COLUMNA

¿Qué no estamos viendo? Racismo y violencia en nuestras escuelas

"Las formas más extremas de violencia rara vez aparecen de manera súbita; suelen constituir el desenlace de procesos prolongados de discriminación, exclusión, hostigamiento y deshumanización que, al reiterarse en la vida cotidiana, terminan siendo normalizados".  

¿Qué no estamos viendo? Racismo y violencia en nuestras escuelas

Por Mauricio Figueroa Sepúlveda y Aléxis Sanhueza Rodríguez, académicos U. Católica de Temuco, Investigadores Núcleo Milenio MRACE

La última semana dejó dos episodios de violencia que estremecieron a las comunidades educativas del país.

La mañana del lunes 27 de julio, una estudiante dominicana de 7 años fue atacada con un arma cortopunzante por otra estudiante al interior de la Escuela Básica Islas de Chile, en la comuna de La Granja. La niña recibió múltiples heridas y debió ser trasladada de urgencia al Hospital Padre Hurtado, donde permanece fuera de riesgo vital.

Días después, el jueves 30 de julio, un adolescente venezolano de 15 años falleció tras ser apuñalado en las afueras del Liceo Polivalente Santiago de Compostela, en la comuna de San Bernardo.

Aunque ambos hechos corresponden a situaciones distintas y deberán ser esclarecidos por las investigaciones en curso, su ocurrencia en pocos días vuelve a instalar con fuerza la preocupación por la violencia que atraviesa nuestros espacios educativos.

Más allá de las circunstancias particulares de cada caso y de las responsabilidades que correspondan, el hecho de que ambas víctimas sean estudiantes de origen migrante invita a desplazar la atención desde el episodio violento hacia las condiciones sociales e institucionales que hacen posible su emergencia.

Frente a hechos como estos, resulta inevitable preguntarse: ¿Qué no estamos viendo?

Las formas más extremas de violencia rara vez aparecen de manera súbita; suelen constituir el desenlace de procesos prolongados de discriminación, exclusión, hostigamiento y deshumanización que, al reiterarse en la vida cotidiana, terminan siendo normalizados.  

Como han dado cuenta diversas investigaciones, en Chile, numerosos niños, niñas y adolescentes migrantes e indígenas, experimentan cotidianamente distintas formas de violencia racial que suelen permanecer invisibilizadas o ser interpretadas sin el grado de profundidad que requieren.

Con demasiada frecuencia, expresiones de exclusión vinculadas al color de piel, la nacionalidad, el acento o el origen étnico, terminan reducidas a bromas y en la mayoría de los casos a silencios tanto individuales como institucionales.

Sin embargo, pensar que la violencia racial nace exclusivamente dentro de las escuelas constituye una forma de ceguera analítica. Los establecimientos educacionales no son una realidad separada de la sociedad; son el lugar donde se reflejan, reproducen y, muchas veces, se intensifican las desigualdades, los prejuicios y las violencias que circulan fuera de sus muros.

Por ejemplo, allí encuentran cabida los discursos de odio del debate político, las conversaciones familiares, los contenidos que circulan en redes sociales y, de manera particularmente influyente, las representaciones difundidas por los medios de comunicación.

Sobre todo, cuando la cobertura mediática sobre migración ha tendido a asociar a las personas extranjeras con la delincuencia, la crisis de seguridad, el descontrol fronterizo o la irregularidad migratoria, contribuyendo a consolidar procesos de criminalización y racialización de determinados colectivos migrantes.

Quizás, entonces, la pregunta más incómoda no sea únicamente qué hacemos después de un episodio de violencia, sino qué no fuimos capaces de advertir antes de que ocurriera.

¿Qué relatos escuchamos y cuáles desestimamos? ¿Cuántas veces un insulto racista fue entendido simplemente como una broma? ¿Cuántas experiencias de discriminación quedaron invisibilizadas porque quienes las presenciaron no contaban con las herramientas para comprenderlas?

El problema no siempre es la ausencia de normas o protocolos; muchas veces es la incapacidad de reconocer y actuar frente al racismo cuando este se ha normalizado.

La socióloga France Winddance Twine denomina «literacidad racial» a la capacidad de reconocer, interpretar y responder frente al racismo. Se trata de una capacidad que no compete e interpela únicamente a las escuelas. También exige a las instituciones públicas, a los medios de comunicación y en fin, a toda la ciudadanía.

Fortalecer la convivencia escolar sigue siendo una tarea urgente. Pero sería insuficiente pensar que la solución depende únicamente de las escuelas. El desafío es construir una sociedad capaz de reconocer cómo el racismo y la xenofobia se producen y reproducen en distintos espacios de la vida pública, desde donde posteriormente ingresan a las aulas.

Quizás, después de todo, la pregunta no sea únicamente qué ocurrió en La Granja o en San Bernardo. La pregunta es qué dejamos de ver antes de que ocurriera. Porque aquello que una sociedad es incapaz de reconocer a tiempo difícilmente podrá prevenirlo después.

Aprender a ver el racismo constituye, probablemente, uno de los desafíos democráticos más urgentes de nuestro tiempo.

Mauricio Figueroa Sepúlveda y Aléxis Sanhueza Rodríguez

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano