Por Osvaldo Carvajal M., académico de la Licenciatura en Letras y del Doctorado en Humanidades Aplicadas de la U. Andrés Bello
La literatura chilena tiene un caso insólito: un crítico que, sin educación formal ni grandes libros, terminó decidiendo qué sería leído y qué no.
Su método era infalible: frecuentaba salones, detectaba talentos, los promovía y no los dejaba ir, incluso, tras su muerte. Acompáñenme al archivo para entender cómo un funcionario del Registro Civil —que entró por pituto— terminó ganando el Premio Nacional de Literatura antes que Marta Brunet y Pablo de Rokha.
Partamos por el principio: ¿qué era un crítico literario a comienzos del siglo 20? Una mezcla entre Ítalo Passalacqua y un bookfluencer, pero en una época en que la prensa moldeaba la vida cultural y sus recomendaciones eran tomadas muy en serio.
El crítico de un diario importante no solo comentaba libros: influía en qué libros triunfaban y quién entraba —o no— al canon. Alguien con ese poder debía tener un tremendo currículum, ¿o no?
En este caso, no. Hernán Díaz Arrieta fue criado en el campo, aprendió a leer en casa con su hermana mayor y pasó por varias instituciones sin terminar ninguna: el Seminario, el Instituto Comercial y la Escuela Dental. Su capital era otro. Armando Uribe lo resumió con precisión cruel: una “familia en parte conocida, como para ser invitado a algunos bailes, venida a menos en lo material y a más o menos en lo social”.
No tenía la vida resuelta, pero sí conexiones: su madre le consiguió un puesto en el Registro Civil cuando apenas tenía 14 años; a los 21, él mismo se presentó ante un influyente político y salió convertido en secretario de redacción de La Unión, periódico ligado al Partido Conservador y a la Iglesia católica. Pero el escándalo de esta semana no comienza con ese empleo, sino con una escritora.
Antes de convertirse en Alone, el joven Hernán se obsesionó con Mariana Cox Méndez, quien firmaba sus textos como Shade. Aristócrata, polémica, publicaba en la prensa, organizaba tertulias, discutía públicamente con quienes se oponían al desarrollo intelectual de las mujeres y había conseguido algo excepcional para la época: que le pagaran por escribir. El castigo social por este desacato vino cuando de autora pasó a ser personaje.
A comienzos del siglo 20 estaban de moda las novelas en clave: libros que cambiaban nombres, pero dejaban suficientes pistas para que los lectores reconocieran a personas reales. El primer best seller chileno, Casa Grande de Luis Orrego Luco, es una muestra: tuvieron que hacerse tres ediciones en un par de meses. El chisme siempre ha vendido.
En ese ambiente apareció Los héroes moribundos (1910), de Leonardo Penna. La novela relataba las aventuras sentimentales de su protagonista y, entre ellas, incluía a una aristócrata apasionada en quien buena parte de Santiago creyó reconocer a Shade. Casi cuarenta años después, Carlos Préndez Saldías recogía un rumor bastante decidor: personas cercanas a la escritora habrían comprado buena parte de la edición para sacarla de circulación e, incluso, retirado ejemplares de algunas bibliotecas.
Shade murió en París en septiembre de 1914 y su memoria se convirtió de inmediato en terreno de disputa. Inés Echeverría Bello (Iris) la despidió con una frase muy elocuente: “Fuiste mujer. Ese fue tu crimen y tu corona”. Alone publicó un artículo en que sostenía que, para una mujer chilena, convertirse en escritora exigía casi una rebelión. Pero no se quedó allí: al año siguiente respondió al escándalo de Penna con otra novela en clave.
La sombra inquieta (1915), presentada como un “diario íntimo”, reconstruía bajo nombres apenas disfrazados la relación entre una mujer madura, brillante e incomprendida y un joven sensible (él mismo) capaz de entenderla, pero platónicamente. Si Penna había convertido a Shade en una amante dominada por sus pasiones, Alone la transformó en una figura espiritual, herida y perseguida. Penna la volvía amante; Alone, santa.
Y, como la jugada fue un éxito, no soltaría nunca más su figura. En 1923, todavía dictaba conferencias del tipo “Vida íntima y obra literaria de Shade”. Once años después volvió sobre ella en el diario La Nación, donde entró recomendado por Iris. Bajo un enorme título que decía “SHADE”, reaparecían su fotografía, sus libros y, sobre todo, sus cartas íntimas. Alone reproducía fragmentos de su correspondencia privada, administrando su recuerdo.
Con Shade, Alone ensayó un modus operandi que repetiría con Gabriela Mistral, Marta Brunet, María Carolina Geel y otras: leerlas, defenderlas y quedar instalado entre sus obras, sus archivos y el público. El interés era real; pero también el beneficio.
Con Shade, la operación fue perfecta: convirtió su historia en novela, administró su memoria y adoptó uno de los seudónimos que ella había descartado. Alone hizo carrera defendiendo escritoras, pero hasta el nombre con que pasó a la historia se lo debía a una de ellas.
Osvaldo Carvajal
