La historia oculta de la música

Ye yeah yeah: la fiebre beatle en Chile (I)

La beatlemanía afectó primero a los adolescentes. Sus síntomas eran el crecimiento de una melena, el ansia de chamullar en inglés (si los llú ye ye yée/ a love shu ye ye ye), la oposición a ciertas normas y el gusto por la música de guitarra eléctrica.
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Por Víctor Rojas Farías

Yeah, yeah, yeah…yeeeeeeeeh.   Se demoró meses en llegar a Chile una fiebre mundial, mas cuando llegó contagió hasta a los zapallos. La beatlemanía.  Afectó primero a los adolescentes. Sus síntomas eran el crecimiento de una melena, el ansia de chamullar en inglés (si los llú ye ye yée/ a love shu ye ye ye), la oposición a ciertas normas y el gusto por la música de guitarra eléctrica.

   Muchas revistas -como Rincón Juvenil- dedicaron al inicio de la fiebre números enteros a esos pequeños dioses ingleses, cuyos creyentes no toleraban a nadie más, y los periodistas procedieron a informar que George y Ringo eran hermanos o detalles varios de la vida  de John, Paul, George y Charlie.   Los jóvenes –nadie se explica cómo- detectaban con desprecio cualquier error.  Pronto había ya conjuntos emulando: tal vez los primeros “beatles” chilenos fueron cabros que sin saber inglés ni tocar bien se atrevían con She loves You.  En la Sota –el célebre barrio rojo de Talca- actuaron Los Picles en pleno 1963  en esos locales donde la huasería sureña llegaba en masa.  Tenían un show con guitarras acústicas, batería y contrabajo en que la bulla era lo predominante, y pocos podían entender que el nombre era un chiste porque en Chile no tenían todavía divulgación ni los fab four ni ese comistrajo. Quienes los vieron aseguraban que no ensayaban nada, simplemente hacían lugar entre las mesas y arremetían sin preocuparse de la afinación. Duraron poco, tal como se merecían.  Pero ¿cómo habían conocido esa música?  No se sabe.  Desde diversas vertientes estaba llegando la fiebre: incluso el jovencito Víctor Jara había ganado una beca a Inglaterra, donde pudo conocer de paso al grupo que rodeaba a Brian Epstein (el manager) y fue invitado al lanzamiento del LP With The Beatles (1963). Quedó tan  impresionado con esa estética fresca que trataría de imponerla en el futuro inmediato al volver a Chile, cuando fuera coréografo de grupos como Inti Illimani o Quilapayún: ponchos, chalecas beatles negras y ese corte de pelo.   Mientras, en casa, en 1964, la cosa iba tan grande que hasta salían historietas o chistes –en Condorito o El Pingüino- y se entronizaron los Clubes de los Beatles en muchos lugares.  En Santiago –el año anterior- se había formado un curioso conjunto que usaba pelucas y botas en punta, que entonaba bastante bien pero era claramente una burla: Giovanni y los Dolcevitos.  Eran músicos de verdad, aunque cuando llegaron al disco los ejecutivos les impusieron tocar leseras: versiones como My Boy Lollipop los hicieron desaparecer por completo.  Miopía del sello, pues el mundo del disco ya estaba siendo aplanado por gente beatle en toda Latinoamérica.  En Argentina –por ejemplo- vestido de apretado cuero a lo Elvis Presley, Sandro actuaba tirándose al suelo y entonando feroces rock and rolles hasta que en 1963 empezaron a salir sus discos: temas versionados en español bobalicón: donde Lennon cantaba it’s been a hard days nigh and I been working like a dog, Sandro decía: un día que pasó sin ti se vuelve día triste.   En 45 ese cantante sacó:  “Amame” (Love me do) y “Muchachos” (Boys).  Y en su primer LP –con Los De Fuego- salieron La Noche de un día Agitado (A hard day´s Nigh), Te conseguiré (I´ll get you), Niñita (Little Child).  Pero cuando pudo grabar sus propias canciones, Sandro reveló que su oído era mezcla y tuvo el buen juicio de pedir ayuda a un poeta aficionado (Anderle).  Se consolidaba entonces algo nuevo y tan viejo, un tipo de canciones que los sellos empezaron a llamar balada (sembrando confusión, pues la misma palabra denomina realidades distintas, tal como el nombre “vals”).  “Por ese palpitar/ que tiene tu mirar/ yo puedo presentir que tú debes sufrir ”.  “Nadie me daría/ dos días de vida/ por la forma en que me encuentro hoy”.  

