El lápiz que supo burlar a la censura y dibujar la sonrisa en medio de la oscuridad de la dictadura de Augusto Pinochet dijo adiós. el histórico dibujante Alejandro Montenegro, conocido en el mundo del arte y el periodismo como “Rufino”, falleció en el mes de abril, aunque su partida recién fue confirmada ayer domingo 21 de junio por el periodista y escritor Jorge Montealegre.
La triste revelación ocurrió cuando un grupo de amigos y colegas, como el ilustrador Hernán Vidal (Hervi) y su esposa la poetisa Pía Barros, preocupados por su prolongado silencio, decidieron tocar a su puerta en la comuna de Cerrillos, encontrándose con la devastadora sorpresa de la partida física del autor.
“Los anteojos negros con que Rufino caracterizó a los Civiles No Identificados (CNI), más acá de la sátira, hoy son anteojos de luto”, escribió Montealegre en sus redes sociales, resumiendo el pesar de una generación que encontró en sus viñetas un refugio contra el autoritarismo.
La trayectoria de Rufino está intrínsecamente ligada a la resistencia cultural de los años más duros de la dictadura cívico-militar. Como socio fundador, diagramador y director de arte de la revista opositora “Hoy”, convirtió sus páginas en un campo de batalla simbólico donde la ironía era el único proyectil permitido.
Sus dibujos publicados entre 1876 y 1990. no solo retrataban la realidad; la diseccionaban con una perspicacia que rayaba en lo quirúrgico. Su principal y más célebre blanco fueron los agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI), a quienes despojó de su aura temible mediante la caricatura, dotándolos de unos icónicos lentes negros que, con el tiempo, se transformaron en el símbolo de los agentes al servicio del régimen de Pinochet, encargados de comer actos de represión contra la ciudadanía. Lejos de ser simples chistes, sus ilustraciones eran crónicas visuales de una época donde la risa se convertía en un acto de soberanía personal.
El trabajo de Rufino trascendió las fronteras de la revista Hoy, colaborando con otras publicaciones emblemáticas como “Ercilla” y “La Castaña”, así como en los diarios “Las Últimas Noticias” y “La Nación”. Su legado editorial incluye libros fundamentales como “Pssst…” (1983), “Rufino ataca de nuevo” (1986) y “Civiles no Identificados” (2009). Sin embargo, su creatividad no se limitó al papel; incursionó en la televisión con libretos para programas humorísticos como “De chincol a jote” y “Los Toppins”, y colaboró en el café concert de Maitén Montenegro Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, entre otros” (con la cacofónica firma de Montenegro-Montealegre-Montenegro).
Su formación en la Escuela de Publicidad de la Universidad Técnica del Estado (UTE) le otorgó una mirada técnica que supo combinar con un instinto político agudísimo, permitiéndole exponer su obra en escenarios internacionales como Buenos Aires, Río de Janeiro y París, y obtener premios de la talla del “Pedro Joaquín Chamorro” de la Sociedad Interamericana de Prensa en 1986.

«Humor de Rufino contribuyó a que la ciudadanía le perdiera el miedo a la dictadura»
El valor de su obra no residió únicamente en la calidad gráfica, sino en el impacto social que generó en un contexto de represión. Jorge Montealegre, experto en historia del humor gráfico, fue contundente al señalar que “el humor de Rufino contribuyó a que la ciudadanía le perdiera el miedo a la dictadura”, en un momento donde el temor era el principal mecanismo de control. Al reírse de los agentes de seguridad, de las contradicciones del régimen y de la vida cotidiana bajo vigilancia, Rufino y sus colegas —como Hervi, Guillo, Palomo y Mico— se erigieron en “héroes civiles de la resistencia democrática”. Su lápiz fue un recordatorio de que la dignidad también se defiende con ingenio y que la memoria histórica puede conservarse a través de la sátira.
A pesar de su enorme contribución, Rufino merecía más reconocimiento y compañía, como lamentó el propio Montealegre. Su aislamiento en los últimos años contrasta con la vigencia de su obra, que hoy es incluso objeto de imitaciones mediante inteligencia artificial, un fenómeno que el periodista criticó al señalar que se usa su legado sin el respeto que merece el autor original.
En un país que aún debate las heridas del pasado, la figura de Rufino emerge como un faro de valentía intelectual, demostrando que el humor no es un mero entretenimiento, sino una herramienta política esencial. Su muerte, conocida de manera tardía, invita a reflexionar sobre la deuda que la sociedad chilena tiene con quienes, armados solo con papel y tinta, enfrentaron a la dictadura y allanaron el camino hacia la democracia.
