COLUMNA

Más allá de los indicadores económicos: Un nuevo modelo de desarrollo

"Cada vez que se publica un buen IMACEC se instala la idea de que el país avanza. Sin embargo, la discusión ya no debería centrarse únicamente en cuánto crecemos, sino en quiénes avanzan, quiénes quedan atrás, qué país estamos construyendo y quién tiene el poder de definir ese rumbo".

Más allá de los indicadores económicos: Un nuevo modelo de desarrollo

Por Nicole Molina Alarcón, Economista PUCV, Magíster en Políticas Públicas UDP

Cada vez que se publica un buen IMACEC se instala la idea de que el país avanza. Sin embargo, la discusión ya no debería centrarse únicamente en cuánto crecemos, sino en quiénes avanzan, quiénes quedan atrás, qué país estamos construyendo y quién tiene el poder de definir ese rumbo.

Durante los años noventa, con el retorno a la democracia, Chile organizó buena parte de su proyecto de desarrollo sobre una promesa de progreso y movilidad social. Se instaló la convicción de que, si la economía crecía y las personas estudiaban, trabajaban y se esforzaban, cada generación viviría mejor que la anterior.

Esa promesa descansaba sobre el supuesto de que el crecimiento económico, por sí solo, garantizaría bienestar, movilidad social y oportunidades para todas y todos.

Treinta años después, la productividad permanece estancada, el desempleo golpea a miles de familias, los jóvenes se enfrentan a un mercado laboral incierto y cada vez resulta más difícil acceder a una vivienda o proyectar un futuro con tranquilidad. Esta realidad ha erosionado la confianza en las instituciones y ha alimentado la idea de que cada cual debe arreglárselas como pueda.

La sensación de estancamiento convive, paradójicamente, con cifras macroeconómicas positivas. Quizás porque el problema ya no es únicamente cuánto crece la economía, sino qué tipo de economía estamos construyendo, porque el desarrollo no puede medirse únicamente por indicadores como el IMACEC, sino por la capacidad de mejorar efectivamente la vida de las personas

Durante demasiado tiempo aceptamos que el lugar de Chile en el mundo consistía principalmente en extraer recursos naturales y exportarlos con escasa transformación, mientras gran parte del conocimiento, la innovación y el valor agregado se desarrollan fuera de nuestras fronteras.

Esa estrategia permitió crecer, pero también consolidó una economía dependiente, con baja diversificación productiva y escasa capacidad para capturar el valor generado por su propia riqueza.

El desafío de Chile ya no consiste únicamente en recuperar mayores tasas de crecimiento. El desafío es construir un nuevo modelo de desarrollo que deje de medir el éxito exclusivamente por el volumen de lo que extraemos y comience a medirlo por el conocimiento que generamos, por la tecnología que desarrollamos, por la industria nacional que somos capaces de construir y por la calidad de vida que somos capaces de garantizar.

Repensar el desarrollo exige también revisar la relación entre economía y naturaleza. Durante demasiado tiempo las tratamos como si fueran dimensiones separadas, cuando en realidad toda estrategia de crecimiento depende de la disponibilidad de agua, biodiversidad, suelos sanos y territorios capaces de sostener la vida.

En este contexto, la crisis ecológica vuelve esta discusión aún más urgente. Estamos frente a los límites de una economía que ha convertido a la naturaleza en un insumo de bajo costo y a muchos territorios en zonas de sacrificio para sostener un crecimiento cuyos beneficios no siempre permanecen donde esa riqueza se produce.

El agua, los ecosistemas, la biodiversidad y el océano constituyen bienes comunes, y cuando se degradan, pierde la naturaleza, la economía, la salud, la seguridad alimentaria y las oportunidades de las generaciones futuras.

Asimismo, una economía que continúa invisibilizando el enorme trabajo de cuidados que sostiene diariamente la vida y que sigue recayendo, de manera desproporcionada, sobre las mujeres, mide de manera incompleta su propio desarrollo.

La evidencia internacional demuestra que ningún país que hoy lidera en productividad, innovación o sofisticación industrial llegó hasta allí dejando que el mercado definiera por sí solo el rumbo de su desarrollo. Todos construyeron políticas industriales, fortalecieron capacidades científicas, invirtieron en conocimiento y protegieron sectores estratégicos cuando fue necesario.

El desarrollo nunca ha sido espontáneo; siempre ha sido una decisión política.

Un nuevo modelo de desarrollo no consiste únicamente en debatir sobre crecimiento económico, consiste en decidir democráticamente qué país queremos construir, quién captura la riqueza que generamos, cómo distribuimos el poder para producirla y qué responsabilidad tenemos con quienes heredarán este territorio.

El desarrollo siempre ha sido una decisión política, y toda decisión política requiere una visión compartida de futuro.

Nicole Molina Alarcón

Nicole Molina Alarcón

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano