Cristina Orrego: La informante de la dictadura en el Pedagógico de Valparaíso que hoy es jefa de gabinete en la Rectoría de la UPLA y parte de la Junta Directiva

En una carta abierta, escrita por ex alumnos de su generación se revela que Cristina Orrego Salow formó parte activa desde 1973 en uno de los grupos de informantes para delatar a compañeros, dando como resultado expulsiones, secuestros y torturas. Algunos de estos testimonios se encuentran contenidos en este reportaje.
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Cristina Orrego Salow ha estado casi 50 años en las filas de la Universidad de Playa Ancha (UPLA), primero como estudiante de Pedagogía en Filosofía cuando aún era el Instituto Pedagógico de Valparaíso, después como docente cuando éste ya era la UPLA, y actualmente como miembro de la Junta Directiva y jefa de gabinete de la rectoría encabezada por Patricio Sanhueza. Hasta ahí todo bien.

Pero, lo que mucho no se sabe, es su papel en el oscuro periodo de dictadura. En una carta abierta, escrita por ex alumnos de su generación y difundida este lunes 19, se revela que Orrego formó parte activa desde 1973 en uno de los grupos de informantes que accionaba en la universidad para delatar a compañeros, dando como resultado expulsiones, secuestros y torturas.

El 9 de Octubre La Tercera PM destapó un conflicto en la Universidad de Playa Ancha, que detonó la renuncia de tres de los miembros de la Junta Directiva. El conflicto involucra el traspaso millonario de fondos a una fundación de la universidad, la Fundación Organismo de Capacitación Técnica de la Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación (Fundación OTEC UPLA).

La discusión se dio en el contexto de una reunión del directorio de la universidad, que se desarrolló vía telemática el 24 de agosto. El conflicto empezó y escaló debido a discrepancias en los estados financieros de la Fundación OTEC UPLA, ya que miembros del directorio acusaban la falta de transparencia en el traspaso de fondos.

La Junta Directiva de la universidad está compuesta actualmente por el rector Patricio Sanhueza; el secretario general, Jorge Sánchez Valencia; el académico César Pacheco Silva; Anabella Arredondo; Cristina Orrego Salow; Alejandra Contreras; y los dos representantes del presidente de la República: Fernando Reitz y Jorge González, quienes fueron algunos de los participantes de esta reunión.

Uno de estos nombres hizo eco en la comunidad: Cristina Orrego, académica de la carrera de Filosofía en la UPLA hasta septiembre del año pasado y reconocida por la misma universidad como la profesora que más tesis en Filosofía ha dirigido en Chile. Actualmente se desempeña como jefa de gabinete de rectoría de la UPLA, que es un cargo que ostenta desde 2006 por decisión del rector Sanhueza y que la ha llevado a formar parte de la Junta Directiva el último tiempo.

Sin embargo, el presente de la “ilustre” profesora se ve empañado por una denuncia realizada en una carta abierta publicada por La Tercera, firmada por 11 exalumnos y alumnas de la carrera de Pedagogía en Filosofía, impartida por el Instituto Pedagógico de Valparaíso de la Universidad de Chile, durante 1973.

Nelson Cabrera, presidente de la carrera de Pedagogía en Filosofía en los tiempos de la Unidad Popular, expreso político y uno de los firmantes de esta carta, en conversación con El Ciudadano comparte su testimonio. Él y Orrego fueron compañeros de curso durante dos años y medio, casi tres, hasta que llegó la dictadura. Allí Orrego tomó un papel que nada tenía que ver con las atribuciones de una estudiante normal: fue informante, delatora de sus compañeros opositores a la dictadura.

En la carta los exalumnos exponen que Orrego estuvo involucrada en la tarea de definir quienes podían continuar sus estudios y quienes no. Lo que tuvo como consecuencias expulsiones, torturas, prisión política y desapariciones de una generación completa de alumnos. Todo ello en activa asociación con la Armada de Chile.

