martes, enero 28, 2020

Los valientes soldados: Uniformados asesinados por enfrentarse a la Dictadura

Por Camila Sierra Madrid / Militares, conscriptos, aviadores, marinos y carabineros que hasta hoy figuran en las largas y tristes listas de detenidos desaparecidos o ejecutados políticos que dejaron los 17 años de dictadura. Víctimas de su propia institución, son soldados que pagaron con su vida al negarse a ser cómplices de las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos que se cometieron desde septiembre de 1973.

Michel Nash fue fusilado a los 19 años e inventaron un “intento de fuga” para justificar su muerte. A Mario Lavanderos lo hicieron pasar por suicida. Carlos Carrasco fue asesinado a cadenazos en Villa Grimaldi.

Tres casos, de más de cincuenta, en los que profundizamos acá y que dan cuenta de que la derecha chilena estuvo incluso dispuesta a dejar caer su bestialidad sobre “los suyos” con el objetivo de frenar para siempre la amenaza a sus privilegios.

MICHEL NASH: “ÉL QUERÍA ESTAR CON UN ARMA EN LA MANO PARA DEFENDER A SU GOBIERNO”

Para Eduardo Juri, su primo Michel Nash tenía una conciencia política superior, una capacidad de organización fuera de lo común. A sus 16 años ya había agrupado a la gente de su barrio -la zona de Santos Dumont en la comuna de Recoleta- en torno a la Junta de Vecinos y a las JAP (Junta de Abastecimiento Popular). Formaron un Comité de Unidad Popular que, según Juri, “sobrepasaba con creces al Partido Comunista”. “Michel era comunista, pero nunca se limitó a eso”, advierte.

1973 y Michel entra al Servicio Militar en el Regimiento Granaderos Nº 2 de Iquique. “Él estaba plenamente consciente que se venía un enfrentamiento y quería estar con un arma en la mano para defender a su gobierno”, enfatiza Eduardo. Por lo mismo es que decidió acudir al llamado y cumplir con lo que en ese momento creyó era su deber.

El 11 de septiembre Nash se dio cuenta de inmediato de qué se trataba lo que ocurría. Así lo relata su hermana Leila: “Le había tocado hacer una guardia y vio la violencia, la brutalidad, los allanamientos, y eso para él fue un golpe salvaje. No era algo que él pudiera aceptar”, explica. Es por esta razón que al día siguiente Michel pidió la baja. Yo juré defender al pueblo de Chile, no a quienes hicieron un quiebre institucional, diría luego el joven de 19 años, según relatos de otros prisioneros de Pisagua.

Al referirse a la renuncia, Juri dice que no había ninguna posibilidad de que su primo hiciera otra cosa. “Tenía una conciencia política muy clara, muy avanzada para su edad. No nos cabe ninguna duda de que él lideraba y que tenía un grupo de izquierda dentro del regimiento. Y si lo detienen y lo matan es porque sabían que era peligroso”, sostiene.

Nash salió del Granaderos Nº 2 y fue detenido inmediatamente. Lo llevaron al Regimiento de Telecomunicaciones de Iquique, donde lo interrogaron, y de ahí al Campo de Concentración de Pisagua “a sufrir lo indecible”, como enfatiza Leila. Los demás prisioneros, al observarlo “pelado”, desconfiaron. Solo luego de que lo vieron llegar herido y sufriente tras una sesión de tortura, lo acogieron y comenzaron una relación con él.

El 29 de septiembre Michel es elegido junto a un grupo de prisioneros para hacer labores de carpintería. Según el teniente coronel Ramón Larraín Larraín, los prisioneros intentaron escaparse, hecho por el cual se les habría dado muerte, aplicándoles la llamada Ley de Fuga. El cuerpo del joven de 19 años jamás apareció, no estaba en la fosa que dieron a conocer años después. Según sostiene Leila, su cuerpo fue removido del lugar, junto a los de otros dos prisioneros muertos, luego quemados, pulverizados y arrojados al mar.

El 2018 falleció la madre de Michel sin saber nunca qué pasó con su hijo. “Cuando murió mi mamá el año pasado, yo llevé sus cenizas al mar de Pisagua, una forma simbólica de que se reencontrara con mi hermano. Pero de verdad, si nos atenemos a los testimonios, es casi imposible que lleguemos a encontrarlo”, concluye Leila.

