Por Amanda Marton Ramaciotti

¿Quiénes conocieron a Pepe Carrasco en persona? ¿Y quiénes lo conocieron a través de otros? Pregunto esto porque mientras leía el libro de Jimena Colombo Cuando llega septiembre – el asesinato de José Carrasco (Ceibo, 2026) se hizo inevitable pensar en cómo la memoria individual constituye uno de los pilares de la existencia humana. Pero, como sabemos, esta dimensión individual está ineludiblemente atravesada por vivencias históricas, sociales y culturales compartidas. Así, las memorias personales de quienes conocieron a José Carrasco –Pepe, Pepone– en carne y hueso, son esenciales para que nosotros, como Jimena o yo, nacidas en democracia, también lo conozcamos.
He ahí el primer trabajo esencial de este libro: hablar con testigos. Personas que veían a Pepe más allá del periodista cuyo nombre nuevas generaciones, como la nuestra y las que nos seguirán, ven en salas de estudio en la Universidad de Chile y la Usach, o en los actos de aniversarios del golpe realizados por el Círculo y el Colegio de Periodistas. Personas que conocieron al hombre: pareja, expareja, padre, amigo, padrastro. Que vieron su vida marcada por otras tragedias incluso antes de la tragedia. Que conocieron sus luces y sombras, muy lejos de los que la Historia, esa con H mayúscula, se atreverá a contar.
Dice Iván, hijo de Pepe, en la página 29: “De repente me acuerdo de escenarios, frases, de alguna forma uno trata de ser así, de seguir su ejemplo, hacer las cosas que te gustan de tu padre… y como tengo recuerdos buenos de él, son muchas las cosas en que me gustaría parecerme… La muerte de mi viejo es un caso político, pero es mi familiar, yo no lo vivo como algo político. La muerte del padre no se vive como la muerte de un compañero. Lo racionalizas y lo entiendes políticamente, pero es personal. Nunca lo sentí como una muerte política, porque nunca lo vi como actor político. Era mi padre, antes que todo”.
Hay algo más. Cuando se investiga al pasado sin haberlo vivido, hay que aprender a mirar, reconocer los sedimentos, las voces enterradas y los silencios que han sido deseados, heredados o impuestos. En ese sentido, cualquier investigación periodística requiere la humildad de reconocer que, se haga lo que se haga, nunca se alcanzará a conocer con exactitud la complejidad de un individuo, sus sentires, motivaciones. En eso, Jimena es honesta. Por ejemplo, cuando se pregunta en la página 32: “Resulta sorprendente que Carrasco, con su vasta experiencia política, no durmiera en otro lugar esa noche (…) ¿Qué pasó por su cabeza?, ¿por qué no fue donde sus colegas de Análisis?, ¿por qué no hizo como otras veces y se fue con Silvia y Alfredo mientras dejaba a Iván y Luciano con los abuelos en Conchalí?, ¿por qué justo el día más peligroso de 1986 no tomó las precauciones que sí tomó ante amenazas menores?”.
Por estos días, cuando se cumplen 40 años del asesinato de Pepe y 53 del golpe de Estado, el Gobierno (vale recordar: el primero abiertamente pinochetista desde el regreso a la democracia) justificó la ausencia de actos oficiales diciendo que quiere enfocar su trabajo “mirando hacia el futuro”. A menudo, esa palabra, futuro, se utiliza como antítesis de pasado.
Incluso aparece así en el diccionario: antónimo – pasado. Pero mirar hacia el futuro sin reconocer el pasado es intentar construir una casa empezando por el techo o buscar una flor sin encontrar antes su tierra, sus raíces. Ni siquiera podríamos haber nacido, literalmente, sin dos progenitores, cuatro abuelos, ocho bisabuelos y así sucesivamente. ¿Cómo, entonces, solo mirar hacia el futuro?
A menudo se cree que quienes nos dedicamos a escribir sobre los Derechos Humanos nos quedamos “pegados” en el pasado. Nada más lejos de la verdad. Este libro lo demuestra de manera encarnada al reflejar el impacto de la tragedia en distintas generaciones, incluyendo el hijastro, los hijos y nietos de Pepe. Se lee en la página 67: “Esa generación (la de los hijos), Iván la define como una que fue ‘olvidada con el regreso a la democracia’. Jóvenes que pudieron admirar la épica con la que sus padres daban la vida, y se convirtieron en adultos en una democracia que se transó por olvido. La derrota del sueño con que se educaron perjudicó emocionalmente a muchos jóvenes”.
En contextos de trauma histórico, la pérdida de esa memoria común puede dejar a una sociedad sin orientación presente ni proyección futura. Por eso ambas dimensiones –la memoria individual y colectiva– dialogan y se sostienen mutuamente. La memoria colectiva se afianza en las memorias personales, lo que permite cierta continuidad incluso ante el olvido estructural.
Me tomaré la libertad de adaptar una cita de Angela Davis, activista afrodescendiente, quien dice que no basta con no ser racista, hay que ser antirracista. El libro de Jimena nos recuerda que no basta con no ser fascista, hay que ser antifascista. No basta con no ser negacionista, hay que ser antinegacionista.
Por lo mismo valoro particularmente este espacio en el que nos encontramos hoy. En este Círculo con quienes conocieron a Pepe y otros tantos que no. Y una reflexión final: la porfía de Jimena por sacar este libro adelante se debe, en parte, a una historia íntima. Cada vez que pasaban por el Parque del Recuerdo con su padre, él le contaba la historia de un periodista del MIR que, poco después del atentado a Pinochet fue acribillado con 14 balazos siendo inocente. Ese papá le hizo mirar a los ojos al horror para que ella también entendiera la historia de su país y de su futuro oficio. Qué simbólico es, entonces, que hoy, entremedio de todos nosotros, estén dos niños presentes. Los hijos de Jimena. Y en primera fila.
Por Amanda Marton Ramaciotti
Texto elaborado en el marco del lanzamiento del libro Cuando llega septiembre, el 12 de septiembre de 2026.
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