Columna de opinión

Trasímaco en Washington: El matón de barrio y la soberanía de papel

La decisión de la actual administración estadounidense de revocar las visas a altos funcionarios chilenos —incluyendo al ministro de Transportes— bajo la acusación de «socavar la seguridad regional», es la encarnación perfecta de la doctrina de Trasímaco. Washington no dialoga; impone, castiga y amedrenta.

Trasímaco en Washington: El matón de barrio y la soberanía de papel

Autor: El Ciudadano

Por Fernando Sagredo Aguayo

En el libro I de La República de Platón, el sofista Trasímaco irrumpe en el diálogo para plantear una tesis descarnada pero brutalmente realista: la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. En este esquema, «justo» es quien tiene el poder para ejercer la fuerza con impunidad y dictar las reglas a su antojo. Si Platón viviera hoy, no necesitaría buscar a su personaje en la antigua Atenas; le bastaría con observar la política exterior de los Estados Unidos y, en particular, su reciente actuación en Chile tras el acuerdo por el cable submarino Chile-China Express.

La decisión de la actual administración estadounidense de revocar las visas a altos funcionarios chilenos —incluyendo al ministro de Transportes— bajo la acusación de «socavar la seguridad regional», es la encarnación perfecta de la doctrina de Trasímaco. Washington no dialoga; impone, castiga y amedrenta.  

Esta actuación no es una anomalía, sino el modus operandi histórico de una superpotencia que confunde hegemonía con derecho. La actual administración Trump lo ha demostrado hoy más que nunca, operando bajo una lógica de coerción global: desde el asfixiante régimen de sanciones a Venezuela e Irán, pasando por sus insólitas tentativas de comprar Groenlandia, su agresiva política arancelaria global, las constantes amenazas a países vecinos como México y Colombia, hasta la impunidad y el respaldo irrestricto con el que han avalado la tragedia humanitaria en Gaza, financiando la maquinaria militar mientras vetan resoluciones de cese al fuego en la ONU.  

Para Chile, este intervencionismo toca una fibra sensible y dolorosa. No se trata de retórica, sino de cifras e impactos reales. Los archivos desclasificados de la CIA revelan con crudeza cómo se ejecutó esta misma política del más fuerte contra el gobierno de Salvador Allende. En las notas tomadas por el entonces director de la CIA, Richard Helms, el 15 de septiembre de 1970, la instrucción de Richard Nixon fue explícita: «Make the economy scream» (Hacer chillar la economía). Esto se tradujo en el financiamiento de huelgas patronales, el boicot al crédito internacional y el apoyo a grupos subversivos, lo que desembocó en una hiperinflación que superó el 300% en 1973 y pavimentó el camino al quiebre democrático. Ayer fueron operaciones encubiertas; hoy son chantajes tecnológicos y diplomáticos.

Sin embargo, para que Trasímaco impere, necesita la complicidad de quienes lo observan. A nivel internacional, vemos a una Europa silente que, con su actitud sumisa, oficia de Neville Chamberlain durante el ascenso de Hitler, aferrándose a una estéril estrategia de «apaciguamiento» frente a un poder que no conoce límites.

EE.UU. se instala, sin sorpresa, en el papel del matón de barrio: primero golpea, coacciona y amedrenta, y luego tiene el descaro de culpar a sus propias víctimas de su desenfreno.

En el caso de Chile, la situación roza el absurdo. Vemos emerger la figura de los «realistas» en las postrimerías de la época colonial —hoy representados por ciertos sectores republicanos y conservadores—, figuras anhelantes del vasallaje que tienen el descaro de fingir patriotismo mientras avalan y aplauden las políticas de sometimiento. Justifican la veneración por el más fuerte, olvidando la advertencia fundamental del filósofo renacentista Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria: el principal problema no es el tirano, sino los ojos, las manos y las bocas que permiten, aplauden y alimentan ese poder. Quienes hoy celebran las sanciones de EE.UU. son los mismos que entregan la soberanía que dicen defender.

Es en este punto donde las recientes declaraciones del embajador de EE.UU. en Chile, Brandon Judd, resultan especialmente peligrosas. Judd no solo calificó de «irrisoria» la sorpresa del gobierno chileno ante el retiro de visas, sino que tuvo la audacia de afirmar que Chile, al no bloquear la infraestructura china, «arriesga perder su soberanía», culpando al Ejecutivo de «poner la privacidad de los chilenos en riesgo».  

La validación de este discurso es el triunfo del cinismo. EE.UU. se instala, sin sorpresa, en el papel del matón de barrio: primero golpea, coacciona y amedrenta, y luego tiene el descaro de culpar a sus propias víctimas de su desenfreno.

Endosar a Chile la responsabilidad de «socavar la soberanía» por buscar autonomía y diversificación digital a través del Asia-Pacífico —reduciendo precisamente la dependencia de las redes controladas por el Norte— es un insulto a la inteligencia. Lejos de contribuir a los acuerdos o al diálogo, Estados Unidos exige que Chile mutile su propio desarrollo tecnológico para satisfacer las paranoias geopolíticas de Washington.

Aceptar esta dinámica es claudicar. Es aceptar que, en pleno siglo XXI, la justicia sigue siendo lo que dicta el más fuerte y que nuestra soberanía no es más que un permiso condicionado y revocable.

Por Fernando Sagredo Aguayo

El autor es Profesor de Historia y Geografía, Magíster en Filosofía Política, y Magíster en Educación (Currículum y Evaluación), por la Universidad de Santiago de Chile.

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Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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