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Dos mártires: el profesor y el periodista

Manuel Castro debería ser reconocido como primer mártir del periodismo chileno, pero –debido al centralismo y al simbolismo- esa condición es ocupada por otro: un periodista muerto en Santiago más de cincuenta años después, Luis Mesa Bell.

Dos mártires: el profesor y el periodista

Autor: El Ciudadano
07/07/2021

Por: Víctor Rojas Farías 

En 1875, el periodista chileno Manuel Castro era obligado por las autoridades peruanas de Iquique a comer en público varios de los artículos que había escrito en el diario  La Voz del Pueblo.  Después fue golpeado por la multitud furiosa, que lo acusaba de ponzoñoso, lo que causó su muerte.  Luego, cuando vino la guerra de los tres nombres (del Pacífico, del Salitre o del Guano, según distintos textos) su figura post mortem gozó de prestigio pues se prestaba para ser erguida como ejemplar; por un bando.  Terminada la guerra dejó de ser recordado.  Aún hoy, en que hay un colegio que lleva su nombre y en que cada cinco o seis años el gremio iquiqueño de periodistas pone un ramo de flores en mayo en su tumba, no es un personaje recordado.  Esa tumba, en un pasillo del cementerio 1 de Iquique, tiene cero visitas los días normales.  Castro debería ser reconocido como primer mártir del periodismo chileno, pero –debido al centralismo y al simbolismo- esa condición es ocupada por otro: un periodista  muerto en Santiago más de cincuenta años después, Luis Mesa Bell.  Luis Mesa –aparte de periódicos recordatorios oficiales- sintonizó de otra manera con el pueblo: su tumba es visitada por gente que no pertenece a directivas periodísticas y el sitio donde apareció el cadáver es –aún hoy- una animita.  Es más, pertenece a un sistema integrado de animitas de protesta cuya historia debería ser inaudita, sin precedentes ni emulaciones, pero lamentablemente no lo es.  Expongamos el caso.

El profesor relegado de Iquique

  En 1933 el buzo Federico Filkenstein instalaba una de las animitas más raras de Valparaíso: bajo el mar.  Aunque nadie podría ponerle velas, el lugar –desde la superficie- era visitado por obreros portuarios, quienes le tiraban flores, pañuelos, etc.  E irguieron otra animita reduplicada, en el sitio 3 de Aduana, para señalizar el sitio donde estaba aquella sumergida. Las instalaciones quedaban en el interior del puerto. Quienes no podían ingresar al recinto hicieron otra, en el portón de acceso.   Los emplazamientos correspondían al profesor Manuel Anabalón, cuya tumba –en el cementerio general de Santiago- se había constituido también en animita.  El año anterior, el profesor había sido relegado desde Iquique a Chiloé a Aysén: sus amigos y colegas le juntaron una cantidad considerable (500 pesos), agenciaron una dirección donde fuera recibido en Isla Grande y lo despidieron sin manifestaciones pero con estupor.  Tenía 22 años, y joven y fogoso no hizo caso de las advertencias y subió al podio durante la huelga de preceptores, como directivo que era de la Federación de Maestros.  Fue detenido de inmediato y en los días siguientes –dado que su posible violación de la ley no existía- liberado y vuelta a detener.  De pronto fue relegado junto a casi una treintena de personas.  600 600 3000  El vapor Chiloé lo condujo hasta Valparaíso, desde donde debía reembarcarse en otro hasta su destino.  En el intertanto, desapareció.  La Federación de Maestros de Iquique empezó a preguntar al poco tiempo. La familia de Anabalón, sus colegas de la escuela Cuatro, con quienes había quedado de comunicarse, no recibieron noticias.  Los tripulantes del Chiloé –con quienes hizo buenas migas- dijeron que al desembarcar debía presentarse en Carabineros de sitio 3 de la Aduana.  En el vapor que debía recibirlo dijeron que no se presentó.  Los carabineros extrañados declararon que tampoco fue a la comisaría del Puerto.  Era claro, pues, que se había fugado.

     Más pronto en Valparaíso fue vox populi que dos carabineros ebrios contaron con pena que un teniente jefe de guardia había comenzado a reírse de un muchacho flaquito que resultó ser más ingenioso y logró “dar vuelta” las burlas, diciendo unas frases que ridiculizaron al oficial ante sus subalternos.  Y éste lo mandó  baldear, que significaba amarras y torturas. 

El periodista que denunciaba

   El director del suplemento Wikén –de La Nación- frizaba 30 años y había estado reporteando sobre tráfico de morfina y heroína en Valparaíso. En el intertanto, había dado con redes delictuales que implicaban autoridades.  Ya no se sorprendía por nada, pero estaba jugando con fuego.  En septiembre todo el Puerto sabía que algunos carabineros –habitualmente con poco dinero- habían gastado mucho en una francachela memorable.  El suplemento Wiken emprendió  una campaña para encontrar al profesor, sosteniendo que estaba secuestrado por las fuerzas de la ley.  Aquello le valió amenazas, que pretendían disuadirlo de la investigación.  Pero no les hizo caso, topándose con silencio y obstrucciones.  Una mañana los periodistas informaron que probablemente el profesor Anabalón había sido asesinado y sus restos tirados al mar.  Miles de profesores empezaron a alzar su voz exigiendo una investigación en regla, pues hasta ese momento -como acusaba Mesa Bell- no parecía haber real esfuerzo ni de Carabineros ni de Investigaciones en encontrar al profesor desparecido.  Un ministro en visita dispuso que buzos rastrearan el sitio 3 de Aduana. 

    Para entonces, ya había sido atacada la imprenta en que se hacía la revista y amenazado el dueño, el argentino Roque Blaya Allende, pretendiendo que silenciara todo.  El argentino persistió e incluso denunció formalmente que estaba siendo amenazado. Y –en un giro imprevisto de los acontecimientos- fue expulsado del país por agitador.

   El 30 de diciembre, el periodista Mesa Bell era golpeado en la calle y subido a un auto, en pleno centro de Santiago y ante la vista de testigos ocasionales.  Muy temprano al día siguiente vecinos de calle Tucumán encontraron su cuerpo, tirado en una acequia: se dificultó confirmar su identidad porque su rostro había sido deformado a golpes de laque: presentaba un ojo saltado, un profundo corte en la frente y la total quebrazón de la nariz.  La noticia del asesinato se propagó de inmediato, y el estupor fue reemplazado por otro: el mismo día 31, en la tarde, fue encontrado el profesor Anabalón.  Había sido puesto en un saco junto a fierros, amarrado con alambres y tirado al mar.   Por algún motivo (que pudo ser el robo de los 500 pesos que portaba) los carabineros del retén lo mataron. 

    Los funerales de Mesa Bell fueron apoteósicos: decenas de miles de personas aprovechaban la ocasión para expresar sus propias protestas. Las Ultimas Noticias calculó la asistencia en 30.000 personas, pero publicaciones como La Opinión calcularon 50.000.  El Mercurio editorializó que en Wikén se hacía “periodismo de batalla, combativa y personal, inaceptable para la opinión honrada del país (…) acaso las campañas y denuncias contra servicios públicos que había emprendido esa publicación armaran los brazos mercenarios que cortaron la vida del señor Mesa”.  Por supuesto que las campañas contra organismos públicos –como Carabineros- tuvieron que ver en el asesinato, se encargaron de puntualizar quienes hablaron en los funerales, Elías Lafferte, Marmaduke Grove, Eugenio Matte y Marcos Chamudes.  El caso se conversó en las clases populares de todo el país, pues de algún modo sintonizó e implicó diversas protestas.

