COLUMNA

Chile: El mercado laboral ha muerto

"No es una frase provocadora; es una manera de describir la situación laboral que enfrenta Chile. Actualmente, existe una falta de empleo que afecta a más de un millón de personas, mientras que cerca de un tercio de la fuerza laboral se encuentra en condiciones de informalidad (...) En un contexto donde las ganancias empresariales continúan creciendo mientras amplios sectores enfrentan precariedad laboral, surge un debate legítimo sobre cómo distribuir los beneficios que genera el progreso tecnológico".

Chile: El mercado laboral ha muerto

Por Manuel Retamal Jara

No es una frase provocadora; es una manera de describir la situación laboral que enfrenta Chile.

Actualmente, existe una falta de empleo que afecta a más de un millón de personas, mientras que cerca de un tercio de la fuerza laboral se encuentra en condiciones de informalidad.

A ello se suma un número importante de trabajadores y trabajadoras que desempeñan jornadas parciales de 20 o 30 horas semanales, es decir, personas subempleadas que desearían trabajar más horas para mejorar sus ingresos.

Esta realidad se desarrolla en el marco de un modelo de acumulación neoliberal que, lejos de corregirse, se ha profundizado durante los últimos diez años.

A este escenario debemos agregar el fenómeno del desempleo ilustrado: miles de personas que, con esfuerzo y sacrificio, obtienen un título profesional o técnico, pero que no logran ejercer la carrera que estudiaron. Muchos de ellos terminan desempeñándose en ocupaciones para las cuales están sobrecalificados, desaprovechando sus conocimientos y capacidades.

Según datos de la Fundación Sol, basados en la última Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI), el 50% de las y los trabajadores de Chile percibe menos de 680.000 pesos líquidos mensuales.

En regiones como Coquimbo, O’Higgins, Maule, La Araucanía, Los Lagos, Los Ríos, Ñuble y Arica y Parinacota, ese mismo 50% de la fuerza laboral recibe menos de 602.000 pesos líquidos al mes.

Sin embargo, pese a estos bajos niveles salariales, persiste el discurso de que la mano de obra en Chile es demasiado costosa y que ello explicaría los altos niveles de desempleo.

Frente a esta realidad, cabe preguntarse: si los salarios son tan reducidos para la mayoría de los trabajadores, ¿realmente puede sostenerse que el problema radica en el costo del trabajo?

Por otra parte, en diversas actividades económicas ya es posible observar el avance de la automatización. Las máquinas de autoservicio están presentes en supermercados, centros de atención al cliente, empresas de transporte y numerosos servicios.

Al mismo tiempo, el desarrollo de la inteligencia artificial y la robótica está transformando profundamente el mundo del trabajo.

Estas tecnologías tienen el potencial de aumentar la productividad y mejorar la calidad de vida de las personas. Pero, cuando su implementación responde exclusivamente a la búsqueda de mayores utilidades, también pueden traducirse en la sustitución de trabajadores y trabajadoras.

En un contexto donde las ganancias empresariales continúan creciendo, mientras amplios sectores enfrentan precariedad laboral, surge un debate legítimo sobre cómo distribuir los beneficios que genera el progreso tecnológico. Ejemplo de aquello: la familia Luksic, la cual pasó de un patrimonio de 25.000 millones de dólares a 52.000 millones de dolares, en 10 años.

¿Qué hacer? Indudablemente, este es un problema político que requiere respuestas políticas. Aunque la propuesta pueda resultar impopular para algunos, se necesita un nuevo Estado con mayor capacidad de acción, capaz de anticipar y enfrentar los desafíos que plantea la transformación tecnológica del empleo.

Entre las medidas que podrían discutirse se encuentra la aplicación de impuestos adicionales o mecanismos de compensación a aquellas empresas cuya automatización reduzca significativamente la demanda de trabajo humano. Los recursos obtenidos podrían destinarse a la protección social para quienes se vean afectados por estos procesos.

Asimismo, resulta necesario debatir fórmulas que garanticen un ingreso mínimo o un piso de seguridad económica para las personas desplazadas por la automatización y la inteligencia artificial. La magnitud de los cambios tecnológicos que estamos viviendo obliga a replantear la relación entre trabajo, productividad y distribución de la riqueza.

El Estado sigue siendo una de las principales herramientas con las que cuentan los trabajadores y trabajadoras para defender sus derechos y garantizar condiciones de vida dignas.

Por ello, la discusión de las próximas décadas no solo será sobre crecimiento económico o innovación tecnológica, sino también sobre empleo, distribución de la riqueza y la capacidad de las sociedades para asegurar la supervivencia y el bienestar de las futuras generaciones.

Manuel Retamal Jara

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano