Conmemoran 45 años del paso de la Caravana de la Muerte por Calama

Dolor. Es una palabra que intenta expresar algo importante. Pero lo amplio de su uso hace que el dolor sea un tanto ubicuo. Está en todas partes, y por esta ubicuidad, por su universalidad, la amplitud de su uso y abuso (del vocablo, claro) la palabra misma, en su referencia cotidiana, va perdiendo su significado. Sobre todo en una sociedad plena de heridas, las cuales, producto de la falta de verdad, de justicia, de empatía, del exceso de impunidad y de indolencia, no cicatrizan. De tanto utilizarla, se nos hace familiar y nos olvidamos de pronto un día, de su profundidad, de su significado único para cada persona que la vive de manera distinta e insondable. Creemos que escuchamos su expresión de dolor, pero, muchas veces, tampoco empatizamos, lo que es casi como que no escucháramos. Y es que quizás nosotros no recordamos, no entendemos su referente primero. Algo dentro nuestro se niega a conectar. Somos muchas veces incapaces de “ponernos en su pellejo”, como dice un refrán popular. Y esto sólo agudiza ese dolor intenso que es capaz de rajar biografías, latidos, pero que es también un signo distintivo de mujeres (y hombres) fuertes que tuvieron que ser o hacerse fuertes porque un cierto día, en octubre de 1973 (en este caso, pero como sabemos el rayo llegó a otros y muchos cuerpos y vidas a lo largo del territorio nacional), otros chilenos asesinaron sanguinariamente a 26 hombres, “sus” y “nuestros” hombres, marcando, con ello, indeleblemente, las vidas de sus familiares, amigos y amigas, hijos e hijas, compañeros y compañeras, la convivencia social.

El dolor también se intensifica cuando pasan los años, se ven envejeciendo y no hay ni ha habido justicia. Cuando oyen que los victimarios están libres, y sus deudos -de los que muchos sólo tienen pequeños trozos, restos de restos, tras años hurgando con sus propias manos en el vasto desierto de Atacama, años también de abrir osarios, intercambiar huesos, volver a identificar a los suyos-, están tan muertos. No obstante conocen también la urgencia, el ineludible y necesario deber de continuar conmemorando estos hechos, de seguir gritando sus nombres, de seguir narrando su historia, porque de manera conjunta fueron armando los cuerpos de los suyos y constituyéndose, así, en un cuerpo. Se refieren una y otra vez a la Agrupación de Familiares de Ejecutados y Detenidos Desaparecidos Políticos de Calama (AFEDDEP) como su familia. Juntas (y juntos), aprendieron a ser fuertes, a unirse, a trabajar colectivamente, a compartir dolores y alegrías;  a expresar sus gritos y demandas, a volver a pararse una y mil veces, a que el dolor no las (y los) inmovilizara.

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Texto y fotos: Yael Zaliasnik

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