Un principio de formación legendaria

    Cuando suceden coincidiencias asombrosas con respecto a la muerte de alguien opera un principio de formación legendaria que arraiga a las personas en el memorial y –de transformarse en animitas- las hace grandes: un símbolo.  En el caso de la animita vigente más antigua: la del fusilado Emilio Dubois, de 1907, el presidente y su segundo al mando negaron el indulto (se le atribuyó la frase “este europeo muere en Chile”).  Y luego del fusilamiento ese chileno murió en Europa, de un extraño mal antes de concluir su periodo de gobierno, y quien lo sucedió en el mando, su segundo, también murió repentinamente.  Eso se prestaba para que operara el principio llamado taumatoisa y afincara entre muchos la creencia de que Dubois era inocente.  Hay otros casos así en el país: en Concepción el asesino amarra con alambres y mete en un saco con piedras a Petronila Neira, tirándola a la Laguna Redonda.  Pero se rompe el saco, y debido al limo, la muerta –poco después- flotó hasta la superficie.  Taumatosia.  En el caso de Mesa Bell, el hallazgo del cuerpo del profesor Anabalón se produjo la tarde del mismo día de la muerte del investigador.

    Desde luego la expectativa popular busca el castigo de quienes asesinaron.  Y en este caso se dio otra de las razones que fijan a un personaje en el recuerdo: la impunidad, con su consiguiente frustración.  Sobrevino una ley mordaza y el profesor dejó de ser noticia de primera página: pasó la cuerpo interior de los diarios cuando un juez designado para periciar el cadáver encontrado bajo el mar estableció que no pertenecía al profesor.  Y salió pequeño, en páginas interiores, el dictamen oficial de un juez militar que –dieciocho meses más tarde- certificó que el cuerpo sí había pertenecido a Anabalón.

   Los culpables pudieron ser señalados: con respecto al asesinato del profesor, fueron detenidos dos agentes y el prefecto de Carabineros,  Con respecto al periodista se declaró reo al director general de Investigaciones,  al prefecto, al subprefecto y a dos agentes.  El revuelo periodístico, en que participaban La Opinión y El Mercurio con opiniones contrapuestas  Los hechores empezaron a cumplir sus condenas pero se acogieron a una ley de amnistía dictada poco después, de modo que quedaron sin castigo. 

El increíble caso Rencoret

   Mientras los demás culpables inicialmente escapaban, buscaban el anonimato de los disfraces y luego eran capturados, hubo uno que hizo todo lo contrario: entró a estudiar al seminario para hacerse sacerdote y se acogió luego a “fuero de la Iglesia”.  El prefecto Rencoret, había intentado huir a Santiago, pero fue interceptado por un carabinero en el tren.  Fue conminado a presentarse ante la ley, pero desde luego que no lo hizo.  El ex prefecto  tenía cuatro años de estudio de Derecho y sabía que en la iglesia no podrían capturarlo pues la ley no lo permitiría.  Así, empezó a estudiar para ordenarse sacerdote mientras sus compañeros de tropelías cumplían su inicial condena.  Cuando se dictó una oportuna ley de Amnistía y pudieron salir, él pudo abandonar sus estudios pero prosiguió y se ordenó sacerdote.   Por cierto, pese a que se había probado que hubo una reunión en que se decidió matar al periodista y tal orden fue dada después a los ejecutores materiales, fueron éstos quienes sí fueron a dar a la cárcel.   Quien presidió aquella reunión habría sido Rencoret.