Se realizaban “llamados a la reinscripción”, en donde se citaba a los alumnos antiguos de las distintas carreras para presentarse en dependencias de la Fuerzas Armadas, con el fin de someterse a interrogatorios que definirían si podían seguir estudiando. En estos centros muchos sufrieron secuestros y vejaciones, situación que fue especialmente cruenta en las carreras de Historia y Filosofía.

Nelson fue detenido en abril de 1974 y llevado al Centro de Detención Cuartel Silva Palma en Valparaíso. Allí también llevaron detenido a un académico de la escuela, Carlos Verdugo Cerda, que participaba en esta comisión de informantes, pero que en ese momento había caído detenido por negarse a denunciar a Nelson.

Verdugo fue quien le confesó los nombres de estos informantes que formaron parte de esta alianza con la inteligencia naval, entre los que estaba Cristina Orrego y él mismo. Sobre algunas de las funciones de estos delatores, el ex presidente de la carrera de Filosofía cuenta: “Ellos enviaban a algunos alumnos a hacer una “prueba” al Silva Palma, y ahí eran secuestrados, un día, dos días, tres días, encapuchados. Los oficiales del centro les hacían el interrogatorio respectivo y además les hacían firmar un documento en el que se comprometían a no meterse en actividades políticas, puesto que si no se entenderían con los torturadores (…) Lo que les exigían a estos informantes era enviar a todos aquellos que consideraban que no podían estar en la carrera. Por supuesto, hay muchos compañeros que no fueron porque los iban a tomar presos, pero otros íbamos porque ese era nuestro proyecto de vida”, cuenta Cabrera, quien fue expulsado de la carrera.

Ralph Ibáñez, estudiante y ayudante de la carrera de Pedagogía en Filosofía en el año 1973, cuenta en entrevista con El Ciudadano, desde Canadá, que su participación en la Unidad Popular fue mínima. Sin embargo, eso no evitó que lo apresaran y torturaran en 1976. Él fue también uno de los que se presentó voluntariamente al cuartel Silva Palma, en 1974, para poder continuar con sus estudios.

“La gente ésta, Cristina Orrego junto a otras personas, hicieron las listas de los que pertenecían o eran simpatizantes con la Unidad Popular. Entonces toda esa gente quedó automáticamente expulsada. Los que quisimos continuar tuvimos que asistir al cuartel a los interrogatorios, a otros los secuestraron directamente (…) Recuerdo que por una ventanilla que daba a la calle podía ver los buses que iban en dirección a mi casa y pensaba ‘hubiese sido mejor no continuar con nada’”, contaba Ralph. Pasó 3 días en ese cuartel, pero luego de varios interrogatorios lo liberaron y le permitieron seguir con sus estudios por un tiempo, hasta 1976.

“Fue ese año cuando me secuestraron y llevaron de nuevo al Silva Palma, donde me tuvieron 15 días en interrogatorio. Después me trasladaron a Cuatro Álamos, después a Tres Álamos y, finalmente, a Puchuncaví, 8 meses en total. Sin trabajo, con amenazas a mi hijo y familia, no me quedó otra que salir del país, en octubre de 1977”. Ralph se fue a Canadá con su familia, pero las cicatrices de esos tiempos aún lo persiguen, en el país del norte fue diagnosticado con estrés post traumático.

En 1975, por decisión tomada en un Consejo de Guerra, a Nelson lo tomaron preso. Durante un año y medio estuvo privado de libertad y fue víctima de torturas, que iban desde los golpes hasta aplicación de corriente eléctrica. “El ser informante conlleva la delación, la entrega de una persona, y estos actos caen en el marco de delitos de lesa humanidad desde el momento en que a estas personas se les secuestra y se les tortura debido a esta información entregada”, explica Cabrera en relación a lo obrado por Orrego.

En una entrevista realizada por la UPLA y publicada en septiembre del año pasado se le preguntó a Cristina Orrego cuál fue la experiencia más fuerte y dolorosa que recordaba, en los casi 50 años que había estado trabajando en la UPLA. A lo que ella respondió: “Han habido varias, pero sin duda, la más fuerte se relaciona con lo que pasamos durante esos años oscuros, entre los 70’ y los 80’ (…) Estoy hablando de la dictadura, donde todo se miraba con sospecha, donde se censuraban los textos… donde varios estudiantes desaparecieron…fue un tiempo doloroso y complejo”.

