Columna de opinión

Humanidades en tiempos de eficiencia

Las humanidades no tendrían que justificarse por su rentabilidad, sino por su capacidad de formar sujetos críticos, sensibles y democráticos.

Humanidades en tiempos de eficiencia

Por Nibaldo Acero

La crisis de las humanidades en la universidad neoliberal ya no se expresa únicamente en la disminución de presupuestos o en la reducción de carreras: se manifiesta, sobre todo, en una forma de comprender el conocimiento solo como una utilidad, una cifra. Las universidades occidentales (particularmente aquellas sometidas a la lógica del mercado) han privilegiado el adiestramiento técnico y la rentabilidad inmediata, relegando a las humanidades a un lugar ornamental o defensivo, obligadas constantemente a justificar su existencia.

Hace años, trabajando en una universidad de perfil ingenieril, varios docentes insistían en que a esa institución “le faltaba algo humanista”. La frase parecía abrir una discusión clásica sobre literatura, filosofía o pensamiento crítico. Sin embargo, la respuesta terminó desplazando esa expectativa hacia un terreno mucho más cotidiano y, quizá por eso mismo, más inquietante: lo que faltaba era empatía.

El problema ya no era solo la desaparición de ciertas disciplinas, sino la erosión de vínculos humanos básicos dentro de la comunidad universitaria. La necesidad de colaboración, de escucha, integración y reconocimiento mutuo aparecía como una carencia más urgente que cualquier debate teórico sobre el canon o sobre alguna especialización.

Edward Said advertía que el humanismo debía sostener una conciencia crítica capaz de resistir la lógica de la hiperespecialización. Pablo Oyarzún, por su parte, insiste también en defender las humanidades frente a unas racionalidades económicas incapaces de comprender su alcance. Ambos coinciden en algo esencial: las humanidades no tendrían que justificarse por su rentabilidad, sino por su capacidad de formar sujetos críticos, sensibles y democráticos.

En esa misma línea, Martha Nussbaum recuerda que el arte y las humanidades permiten desarrollar empatía y comprensión hacia otros seres humanos, cuestión profundamente incómoda para una cultura neoliberal fundada en el individualismo y la competencia. Tal vez por eso la universidad actual no solo necesita más pensamiento crítico, sino también espacios de sensibilidad, creación y encuentro.

Porque cuando las humanidades desaparecen, se empobrecen las aulas, se deteriora nuestra capacidad de convivir, imaginar y reconocer al otro como alguien digno de respeto. También comienza a ponerse en duda el valor mismo de la investigación y del conocimiento que no produce rentabilidad inmediata. Se cuestiona el financiamiento a investigaciones universitarias, señalando que muchas terminan sin generar empleos concretos. Bajo esa lógica, todo saber que no pueda traducirse rápidamente en productividad económica pareciera volverse sospechoso o prescindible. Y una universidad que acepta ese criterio quizá siga siendo eficiente, pero deja lentamente de ser una comunidad de pensamiento original.

Por Nibaldo Acero

Poeta y narrador.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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