Un infectado cualquiera

   Mario Solar perteneció a la primera oleada de infectados.  En grado supino.  Aceptaba que le dijeran un sobrenombre en inglés,  Jerry.  Siempre chistoso, contaba años después que sus profesores –aburridos de escucharlo tocar batería en la mesa escolar- lo mandaron a un control psicológico. El doctor le hizo el test de las asociaciones, en que se nombra una palabra y se debe contestar lo primero que viene a la cabeza.  Pregunta: “Taza”.  Contestación: “La canción Ella te Ama, de  Los Beatles”.  “Plato”.  “La canción La Chica Está de Negro, de Los Beatles”.  “Planeta”.  “Los Beatles”.  Un poco amoscado el médico le  aplicó el test de Rorschach, en que se muestran hojas con manchas y rayas y el paciente debe indicar lo que ve.  Imagen uno; “Ahí se ve clarito el LP La Noche de un día Agitado, de Los Beatles”.  Imagen dos: “El long play Con Los Beatles”.  Imagen tres: “Los Beatles tocando”.  “A ver, muchacho, vamos a cambiar el método, háblame libremente del océano”.  “Bueno, el océano es inmenso, antes se atravesaba navegando en barco pero después se podía cruzar también en avión, y en avión llegaron Los Beatles a Estados Unidos, y los Beatles llevaban una canción muy buena que cantaba el guitarrista, que se llama John, pero en la tele tuvo que cantarla el del bajo porque  (…)”.  “Bueno, bueno, no hables más del océano; ahora háblame de Los Beatles”.  “….”  “…..”  ¡¡!! ¡!Uuuh, me quedé en blanco!!”.  Cuando terminó la sesión,  Jerry salió entusiasmado diciéndole a sus padres, que esperaban preocupados afuera: “Este doctor es muy bueno: ¡Lo único que hace es sacar a Los Beatles!”

Escaramujos

   Mario Solar ingresó –como era de esperarse- a un grupo que tocaba canciones de…  Los Beatles.  No sabían qué nombre ponerse.  Habían escuchado que Lennon cambió una letra a la palabra escarabajo (beetle) para bautizar al conjunto de Liverpool.  Y decidieron traducir eso: escarabajo con una sílaba cambiada: Escaramujos.  Tuvieron éxito de inmediato.  Luego de recorrer algunos locales fueron contratados por una institución que pagaba más y daba trabajo seguro: un circo.  Y luego de los payasos y el equilibrista aparecían tocando Help o Dizzy miss Lizzy causando el furor del público, que los alentaba a continuar más y más en un vértice de movimiento.  El contrabajista tomaba al guitarrista entonces y lo alzaba en vilo hasta sus hombros y –ahí- parado continuaba punteando y cantando en un inglés champurriado y bailando en el idioma que todos entendemos, el placer del movimiento.  En todo el país Los Escaramujos eran populares en el sitio en que actuaban y llenaban.  Aunque al presentarse junto a domadores y magos no quedaba claro si la gente iba al circo o a ver al conjunto. Ese, ese era el momento de grabar un disco y asegurar su futuro y su recuerdo.  Pero aconteció lo mismo que con tantos conjuntos “de provincia”: no eran chilenos…no en un país en que Santiago es Chile.  Recorrieron algunas capitales latinoamericanas. Ingresaron a su repertorio canciones como Smoke on the water o Innagada da Vida, que eran muy poco conocidas a nivel público y se transformaron en un vehículo de difusión rock: a sus camerinos iban los rockeros a hablar, a aprender las letras, cómo se hacían los acordes…  Les tocó actuar con otro conjunto chileno que estaba haciendo buena recaudación: Los Monarcas, boleros de ayer, de hoy…y de siempre. Y luego de esa gira mágica y misteriosa sucedió algo impensado: Los Monarcas se disolvieron justo antes de que los Escaramujos quedaran sin guitarrista.  Mario ofreció entonces al requintista ingresar a la banda.  Y entró Angel Lizama a la guitarra, quien vestido ahora con pata de elefante  y el pelo largo electrizaba a la platea mientras el gigante contrabajista lo tomaba en vilo y lo ponía sobre sus hombros.  Si congeláramos esa imagen y pusiéramos “señale el elemento que no corresponde” las respuesta sería “un bolerista en un conjunto rock.  Poco después Los Monarcas se rehicieron y los Escaramujos se disolvieron.  Angel Lizama agradecido ofreció entonces a aquel que hacía ladrar la batería ingresar ahora como bongocero.  Y entró Mario Solar: ahora el elemento ajeno era “un rockero en un conjunto bolerista”. Algunas veces –en cualquier local- Jerry divisaba entre el público a sus viejos amigos del Club de Los Beatles de Valparaíso.  Y cuando coreaban Cuando Llora Mi Guitarra ( “Guitarraa/ tú que interpretas con tu madera mi llantoo”) él intercalaba trozos de “While my guitar gently weeps” y se hacían gestos cómplices pues ahí estaban pasados los 64 años, felices viejos creyéndose niñitos y cantando tengo el pelo completamente blanco pero voy a sacar juventud de mi quebranto, tan alejados de cuando eran unos niñitos que se creían viejos y gritaban help:  when I was younger so much younger tan today.


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