La Mascarada en la que participó Florcita Motuda el 1 de junio

La máscara que utilizó Florcita Motuda en la cuenta pública del gobierno “sacó ronchas”. Con el propósito de impedir este tipo de manifestaciones, ocho diputados de Renovación Nacional solicitaron un protocolo de vestimenta para los actos oficiales. Por otra parte, José Antonio Kast afirmó que “este tipo de actos le hace un daño profundo al Congreso. Esta es la izquierda. Este es el Frente Amplio”. Juan Antonio Coloma aprovechó estas críticas levantadas por la derecha para agradecer a Piñera el anuncio de un proyecto para reducir el número de parlamentarios. Incluso desde el Frente Amplio hubo “fuego amigo”. Inmediatamente después de la cuenta pública y de los anuncios del Presidente, en una entrevista en el noticiero 24 horas, el diputado Jackson apeló a la “falacia de la pendiente resbaladiza” y expresó su rechazo al comportamiento de Florcita.

Pero hay una pregunta que hacer. ¿Por qué el uso de una máscara, por parte de un diputado, en un acto oficial del Gobierno, genera tanto escozor y enciende las alarmas, sobre todo en las sensibilidades conservadoras de los diferentes sectores políticos?

Lo que hizo Florcita fue una performance, un acto para expresar un mensaje social y político. No fue una idea loca que se le ocurrió en el último minuto, antes de entrar al Congreso esa tarde del 1 de junio. Detrás de Florcita hay un equipo de trabajo; hay discusión y construcción de un relato ético, político, social; hay planificación; hay experiencias y actividades que se llevan a cabo en el distrito donde Florcita es diputado; hay un partido y una ideología: el humanismo; finalmente, hay un sector de la población que se identifica con la creatividad y la irreverencia que Florcita representa.

La máscara utilizada por el diputado Alarcón, sirvió para mostrar la otra cara de una cuenta pública y de sus personajes: ver la cuenta pública como un espectáculo y no como un acontecimiento solemne, dirigido por un Presidente respetable a un público respetado. Un espectáculo, pensado desde su origen, en horario prime: el de las telenovelas, para capturar la atención del público, impresionarlo y seducirlo. Un show ilusionista, alimentado de propuestas, medidas y logros pertenecientes a otros gobiernos, pero presentados como propios del gobierno del Presidente Piñera; una función de magia en la que los gatos se ven como liebres y los conejos salen del sombrero; donde el Presidente invita a tratar a los adultos mayores como nos gustaría ser tratados, pero, al mismo tiempo, promete fortalecer un sistema de pensiones que entrega menos de 120 mil pesos mensuales a los jubilados, mientras las AFP, utilizan el dinero de los trabajadores para seguir enriqueciéndose y capitalizando sus empresas. Ilusionismo puro y duro.

David Copperfield queda como principiante, cuando el Presidente promete reducir la jornada laboral a 180 horas al mes, cuando, en la actualidad es de 45 horas a la semana… ¡ 45×4=180 ! Pero, además, como especulador de bolsa, la letra chica retrocede 140 años de derechos laborales porque permite jornadas laborales de 14 horas diarias… Y así, suma y sigue: para mejorar la democracia, volvemos al sistema binominal; para que los jóvenes “elijan vivir sano”, se elimina educación física del currículum; para fomentar la “admisión justa” y crear un “aula segura”, se abandona la educación pública y se profundizan los mecanismos de segregación característicos del sistema escolar chileno, y se propone combatir la violencia con más violencia.

La máscara que utilizó el diputado Alarcón, fue un gesto simple, fácil de ejecutar, pero, sobre todo, eficaz. Consiguió que al día siguiente los medios de comunicación hablaran más de la máscara de Florcita, que de la cuenta pública de Piñera. Alertó a los políticos, incomodó a los parlamentarios conservadores y suscitó el apoyo de los progresistas. Dio que hablar en todas partes y fue una bofetada a la pretensión de verdad de un espectáculo y un montaje con el que el Gobierno pretendía validar su mala gestión y su falta de creatividad.

En este sentido, el mayor problema que acompaña y limita el alcance de un acto como el de Florcita no radica en la censura que pretenden activar ocho diputados oficialistas ni en el uso que la derecha hace del gesto para justificar un retorno al sistema binominal. El mayor problema está en la forma en que una acción política como ésta tiene que hacerse conocida y visibilizada: banalizando el mensaje, vinculándolo a la “volada” y sin profundidad.

El problema está que se olvida que detrás de este personaje “loco” y “raro”, no solo hay un equipo, no sólo hay una ideología, no sólo hay un frente de partidos y movimientos sociales, sin el cual su elección habría sido imposible… no sólo hay 25 mil personas que votaron por su coalición en el distrito: Hay cientos de miles de personas que anhelan un Congreso diverso, un gobierno con personas que encarnen un estándar ético mínimo y sin una clase política que esté ocupada de su propio bienestar traicionando a la gente.

Tal como hay gente que teme y repudia expresiones como la de Florcita, hay muchísima más gente que se identifica y agradece la irreverencia de aparecer con una máscara visible, en un lugar lleno de personas que utilizan máscaras invisibles, para mentirnos y manipularnos.

Marcelo Rioseco
Secretario General Partido Humanista

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