Por Osvaldo Carvajal M., director de Vinculación, Empleabilidad y Alumni de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello.
Aprovechando las Fiestas Patrias, hoy les traigo una polémica sobre identidad nacional entre dos referentas. Porque, como han demostrado múltiples investigadoras, el movimiento de mujeres en Chile no fue un “We are the world” donde todas estuvieran siempre de acuerdo: hubo diferencias, como en todo espacio político, y algunas bastante profundas. Así que, sin más demora, ¡que pasen las litigantes!
Se trata de mujeres tan importantes que el canon les otorga a ambas un mismo título: según dónde se busque, tanto Inés “Iris” Echeverría Bello —escritora precursora chilena— como Amanda Labarca Hubertson —educadora y activista por los derechos de las mujeres— aparecen como la primera académica de Chile. Como siempre, la confusión tiene explicación desde el archivo.
En octubre de 1922, Iris fue nombrada Miembro Académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, primera mujer en alcanzar esa distinción. Apenas un mes después, Labarca se convirtió, en la misma institución, en la primera docente universitaria del país.
O sea, ambas fueron “la primera académica”, pero en sentidos distintos: Iris recibió un título honorífico por su trayectoria; Labarca entró a las aulas a hacer clases. Una diferencia bastante elocuente sobre sus respectivos orígenes.
Cuando en 1917 le preguntaron cómo se había formado el Club de Señoras, la aristocrática Iris recordó que de pronto había “aparecido una clase media que no sabíamos cuándo había nacido, con mujeres perfectamente educadas, que tenían títulos profesionales y pedagógicos”.
Justamente de esos amenazantes sectores medios provenía Amanda Pinto Sepúlveda, formada primero en el Liceo Isabel Le Brun y luego como profesora de Castellano en el Instituto Pedagógico.
Porque sí: ese era su nombre. Labarca Hubertson eran los apellidos de su marido, Guillermo. La Premio Nacional de Historia 2026, Ana María Stuven, lee esa adopción como una ruptura simbólica con unos padres que no apoyaron su vocación y la obligaron a casarse a los 19 años, bajo amenaza de desheredarla o enviarla a un convento.
Por suerte, el matrimonio fue feliz: ambos se apoyaron y, becados por el Estado, viajaron juntos a Estados Unidos en una experiencia clave. Allí Labarca conoció los clubes de lectura que, de vuelta en Chile, replicaría desde revista Familia.
Como un spin off de su sección “La hora de los libros”, propuso formar un Círculo de Lectura: “Un paréntesis de ensueño y de comunión espiritual en medio de las dificultades cotidianas”, donde convivirían mujeres de la élite y mesócratas como aquellas que tanto habían alarmado a Iris.
Una de ellas, Delie Rouge, cuenta en Mis memorias de escritora que en la reunión inaugural se viviría el primer round Labarca-Echeverría.
Mientras la organizadora pronunciaba el discurso inaugural, Iris conversaba animadamente con Delia Matte. Cuando otra asistente le hizo notar que no había escuchado nada, con ironía respondió: “No había oído, no tenía puestos mis lentes. ¿Qué dijo?”. Labarca, escribe Rouge, “con paciencia de educacionista”, repitió su discurso. Punto para Iris.
El segundo round sí quedó registrado. En agosto de 1915, Familia publicó “La vida del espíritu”, entrevista de Labarca a Iris. La primera pregunta parecía inocente: por qué, siendo chilena y bisnieta de Andrés Bello, había escrito Entre deux mondes en francés. “Porque es el idioma de mi arte; porque yo pienso y siento en francés”, responde Iris, explicando que desde joven esa lengua había protegido su escritura y su intimidad de las burlas.
Labarca —profesora de Castellano— insiste. “¿Y nuestro idioma?” Iris contesta que para ella es “la lengua de la cocinera, del proveedor, de las cuentas de la casa” y de los que la “pelan” (lo dice así, literal).
Labarca no soporta: todo escritor, le dice, “tiene la obligación de cultivar su idioma porque es parte del alma de la raza”. Iris, afirma que tampoco siente afinidad con “su raza”. Entonces, la entrevistadora apela a la vieja confiable: “¿Y la Patria tampoco habla a su conciencia de artista ni a su alma de chilena?”. Afírmense…
“¿Qué es la Patria? ¿Quién la puede definir?”, suelta Iris. Y remata declarando que ama más Europa que América porque allí encuentra una vida más libre y refinada.
Labarca se detona: “No comparto en modo alguno sus teorías” y arguye que en Chile todo cuesta más porque no se ama lo suficiente al país como para hacer los sacrificios necesarios. Suena la campana: el momento de tensión es interrumpido por Rebeca, hija de Iris sobre cuyo trágico destino hablaremos otro día…
Así, aprovechando la “caricia sedante” de su entrada, Labarca cierra dirigiéndose a la muchacha en vez de a su indómita entrevistada, de una manera que refleja la enorme admiración que, pese a sus diferencias, se dispensaban estas gigantas: “Recuerde usted que su madre ha trabajado, ha luchado y ha sufrido para que Ud. pueda sentir las dulzuras de una vida que nosotros no conocimos”. Caso cerrado.
Osvaldo Carvajal M.
