Por Leopoldo Lavín Mujica
La decisión de Washington de imponer un arancel del 12,5% a las exportaciones chilenas no es un golpe técnico: es un golpe político directo al bolsillo de las regiones.
Mientras la gran minería del cobre y el litio quedan exentos, los productos que pagan la multa son, en el contexto económico de la economía neoliberal chilena, los que generan empleo popular: salmón tratado con antibióticos, fruta con insecticidas, vinos y celulosa. La factura no la pagará Andrónico Luksic, sino los trabajadores de la Araucanía, Los Lagos y el Maule.
La excusa del «trabajo forzoso» es un telón de humo. Esa fue la etiqueta que eligieron para justificar la medida, pero pudo haber sido cualquier otra. El verdadero motivo de Trump es comercial y recaudatorio, y la debilidad de la Cancillería chilena solo invita a que suban el arancel. Enfocarse en refutar esa excusa es perder el tiempo; el problema de fondo es que Chile mandó a un gerente exejecutivo de Quiñenco-Luksic a negociar.
El canciller Francisco Pérez Mackenna es el emisario del gran capital. Durante 28 años fue el hombre fuerte de Quiñenco, el holding de los Luksic, y su nombramiento fue un mensaje directo al mundo: la política exterior chilena está subordinada a los intereses de la oligarquía. Cuando Marco Rubio lo recibió en Washington, no vio a un defensor de la soberanía nacional, sino a un exejecutivo que durante décadas maximizó utilidades para una de las familias más ricas del país.
Rubio no se dejó apaciguar porque sabe exactamente con quién está tratando. Los funcionarios estadounidenses conocen al dedillo el perfil del patrón de Pérez Mackenna: Andrónico Luksic es donador de Babson College y trustee de la fundación que lleva su nombre. Saben que sus interlocutores mueven fichas por miles de millones de dólares. Y por eso mismo, les exigen más.
¿Por qué ceder ante un canciller que representa al capital privado, si ese capital tiene espaldas financieras para absorber el impacto sin inmutarse?
El problema es la arrogancia de Trump, su política errática, pero es más que eso: es la sumisión de La Moneda. Mientras el canciller negocia desde la posición de quien defiende a sus exjefes, Washington interpreta que Chile puede pagar sin quejarse.
La presencia de un representante del gran capital en la mesa de diálogo no es una ventaja comparativa; es un talón de Aquiles. EE.UU. no teme perjudicar a los Luksic, porque los Luksic tienen dónde resguardarse. El proletariado temporero de la fruta, en cambio, explotado, no tienen para dónde correr.
El arancel del 12,5% es un impuesto clasista disfrazado de política comercial. Protege a las grandes trasnacionales mineras (donde también hay capital foráneo) y castiga a los sectores productivos con mayor arraigo territorial y mayor vulnerabilidad social.
No es casualidad: es una lectura perfecta de las debilidades estructurales de un modelo económico consolidado por los partidos que han gobernado desde la transición. De lo que se trata entonces es de levantar una alternativa económica con desarrollo independiente de los centros de poder del capital.
Pérez Mackenna no es un diplomático de carrera, es un administrador de fortunas. Y los administradores de fortunas no negocian soberanía ni desarrollo nacional: negocian rentabilidad. Su reunión con Rubio hace 2 semanas fue un desfile de generalidades, sin un solo anuncio concreto de defensa arancelaria. Los salmones tratados con antibióticos no son de consumo de las clases medias norteamericanas ni europeas. Estas buscan el salmón salvaje de los mares del Atlántico.
Mientras el canciller se sienta en la mesa con el peso del Grupo Luksic a sus espaldas, los intereses del país quedan relegados a un segundo plano. La oligarquía tiene asegurada su diversificación financiera; el trabajador de la industria forestal, de las salmoneras, de las empresas de agroexportación y vitivinícola, no.
Es hora de llamar a las cosas por su nombre: en el modelo económico actual, el arancel no castiga a los ricos; castiga a quienes ya están al límite. Y eso no es política exterior, es una claudicación.
Leopoldo Lavín Mujica
