El caso del carabinero Edmundo Sáez: Degollado por un detenido, quedó con secuelas pero institución lo negó y lo dio de baja

Policía sufrió el ataque porque su patrulla no contaba con el calabozo para llevar a los detenidos, situación que él mismo había notificado solo dos días antes del incidente.

Por Opazo

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Por Juan Pablo Arévalo S.

Minutos antes de que Edmundo Sáez fuera degollado con los dientes de las esposas de un detenido, el exuniformado hizo una llamada de emergencia a la central de Los Ángeles para pedir otra patrulla, ya que la suya no tenía el calabozo para llevar a los presos. Sáez acaba de tomar detenido a Víctor Hidalgo por presunto manejo en estado de ebriedad, a las afueras de la ciudad de Los Ángeles, Región del Biobío, pero no quiere subirlo a su misma cabina. Sin embargo, la respuesta que recibe es que no hay más patrullas disponibles y que termine el procedimiento. Sáez esposó al detenido con las manos por detrás de su espalda y lo subió en el asiento trasero de su vehículo.

Dos días antes, mediante documento electrónico, Sáez notificó que el calabozo del vehículo Z-6002 tuvo que ser desprendido porque “en el estado en que se encuentra presenta un peligro inminente para el personal”. No hubo respuesta. Y mientras Sáez y su compañero llevan al detenido en dirección al retén El Álamo, éste logró pasarse las esposas por debajo de las piernas y cortarle el cuello al sargento Sáez con sus esposas. “Sentí un golpe por detrás, no me dolió, pero vino una explosión de sangre. Mis manos no me alcanzaban para parar la sangre, entonces tuve que tapar la herida con un cojín que había en la patrulla. Una vez que me subieron a la ambulancia, se me apagó la tele”, dice.

Edmundo Sáez Sáez (33 años, padre de tres hijos) viste una gorra de lana a pesar del calor que hay en Santiago. Ha venido a seguir su tratamiento con un doctor particular, y explica que el gorro es para cubrir una herida arriba de su ceja derecha. Luego de dos años de tratamientos, fue diagnosticado con el Síndrome de Tumarkin, una crisis otolítica que consiste en caídas al suelo sin ningún malestar previo ni pérdida de conciencia, que ocurren con frecuencia relativa y que afecta al oído medio. Recién el día anterior, Edmundo tuvo uno de sus tantos episodios y cayó de cara al suelo.

Luego de un año recibiendo licencias por parte de doctores institucionales –Dipreca y Hoscar-, Carabineros dispone su retiro absoluto de las filas de la institución, declarando “imposibilidad física”, y agrega, “por padecer de Síndrome Vertiginoso tipo Tumarkin, afección de origen natural que lo imposibilita definitivamente para el servicio de Carabineros de Chile”.

La Comisión Médica resolvió que su accidente no tiene nada que ver con los episodios de desmayos, a pesar de que en sus casi 14 años ligado a la institución, nunca tuvo problemas de salud y solo presentó una licencia por un problema estomacal. Dice que no logra entender por qué doctores ligados a la institución le entregan licencias número 5 (accidentes en acto de servicio) y la Comisión Médica la califica como número 1 (enfermedad común).

“Ellos hacen lo que quieren y uno solo reclama por lo justo. Desde el primer día han querido tapar la negligencia del auto”, dice. Y sigue: “Yo pensaba en recuperarme y volver al servicio porque amo la institución, yo nací para esto, pero es la voluntad de Dios no más. No pido ni más ni menos, solo lo que corresponde: jubilación en segunda categoría por ser un accidente en acto de servicio. Eso es lo que la comisión no quiere reconocer”.

¿Cómo lo están haciendo ahora en términos económicos?

Suena feo, pero de la caridad de la gente, mi familia, mis padres, de Anapol (Agrupación Nacional de Policías en Retiro de Chile, una ONG que se encarga, entre otras cosas, de prestar ayuda jurídica a funcionarios y ex funcionarios para resguardar sus derechos constitucionales. Ellos representan a la pareja y también los ayudan con cajas de mercadería. N de la R.).

¿Dónde encuentras el apoyo?

En mi familia solamente. En mi señora y mis hijos. Mis amigos, mis superiores, nunca me han venido a ver. Con mis compañeros son con los que estoy más dolido, más de 10 años trabajando juntos y se perdieron, nunca me llamaron. Quiero creer que es por una orden de arriba. Nosotros nos cuidábamos las espaldas, uno piensa que se forma un lazo, pero ahora me doy cuenta que no.

¿Cómo te cambió la vida?

Completamente. A partir de ahora tengo que estar siempre acompañado porque en cualquier momento me puedo caer al suelo. Ya me ha pasado incontables veces, se me volvió un hábito. Me dan ganas de llorar. Esto yo no lo tenía y todos los doctores coinciden en eso, menos la Comisión Médica. Vamos a luchar hasta que se haga justicia.

¿Qué piensa del momento que vive hoy la institución y cómo se revierte?

Todo viene de la cabeza, de la administración. Los jefes ordenan y nosotros tenemos que simplemente obedecer. Hoy no es lo que era antes, cuando los capitanes y tenientes salían con nosotros a hacer rondas, a hacer la labor de la calle. Eso se perdió, y los jefes se creen el cuento porque están detrás de un escritorio y solo exigen, exigen partes, controles, detenidos. Mucha gente se fue después del estallido social porque se dieron cuenta del poco apoyo que hay desde los altos mandos. Muchos solo tienen la meta de cumplir los 20 años e irse. Durante el estallido muchos que cumplieron los 20 años no lo pensaron y se fueron. Esto se cambia con apoyo, con compromiso de parte de la institución hacia sus funcionarios.

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