeres que recurren a él.

El origen no determina el destino de una actividad. Un emprendimiento iniciado por necesidad puede estabilizarse, generar oportunidades y transformarse en una fuente de ingresos sostenible. Pero tampoco podemos asumir que dejar de estar desempleada porque una persona comenzó a generar ingresos por su cuenta equivale a haber encontrado una alternativa laboral suficiente, digna y estable.

Esta semana el INE agregó un antecedente especialmente relevante: el 20,4% de las mujeres actualmente desocupadas lleva doce meses o más buscando trabajo y el período promedio de búsqueda alcanza 8,1 meses. Después de ocho meses sin encontrar empleo, la decisión de vender, producir o prestar un servicio por cuenta propia ocurre en condiciones muy distintas a las de quien decide emprender teniendo capital, ahorro y otras alternativas disponibles.

Por eso, la pregunta relevante no es si el autoempleo femenino constituye una buena o una mala noticia. Es bajo qué condiciones se produce y cuánto amplía las alternativas de las mujeres que recurren a él.

Una brecha laboral que se reduce porque empeora la situación de los hombres no constituye progreso. Y una mujer que deja de aparecer como desempleada porque encontró una forma de generar ingresos por sí misma merece algo más que cambiar de categoría estadística.

El desafío es que esa actividad pueda desarrollarse con acceso a recursos adecuados, herramientas de gestión, protección frente a contingencias y redes que permitan intercambiar información, colaborar y no tener que resolver individualmente cada dificultad.

La igualdad que debiéramos celebrar es aquella en que aumentan las alternativas. No aquella en que las cifras se aproximan porque unos retroceden más rápido que otras.

Por María José Madariaga

Directora ejecutiva Fundación Crecer

Fuente fotografía


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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