Primavera chilena 2019: Entre recomposición y lucha de clases

Los acontecimientos de la primavera chilena del 2019 se encuentran en pleno desarrollo

Los acontecimientos de la primavera chilena del 2019 se encuentran en pleno desarrollo. Este reconocimiento constituye punto de partida obligatorio, e involucra iniciar la tarea de análisis sobre un objeto sujeto a condiciones de permanente cambio. Lo cierto es que se constata una paralización parcial del aparato estatal, constantes choques entre masas y agentes de orden, y un escenario que anticipa una modificación en la correlación de fuerzas al interior del Estado.

Al tiempo que germinan formas embrionarias de doble poder, la consigna por una Nueva Constitución en Chile ha logrado penetrar en el Ejecutivo. En paralelo, el Legislativo se encuentra en medio de negociaciones conducentes a la generación de un “acuerdo cupular” (relacionado al carácter del mecanismo que definirá los términos de la nueva Carta Magna). Con todo, se trata de un escenario donde pareciera ser que el movimiento de masas ha colisionado con la totalidad del régimen. Ello corre también para la figura de los partidos políticos, incluso aquellos de oposición.

La tarea analítica debiera entonces comprender que nos encontramos ante una dinámica de base sin conducción, que si bien abre posibilidades para nuevas formas de organización, se encuentra amenazada por diversos factores. Uno es el fraccionamiento dada la falta de conducción del movimiento. En vista del desgaste perpetrado por el Gobierno, es posible que se ocasionen luchas al interior de las masas. Estas podrían ser protagonizadas por elementos del lumpenproletariado y células reaccionarias, conformadas tentativamente por micro y pequeños propietarios. Los primeros son proclives a ejecutar anárquicos daños a la propiedad, mientras que los segundos son permeables a discursos del terror propiciados por el Gobierno y los medios de comunicación.

Un segundo factor podría ser de lleno la intensificación de las tácticas de aplastamiento y persecución perpetradas por agentes de seguridad de Estado, en colaboración con miembros de la sociedad civil (como por ejemplo los llamados “chalecos amarillos”). Un tercer elemento puede relacionarse con prácticas de reacción, como represalias en lugares de vivienda, trabajo y estudio, como hostigamiento, amenazas de despido o expulsión hacia partidarios del movimiento de masas.

Las fuerzas a la base del régimen chileno se encuentran en proceso de reordenamiento. Este se desarrolla a partir de una lucha de clases, cuyos beligerantes son el gran capital y el conjunto de capas empobrecidas por sus exacerbados procesos de acumulación. El Gobierno, dirigido por las facciones del orden neoliberal, ha debido lidiar con una considerable pérdida de lo que fuera su línea de masas. Esta se encuentra dispersa y fragmentada. Salvo algunas entidades minoritarias, los pequeños propietarios y comerciantes, junto a parte de gremios profesionales, han perdido las condiciones propicias para seguir sosteniendo intereses “apolíticos”. Por el contrario, parecen en su mayoría situarse del lado de las masas que exigen cambios estructurales radicales.

La gran burguesía, pese a la posesión de los medios de producción material y espiritual, incapacitada se encuentra para convencer al resto de las clases de que sus intereses lo son también de ellas. Hoy el contexto se asemeja al de una crisis general, donde parecen ponerse de manifiesto el carácter íntimo de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista. En primer lugar, la naturaleza anárquica del capital. Sin cabecilla ni cuerpo orgánico que le conduzca, las masas se distancian de los anuncios de Agenda Social del Gobierno, y de los eventuales acuerdos cupulares entre este y sus partidos de oposición. En dicho escenario, tanto la estrategia de revolución pasiva desplegada por Unidad Social, como la de contrarrevolución armada de la reacción, lejos están de poner fin al llamado estallido social.

El publicitado cambio de gabinete así lo ha demostrado. También fracasaron las recomendaciones de expertos, quienes sostuvieron que la violencia policial menguaría si se acompañaba con observadores de derechos humanos. Ni estos pudieron salvarse de los cañones policiales. Ya se oyen voces que claman por la disolución de Carabineros, mientras su Director General sostiene que ningún funcionario será dado de baja por actos del servicio.

Ni el cerco comunicacional ha podido hacer frente a estas situaciones. Sus montajes son progresivamente puestos en evidencia gracias a las nuevas tecnologías de información. La televisión, tradicional analgésico de masas, hoy es igualmente parte del problema. El capitalismo había demostrado durante el siglo XX suficiente solvencia a la hora de enfrentar a sus reiterados movimientos de oposición. De ahí la figuración de sucesivos errores, derrotas y capitulaciones de estos últimos. Pero hoy el empresariado también parece perder su profesionalismo a la hora de gestionar momentos de crisis. Mientras algunos salen al paso del Gobierno anunciando salarios mínimos que no vienen a hacer otra cosa más que opacar las ofertas del oficialismo, algunos vociferan sobre la ruina que presagia la llamada Agenda Social.

Ante la extendida crisis orgánica del régimen chileno, parece emerger un proyecto revolucionario sin precedentes. Este no revivirá muertos, porque estos sólo resucitan en las ficciones. La coyuntura ha abierto una situación revolucionaria, pero sin imposición de tareas socialistas. La clase trabajadora está ausente como factor político que logre acaudillar y hegemonizar. Esta no posee un partido revolucionario que conduzca los movimientos de una guerra de posiciones y marque un momento de giro hacia una guerra de maniobras. Pese a la existencia de signos que hablan de una insurrección popular, sus elementos dispersos lejos estarán de consolidar a la clase trabajadora como conductora del desarrollo de fuerzas productivas y ejecutora de las tareas de construcción del nuevo orden social.

Aún así, el oficialismo ha sido incapaz de gobernar, y su principal brazo armado, el Ejército y el resto de las Fuerzas Armadas, fueron durante su gestión descabezadas dados los casos de corrupción Pacogate y Milicogate. De querer acudir a estas, deberá realizar un profundo trabajo de restablecimiento de confianzas, que difícilmente se encuentra en condiciones de ejecutar.

Para la teoría revolucionaria clásica la ausencia de un partido obrero fuerte es sinónimo de insuficiencia de condiciones para el éxito de una revolución socialista. En su lugar sólo habría espacio para tareas democráticas. Pero el capitalismo posee la misión histórica de expandirse mundialmente y desarrollar sus fuerzas productivas. Una vez finalizada, es que se encontrarían las condiciones para transitar hacia un modo de producción superior, que termine con las contradicciones de clase que lo originan y dan forma. ¿Estamos ante tal escenario? Difícil. Pero es claro que ante la amenaza de fuga de capitales que anuncia el Ministro Briones uno podría replicar: “¿Y hacia dónde se van a ir, si la crisis orgánica del capitalismo se encuentra extendida mundialmente?”.

Por Jorge Valdebenito A.
Sociólogo, Doctor. © en Estudios Interdisciplinarios
Universidad de Valparaíso

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