Opinión

Kaiser le da comida y refugio a los Ítalo Omegna de Chile

Cuando el PNL nació, no inventó a los Ítalo Omegna. Los encontró. Reconoció en una comunidad hasta entonces relegada de la conversación pública —porque ciertos idearios de sociedad habían dejado cada vez menos espacio para esas formas de degradación— una identidad política posible, y les ofreció algo que hasta entonces no tenían: respaldo institucional.

Kaiser le da comida y refugio a los Ítalo Omegna de Chile

Por Álvaro Ortiz Villalobos

Si alguien, en el futuro más lejano posible, me preguntara cómo se sentía la política cuando yo tenía 26 años, no tendría problema en responder que se parecía más a un reality show que a un espacio en el que todavía importara demasiado distinguir entre quién logra llamar nuestra atención y quién merece realmente tener poder.

La bajeza de la discusión pública, desde el Ejecutivo y el Congreso hasta la pelea cotidiana en los comentarios de redes sociales, parece haber encontrado en las plataformas digitales un formato perfecto para convertir la política en relatos fáciles de consumir: identidades reconocibles y narrativas cada vez más personificadas, pensadas para instalarse antes de que alguien se pregunte los por qué.

La manera en que las personas se informan cambió y, con ella, también cambió la forma de hacer política. El Informe 2026 sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile, liderado por la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica de Valparaíso, muestra que los chilenos siguen consumiendo noticias, pero una parte enorme de ese consumo ya no responde a una decisión consciente de buscar.

Un 76,2% de las personas encuestadas declara informarse frecuentemente y un 52,3% asegura hacerlo todos los días. Sin embargo, el 52,7% del consumo de noticias ocurre de manera pasiva o incidental. Es decir, más de la mitad de las veces no llegamos a una noticia porque quisimos revisar algún portal preferido, buscar qué estaba pasando o sentarnos deliberadamente a informarnos. Simplemente apareció mientras hacíamos otra cosa.

Ese es el ecosistema en el que una noticia como la de Ítalo Omegna puede instalarse durante todo un fin de semana. El militante del Partido Nacional Libertario y entonces asesor del diputado Hans Marowski apareció en un video realizando burlas contra niños con Trastorno del Espectro Autista y comentarios que rozaban la banalización del abuso sexual infantil. Lo inquietante no fue únicamente escuchar la crueldad de sus palabras, sino advertir los prejuicios y límites éticos de una persona integrada a una estructura con capacidad de influir en decisiones que afectan al país.

Kaiser sabe demasiado bien que ponerle límites a Omegna sería comenzar a limitar a la misma comunidad que lo llevó hasta dónde está.

En prácticamente cualquier otro partido, algo así probablemente le habría valido la expulsión. Pero no en el Partido Nacional Libertario. Omegna renunció a su trabajo como asesor y fue apartado del Instituto Mises Cono Sur, pero Johannes Kaiser, presidente del partido y ex candidato presidencial, lo trató como un “mal chiste”, descartando que la colectividad tuviera que hacerse responsable porque cada persona puede pensar “lo que se le viene el cuesco en gana”.

No es que quien obtuvo la cuarta mayoría en la primera vuelta presidencial prefiera pasar por alto que la primitividad que aflora en una conversación privada no es políticamente inocua, que aquello que una persona dice cuando cree estar fuera de todo escrutinio también revela quién es cuando asesora a un parlamentario, integra un partido o participa de espacios de poder. Kaiser sabe demasiado bien que ponerle límites a Omegna sería comenzar a limitar a la misma comunidad que lo llevó hasta dónde está. Su proyecto político depende de conservar abierto ese espacio donde el desprecio puede presentarse como rebeldía y cualquier consecuencia como censura.

Lamentablemente, esas convicciones encontraron una vía de entrada a la política cuando las plataformas dejaron de acompañar la conversación pública y comenzaron a dictar su ritmo. Kaiser entendió antes que muchos que ya no era necesario conquistar un diario, un estudio de televisión o siquiera un territorio. Bastaba con instalarse en la rutina digital de las personas y poner en palabras aquello que una parte de ellas sentía que nadie más se atrevía a decir.

Cuando el PNL nació, no inventó a los Ítalo Omegna. Los encontró. Reconoció en una comunidad hasta entonces relegada de la conversación pública —porque ciertos idearios de sociedad habían dejado cada vez menos espacio para esas formas de degradación— una identidad política posible, y les ofreció algo que hasta entonces no tenían: respaldo institucional. Convirtió en militantes, asesores y candidatos a personas convencidas de que tienen el derecho absoluto a decir lo que piensan, aun cuando esas ideas degradan la dignidad inherente de otros o relativizan los límites democráticos hasta justificar, llegadas las “circunstancias”, un nuevo golpe militar.

Y cuando una conversación así encuentra refugio, deja de ser solamente una brutalidad guardada, sino que empieza a definir qué formas de desprecio pueden ser toleradas, normalizadas y, finalmente, instaladas en el Estado.

Por Álvaro Ortiz Villalobos

Periodista


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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