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Vaciar sin romper: Extrema derecha a la chilena

"El exministro Luis Cordero dijo hace unos días algo que su sector celebró como un llamado a la mesura. Señaló que el gobierno de José Antonio Kast "tiene más que ver con Chacarillas que con Hungría", que las claves para entenderlo son locales, que estamos ante la legitimación electoral del gremialismo y no ante la importación de patrones extranjeros (...) Conviene recordar qué fue Chacarillas"

Vaciar sin romper: Extrema derecha a la chilena

Por Ángela Miranda, abogada

El exministro Luis Cordero dijo hace unos días algo que su sector celebró como un llamado a la mesura. Señaló que el gobierno de José Antonio Kast «tiene más que ver con Chacarillas que con Hungría», que las claves para entenderlo son locales, que estamos ante la legitimación electoral del gremialismo y no ante la importación de patrones extranjeros.

No veía, agregó, indicios de ataques contra las instituciones. Tiene razón, este gobierno no ha desconocido elecciones como Trump, no insulta al Congreso como Milei, no ha capturado tribunales como Orbán. Pero la observación de Cordero, lejos de tranquilizar, debería encender aún más alarmas.

Conviene recordar qué fue Chacarillas. El 9 de julio de 1977, ante un acto de antorchas de la juventud de la dictadura, Pinochet leyó un discurso redactado por Jaime Guzmán que fijó la meta del proyecto dictatorial: una democracia «autoritaria, protegida, integradora, tecnificada y de auténtica participación social».

Protegida ¿de qué? De las mayorías. Tecnificada ¿cómo? Sustrayendo las decisiones económicas de la deliberación política para entregarlas a expertos y a reglas blindadas.

Chacarillas es el momento en que el vaciamiento de la democracia dejó de ser una práctica y se volvió doctrina proclamada. Dos años después Guzmán expone la doctrina de la que Chile era experimento indicando que la Constitución debía asegurar que «si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría».

Léase de nuevo esa frase de 1979 y luego léase el proyecto de invariabilidad tributaria que el actual gobierno tramitó en el Congreso: contratos entre el Ministerio de Hacienda y grandes inversionistas que congelan su carga tributaria hasta por veinte años.

El problema no es cuántos gobiernos quedan atados de manos. El problema es que se sustrae del campo de decisión democrática la redistribución, y con eso la democracia no se vacía de uno más de sus contenidos, sino de su tendencia fundamental.

La «democracia» va a seguir andando, los gobiernos van a seguir siendo electos, las formas van a seguir, elegantes e intactas (¡tranquilos!) mientras el ámbito de decisión real continúa vaciándose de contenido. La misma receta, diferentes medios.

Hasta aquí un cuento criollo. Lo que creo que falta recordar es que esta doctrina no fue un experimento ni de autoría nacional ni de efectos solo nacionales. Hayek (que declaró a El Mercurio en 1981, que una dictadura liberal le parecía preferible a una democracia carente de liberalismo, y cuya Sociedad Mont Pelerin celebró ese mismo año su reunión regional en Viña del Mar) lideró una escuela cuyo proyecto, como ha mostrado el historiador Quinn Slobodian, nunca consistió en «menos Estado», sino en encapsular la economía construyendo instituciones que pusieran la propiedad y las decisiones distributivas fundamentales fuera del alcance de las mayorías.

Su libro más reciente documenta la radicalización de esa apuesta con un mundo de zonas económicas especiales, ciudades chárter, o paraísos jurisdiccionales donde rige el capital sin ciudadanía.

Ahí aparece Peter Thiel, financista de ciudades flotantes fuera de toda jurisdicción junto a Patri Friedman, nieto de Milton Friedman. Tres generaciones de una misma familia intelectual desde el economista que recomendó el shock a Pinochet al financista de ciudades privadas como Próspera, la ciudad chárter levantada en Honduras con capitales del ecosistema Thiel que obtuvo blindaje jurídico por cincuenta años.

Cuando el Congreso hondureño derogó el régimen que la amparaba, Próspera demandó al Estado por casi once mil millones de dólares. Cincuenta años en Honduras, veinte años en Chile. La misma tecnología jurídica para crear una zona de excepción distributiva donde la democracia no entra, y la seguimos vaciando de contenido.

Por eso, cuando Thiel visitó Chile y se reunió, además del Presidente, con José Piñera, el detalle no fue anecdótico ni la reunión una cortesía. Privatización de lo social blindada contra la democracia, un ejemplo de ayer y hoy donde Thiel toma la posta. La tecnoderecha global, con casa matriz en el Estados Unidos de Trump y sucursal en la Argentina de Milei, no es receta nueva, es el mismo camino reeditado.

Me parece entonces ficticia la polémica que se ha querido instalar entre la lectura de Cordero y la de quienes, como Camila Vallejo y buena parte de la izquierda, ven en este gobierno a la ultraderecha de Trump y Milei. Se nos pide elegir entre las claves locales y las globales como si fueran explicaciones rivales, cuando el objetivo de la extrema derecha (la vieja dictatorial o la nueva tecnológica) ha sido siempre, temporal y geográficamente, el mismo.

En Chile se experimentó el modelo, se exportó al mundo, el mundo lo radicalizó, y hoy nos lo devuelve potenciado por capital tecnológico y control de datos. Con más o menos performance. Poner aquí una tensión es querer mirar el mismo círculo desde dos puntos opuestos de su trazado.

Se dirá, con razón, que estas tradiciones son heterogéneas. El gremialismo católico y corporativista de Guzmán no es el tecno-Estado de Thiel, como tampoco era el monetarismo de los Chicago Boys. Pero la heterogeneidad nunca fue obstáculo, porque difieren en la doctrina, lo valórico, la familia, la nación, y comparten el corazón económico con el diagnóstico de que la democracia, librada a sí misma, tiende a la redistribución y por tanto la receta, igual de preocupante, es destruirla o vaciarla.

Me parece que es aquí donde Cordero se equivoca. Cuando define a la ultraderecha como fuerzas que rivalizan con las instituciones y cuyo «propósito central es que la democracia no funcione», describe solo el método ruidoso, el de Orbán y Trump: atacar, capturar, romper la máquina. Pero existe otro, el silencioso: conservar las instituciones intactas mientras se las vacía, con elecciones, alternancia y tribunales que en la superficie parecen funcionar sin decidir nada relevante.

Lo que distingue a una derecha democrática no es, entonces, el respeto por las formas, sino la relación con las mayorías futuras: compite sabiendo que sus decisiones serán revisables cuando pierda. Quien busca que la alternancia deje de importar y que gane quien gane, no pueda decidirse distinto, ha cruzado la misma línea, con ruido o sin él.

Esperar el ataque frontal para alarmarse es no comprender la profundidad de las ideas detrás de las palabras de Guzmán. No necesitan atacar lo que pueden moldear o vaciar a su antojo.

Ángela Miranda, abogada

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