La historia del ex prefecto en el seminario se caracterizó por los estudios y la oración.  Destacó, llegando a ser un adelantado profesor.  Y, como preceptor, se hizo maestro de los futuros “curas rojos” como Roberto Bolton y Jorge Hourton, que serían activistas de Derechos Humanos.  Luego de ser relegado por la Iglesia, debido a cierta adscripción modernosta (pre-teología de Liberación) a puestos menores, como el ser párroco de Barrancas, una de las localidades más pobres de Chile, donde organizó actividades de socorro popular.  En carrera ascendente fue ordenado obispo y luego arzobispo de Puerto Montt, en 1958.  Allí realizó algunas actividades “adelantadas” de consideración a lo que sería llamado Patrimonio Inmaterial en el futuro, entre éstas visitó la gran animita de Fortuoso (la primera visita de un obispo a estas manifestaciones de fe popular,  tratando de orientar a la grey).  Se retiró y radicó en Constitución –sus vecinos advertían que era acompañado de una mujer quien servía de pareja y asistencia- pocos años antes del Golpe de Estado de 1973.  Cuando el general Augusto Pinochet visitó esa ciudad, Rencoret lo recibió con oraciones declarando públicamente “usted es un enviado de Dios”.   Sus ex alumnos y amigos (perseguidos durante esa dictadura) no se explicaban este cambio sino como una pervivencia en su mente anciana de los prejuicios y odios que albergó siendo agente de Investigaciones.  Pese a estas diferencias, iban a verlo con afecto.  Cuando experimentó violento decaimiento de salud, Pinochet  envió un helicóptero para facilitar su traslado.  Murió poco después, en 1979. 

El “sistema” de animitas

   El caso originó un curioso sistema integrado de animitas “de protesta”: una en el fondo del mar, otra en el sitio 3 de aduana, otra en el portón de acceso al puerto, otra en la calle Tucumán y dos en el cementerio general.

    El buzo Filkenstein instaló la animita submarina.  No fue contratado para ello por profesores ni periodistas sino por cargadores del puerto, que tenían un memorial de gente hundida y ahogada, en faenas de trabajo.  La animita de Mesa Bell, en la calle donde apareció, fue instalada por “manos anónimas”: vecinos del sector.  A estos emplazamientos se fue agregando la rimbombancia de adornos e integraciones de la fe popular.   Y, en años posteriores, las ocasiones oficiales de aniversario.   Había razones para recordarlos:  la del profesor es una muerte por apego a sus ideas y respeto a sus compromisos, y su apresamiento, relegación, humillación, tortura física, asesinato y ocultamiento de cadáver son  martirio, aunque la causa evidente de su muerte haya sido un mero robo.   La muerte del periodista, raptado, torturado y masacrado, corresponde igualmente a martirio producido por el cumplimiento ejemplar de sus funciones.  Los personajes pueden ser percibidos como representación de valores y ser motejados de modélicos.  Ambos profesionales eran parte activa de una comunidad que se sintió consternada por sus muertes, originándose manifestaciones de miles de profesores a lo largo del país y una retahíla de publicaciones periodísticas de denuncia.

Recuerdo y olvido

       Con la identificación de los criminales se terminó con el objetivo de la denuncia y la funcionalidad mayor de los habitáculos, que con el paso del tiempo y al embate de los entes oficiales (que intentan quitar las animitas pues éstas son emplazadas sin orden ni concierto) desaparecieron, y –para peor- ambas comunidades tuvieron después otros personajes asesinados en las mismas circunstancias, en que representarse.  Las autoridades de aduana ordenaron, sin oposición pública, el desmantelamiento de la construcción de la entrada, y tinalmente, el terremoto de 1985 destruyó la animita submarina junto con el resto del muelle de Valparaíso.  Pero existe un pasaje Mesa Bell y un liceo Manuel Anabalón, recordatorios que provienen del “mundo institucional”, a la par de periódicos recuerdos como este.  Incluso hubo una iniciativa popular de erigir una estatua-busto de Mesa Bell, que fue realizada por el escultor José Carocca Laflor, pero –según el hermano de Mesa, Francisco- nunca hubo permiso de instalación.

   Pero esos son recuerdos oficiales: en la calle y en el cementerio, siguen pidiéndose favores y realizándose homenajes: la memoria del joven director de Wikén está verde y viva en un nivel que lo hace trascender a la historia individual: representa esperanzas y desesperanzas de todos nosotros.


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