Además, al ser consultada en la misma entrevista sobre sobre el momento de mayor alegría durante su trayectoria en la UPLA, ella contesta: “Cuando recuperamos la universidad, porque fue una lucha muy fuerte. Fuimos la última universidad que tuvo un rector delegado (…) Desde ese tiempo quedó ese espíritu de cuerpo y de necesidad de proteger a la universidad y de cuidarla siempre…, porque está en nuestra alma”

Al leerle este extracto de entrevista, Nelson no pudo ocultar la rabia e impotencia que le generaban estas palabras: “Para ellos es muy fácil, no tienen la conciencia de reconocer lo que aconteció, porque en los 80 la UPLA era muy combativa. A mí me contaban que ella con su esposo sacaban fotografías de los alumnos que estaban ahí en la puerta, donde se producían las tomas y se las entregaban a la policía. Si bien no existe constancia formal, es lo que hemos ido descubriendo conforme hemos ido investigando. Es de un oportunismo del tamaño de la misma universidad lo que dice esta señora.”, señaló.

Misma indignación e incredulidad causó la entrevista en María Angélica Barrientos, otra de las exalumnas que firmó la carta y pudo compartir con Cristina Orrego. “Es como una burla para los que ya no están: pensará que porque han pasado los años y ella está en esa burbuja académica, las personas que quedamos en el camino por responsabilidad del golpe no recordamos, no tenemos memoria. Una profesora de filosofía me extraña que no pueda conocer cómo funciona la historia, cómo funciona la memoria. No puedo reflexionar una cosa distinta al respecto”, sopesa.

María Angélica, ingresó al Pedagógico de Valparaíso en 1971 en la carrera de Artes Plásticas, sin embargo, cursaba asignaturas generales de la carrera de Pedagogía en Filosofía, siendo compañera de Orrego hasta 1973. Un día antes del golpe María Angélica dio a luz a su primer hijo, por lo que emprendió su vuelta a la universidad recién en octubre de ese año, o lo que sería un intento de vuelta.

“No alcancé a llegar hasta la universidad porque me encontré con esta compañera de curso mía (Orrego). Me dijo ‘¿Qué estás haciendo aquí?’ y me reveló que era parte del comité de delatores, me dijo el nombre oficial del cargo que llevaban estas personas dentro de las carreras, porque así se presentaban, pero no lo recuerdo con exactitud, han pasado muchos años. Ella me advirtió: ‘yo no quiero perjudicarte, sé que estás con tu guagüita recién nacida, y prefiero que te devuelvas para la casa porque si no yo tengo esta responsabilidad de entregarte’”, recordaba el episodio María Angélica.

Después de esa advertencia María Angélica no volvió al pedagógico en un buen tiempo, y evitó contacto con sus compañeros, el ambiente de vigilancia y terror los mantenía aislados. El año 1976 fue secuestrada por la Armada de Chile, fue llevada al cuartel Silva Palma, donde luego fue trasladada a Santiago, pasando por varios cuarteles hasta llegar al centro de tortura Tres Álamos. En aquella época formaba parte del grupo Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU). “Cuando llegué a Silva Palma, en conversaciones con los compañeros, pudimos irnos reconociendo con algunos que habían estado en el Instituto Pedagógico y que a la vez eran presos políticos”, explica.

“Yo he tenido un velo sobre esto, por muchos años, porque desconocía las vivencias de mis otros compañeros (…) No asocié en ese mismo instante que esa situación puntual en la que yo me encontré ese día con Cristina tenía tantas otras consecuencias, y que había propiciado tantos hechos dolorosos de desapariciones, detenciones y secuestros del resto de mis compañeros y compañeras. Pero ahora, a través de las situaciones que reconocemos en las noticias y en las conversaciones con mis compañeros, es que recién he podido armar esta horrorosa biografía que encarna Cristina”, examina María Angélica.