MARIO LAVANDEROS LATASTE: POR LA LIBERTAD DE LOS EXTRANJEROS

Unos cinco días antes de su muerte, el mayor del Ejército Mario Lavanderos (37) había sido designado para dirigir la Sección de Extranjería del recinto de detención Estadio Nacional.

“Era sencillo y amable con todo el mundo”, refiere un amigo suyo en el portal Memoria Viva. Se piensa que fue esa misma sencillez y sensibilidad las que llevaron a Lavanderos a elaborar una lista de personas uruguayas privadas de libertad en el recinto deportivo y a entregarla al entonces embajador de Suecia, Harald Edelstam, reconocido simpatizante de la Unidad Popular y activo en el rescate de prisioneros políticos. Lavanderos se impactó con el nivel de violencia ejercida en contra de los presos, por lo mismo se piensa que no dudó en agilizar la salida de estos.

El 16 de octubre firmó un documento en el cual otorgaba la libertad a 55 detenidos uruguayos, los que fueron entregados en calidad de refugiados. Sin embargo, Lavanderos se encontraba nervioso. No estaba seguro de lo “correcto” de su actuar. Quizás imaginó que podía sufrir represalias. Así lo atestigua el entonces comandante de aviación Leopoldo Moya Bruce, quien dejó constancia de que el mayor de Ejército estaba preocupado por su accionar en favor de los detenidos extranjeros.

Sin embargo, las gestiones habían sido iniciadas por su antecesor en la Sección de Extranjería del Estadio Nacional, Carlos Meirelles, quien había entablado conversaciones con la Embajada de Uruguay, Suecia y Panamá, para liberar a nueve ciudadanos uruguayos para su posterior traslado a Cuba. Así se manifiesta en el libro Terrorismo de Estadio: Prisioneros de guerra en un campo de deportes, de la periodista Pascale Bonnefoy.

Pues bien. El 17 de octubre de 1973 Lavanderos da la libertad a los uruguayos y se dirige al casino de la Academia de Guerra, donde se dispone a cenar. En el lugar se encontró con el coronel David Reyes, quien estaba bebiendo alcohol -práctica que, según testigos, era común-. Lavanderos no tomó ni un poco, así consta en el dictamen de la causa número 143 de la Fiscalía Militar y en la prueba de alcoholemia realizada luego de su muerte.

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Reyes le pidió al mozo asistente que se retirara a descansar. Pero éste no se fue y se acostó en el suelo tras la cantina, seguramente para dejar cerrado luego de que todos salieran. Cerca de las 3 de la mañana, escuchó un disparo, por lo que entró rápidamente al lugar. Acto seguido, bajó el centinela -cabo 1° Francisco Lazar Muñoz- desde el segundo piso, y luego el suboficial mayor de la guardia.

Según Lazar, Reyes le pidió que no diera cuenta del hecho. El mozo asistente sostiene haber visto a Reyes tratando de poner una pistola en la mano de Lavanderos mientras yacía de cara sobre la mesa en medio de un charco de sangre. Como consta en los documentos de Fiscalía, Lavanderos ya se encontraba muerto.

En marzo de 1993, la Comisión Rettig resolvió que el mayor (R) Mario Lavanderos Lataste fue víctima de violación de Derechos Humanos cometida por agentes del Estado.

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CARLOS CARRASCO MATUS: UN SOLDADO HUMANITARIO

Carlos Carrasco Matus llegó casi por casualidad a ser parte del aparato de inteligencia que operó durante la dictadura de Pinochet. Para el ’73 le correspondía hacer el Servicio Militar. Según consignó The Clinic en junio de 2015, su hermano, Sergio, relató que Carlos se quedó dormido el día que le correspondía ir a “sacarse el servicio”.

Fue así como fue enviado a cumplir con lo que llaman deber patrio al Regimiento de Infantería Buin. “Debido a sus buenos antecedentes militares, fue incorporado al Servicio Militar regular, alcanzando el grado de cabo segundo del Ejército de Chile. Luego es incorporado a la DINA, desempeñándose como guardia en el campo de prisioneros Tres Álamos, en Santiago”, anota el sitio Memoria Viva.