Ella nunca imaginó que la compañera y amiga con la que compartió durante casi 3 años, podría convertirse en lo que se convirtió, menos Cristina, quien nunca se mostró como una persona extremadamente politizada. “Yo fui a tomar once a su casa, compartimos revistas juveniles, escuchábamos música, había un vínculo de amistad. El curso era así en general, éramos súper unidos todos, pasábamos tiempo fuera de clases juntos, pese a nuestras diferencias. Para mí fue muy fuerte, porque independientemente de que hubiésemos tenido una visión del mundo distinta, nunca me hice a la idea, o pequé de ingenua tal vez, de que estas personas llevaban odios tan profundos contra las personas que creíamos en el socialismo”, lamenta.

Ralph explica que los criterios para escoger a los informantes no eran totalmente claros, asegura que algunos trabajaban filtrando información y nombres desde antes. Pero era claro en la universidad quienes apoyaban a la Unidad Popular “que era la inmensa mayoría”, según sus palabras, y quienes formaban parte de los grupos de derecha. “Antes del golpe, se mantenían más bien discretos (los opositores a la UP), pero todos sabíamos quienes eran y nos respetábamos, compartíamos juntos, incluso éramos amigos con algunos, pero sacaron las garras después del golpe. Se empezó a llamar a voluntarios para denunciar a la gente que era de la UP.”, contaba.

“Nosotros sabíamos quienes estaban haciendo las listas, porque fue muy abierto todo. Tenían una prepotencia brutal, todos los golpistas. Yo creo que pensaban que eso iba a ser eterno, por eso lo hacían con total impunidad”, expone Ralph. Él recuerda que le hizo ayudantía a Orrego y a su pareja de ese entonces, con quien tuvo incluso más cercanía, éste estaba involucrado con la oficialidad de las Fuerzas Armadas, con la rama naval, una noción que se repite en el testimonio de otros exestudiantes.

Con ambos compartió espacios recreativos, se topaban en fiestas, iban a la playa después de clases como con el resto de sus compañeros, compartían un jugo o una bebida en bares de la zona universitaria. Así era la dinámica general de la generación antes del golpe. “Fue una sorpresa terriblemente ingrata enterarnos que los compañeros con los que compartiste esas cosas después estaban entregándote”, concluye.

Es por esto que en su carta abierta exponen la imposibilidad de que Cristina Orrego pueda  continuar en el puesto que actualmente ocupa. “Lamentamos mucho que estas prácticas se hayan premiado con cargos y carreras académicas, y ya ha sido suficiente nuestro silencio.” sentencia la misiva.

La carta fue firmada por Nelson Cabrera, Ralph Ibáñez, Paul Traeger, María Angélica Barrientos, Iván Avello, Efrén Morales, Víctor Sanhueza, Rodrigo Alcázar, Eduardo Orge, el destacado músico Francisco Sazo (grupo Congreso), María Angélica Miranda. Pero ellos son solo algunos de los sobrevivientes que pueden dar fe de estas prácticas.

Este tipo de accionar y sus consecuencias no fueron hechos aislados en las universidades. Estas células se gestaban en todas las carreras de los distintos centros de educación superior del país. Estos cómplices, a veces visibles a veces invisibles, se articulaban para confeccionar listas negras. Citaban a sus compañeros a dependencias militares, muchas veces engañados, jugando con la esperanza de poder continuar con sus estudios, para darse cuenta entonces que una vez entraban a estos lugares no era seguro que pudieran salir.

El caso de Cristina Orrego es uno de los muchos casos de cómplices civiles de la dictadura. Pero para los exalumnos y expresos políticos es sumamente importante que se empiecen a conocer todos los casos, más aún cuando son personas que ostentan cargos públicos y forman parte de la construcción de democracia de un país. “Los jóvenes y estudiantes de la UPLA merecen saber quienes les hicieron clases y quienes aún participan en las altas esferas administrativas de la universidad, más aún en una universidad como la UPLA que se ha caracterizado siempre por el valor político y la lucha que han dado sus estudiantes. Yo confío en los jóvenes y creo en la memoria”, concluye con esperanza María Angélica.

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