A sus 21 años, había sido militante del MAPU antes de entrar al Ejército, secretario de la Junta de Vecinos de su barrio en Conchalí y dirigente mientras estudiaba en el Instituto Comercial N°5. Allí conoció a Luis Alejandro Fuentes Díaz. Para comienzos del ’75, Carrasco Matus ya había cumplido un año en labores militares, por lo que le correspondían vacaciones. Es durante este tiempo, específicamente el 14 de marzo, que es detenido en su casa, en presencia de su mamá y su hermano. Quienes realizan su aprehensión, se identifican como miembros de la DINA. El mismo día toman detenido a su amigo Luis, siendo ambos enviados a Villa Grimaldi.

Según un testimonio entregado por Fuentes en 1990, Carlos habría entrado contra su voluntad a la DINA. Por lo que le contó a su amigo mientras estuvieron detenidos, fue elegido junto a otros jóvenes para conformar una fuerza represiva especial. A juicio de Luis, “es evidente que a partir de entonces comenzó para Carlos toda una existencia inhumana. Carlos describió lugares de detención, así como también sesiones de tortura que le tocó presenciar, incluso algunas en las que se vio obligado a participar”.

A “Mauro” -como era conocido Carrasco cuando se desempeñaba como guardia en los centros de detención Tres y Cuatro Álamos- lo hacía sentir menos mal hacer esa labor que tener que presenciar torturas, según relata Fuentes. “En innumerables oportunidades sacó mensajes para los familiares que desconocían el paradero de los ‘desaparecidos’. En muchas ocasiones regaló cigarros o porciones de comida extra a los allí recluidos”, asegura. En ese sentido, su amigo describe a Carlos como alguien que “estaba ideológicamente convencido de la necesidad de transformación socialista que requería Chile”. Toda la familia de Carlos tenía tradición de izquierda.

En el Informe Rettig se señala que “al parecer, había sido miembro de un partido de izquierda antes de septiembre de 1973. Existen numerosos testimonios de gente que pasó por ese y otros lugares que afirman con admiración y cariño que había un guardia denominado ‘Mauro’, que era humanitario y que trataba de darles ánimo, haciendo más llevaderas sus vidas en ese centro”. La Comisión agrega que “la DINA se percató de ello y obtuvo pruebas de que ‘Mauro’ era Carlos Carrasco y que entregaba antecedentes y nombres de presos que se encontraban ahí a los partidos de izquierda o a sus familiares”.

Según Luis, Carlos desconocía al comienzo que la información que le entregaba estaba siendo utilizada para alertar a compañeros del MAPU y del MIR. Luego de un tiempo – recuerda- “la dirección del MIR exigió que Carlos estuviera al tanto de cómo se utilizaba la información que le daba a Alejandro”. “Fue una situación difícil, porque podía significar peligros significativos”, añade. Carlos aceptó y desde ese momento lo hizo de forma consciente.

Una vez que la DINA se percató de esta situación y detuvo a Carrasco en su propia casa, fue torturado en ‘la torre’ de Villa Grimaldi. Testigos relatan que se escuchaban gritos de desesperación. Carrasco lloraba porque le gritaban traidor: sabía que eso lo llevaría a la muerte.

Mientras tanto, Norma Matus y Carlos Carrasco -padres del joven- hacían lo imposible por saber el paradero de su hijo. Al día siguiente de la detención, llegó a la casa familiar Orlando Manzo Durán -que en ese momento se presentó como Aníbal Barrera- pidiendo el arma de servicio de su hijo, diciendo que en tres días estaría de vuelta. “Sin embargo, Manzo Duran, dos días más tarde, concurrió hasta el domicilio de la familia para avisar que Carrasco Matus ‘se había fugado’”, señala el Informe Rettig.

A cadenazos y en las manos del coronel de Ejército y agente de la DINA, Marcelo Moren Brito, Carlos Carrasco perdió la vida luego de que lo dejaron moribundo en uno de los patios traseros de Villa Grimaldi. Nunca se supo qué pasó con su cuerpo.

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