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Estudio revela el triste nexo entre los antiguos sacrificios humanos y las sociedades modernas

sacrificio humano
Ilustración del rito de sacrificio humano en las sociedades austronesias

En Japón, se decía que sacrificar a una mujer en un río torrentoso aplacaría al espíritu que vivía ahí, permitiendo la construcción de puentes y el paso seguro de los botes. En los mitos griegos, el rey guerrero Agamenón decide matar a su propia hija a cambio de un viento favorable en su camino a Troya. Los egipcios enterraban a algunos de sus faraones con docenas de sirvientes, para asegurar que en el más allá sus necesidades también estuvieran cubiertas. En Europa, cuerpos que se han encontrado enterrados en ciénagas, bien podrían haber sido asesinados como una ofrenda hacia poderes superiores. Las grandes civilizaciones de Mesoamérica mataron gente, botaron comida y enterraron tesoros para pagar las deudas con sus dioses.

Los antiguos podían matar a sus congéneres de miles de maneras diferentes y tener un millón de razones para explicar esa necesidad. En gran parte del mundo pre-moderno, el rito del sacrificio era parte de las acciones que garantizaban el bienestar de la sociedad en su totalidad, y era la única forma de asegurar la abundancia de las cosechas o el éxito en las guerras.

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Sacrificio sociedad azteca

Un nuevo estudio sugiere que los sacerdotes y gobernantes que sentenciaban estas matanzas pudieron haber tenido otro motivo. Un análisis de más de noventa culturas austronesias reveló que la práctica de sacrificios humanos tendía a mantener culturas cada vez menos igualitarias, y que eventualmente daban lugar al desarrollo de sistemas de clases estrictos y endémicos. En otros términos, el rito de matar gente aseguraba el poder a los poderosos y ponía a todos los demás bajo control.

La conclusión puede parecer intuitiva [obvia, para algunos], puesto que las sociedades en las que algunos miembros son habitualmente asesinados, probablemente valoran ciertas vidas por sobre otras. Pero en el estudio, publicado en Nature, los investigadores señalan que sus implicaciones serían amplias. El hallazgo sugiere que hay “un lazo más oscuro entre la religión y la evolución de las sociedades jerárquicas modernas”, explican, y que “los rituales de sacrificio contribuyeron con la transición humana desde los grupos más pequeños e igualitarios de nuestros ancestros, a las sociedades grandes y estratificadas en las que vivimos ahora”.

Comentan los investigadores que muchos sociólogos han teorizado acerca de esta conexión, pero que hasta ahora no había muchos estudios científicos rigurosos sobre cómo se dio este proceso.

Todas las culturas estudiadas descendían de una sociedad navegante oceánica que se originó en Taiwán y que se disgregó por el Pacífico hasta Nueva Zelanda, hacia el sur, y hasta Isla de Pascua, hacia es este. El grupo era ampliamente diverso e incluía a las pequeñas e igualitarias comunidades Isnag, de Filipinas, y las grandes sociedades de las Islas Hawaianas, que se conformaban como estados complejos con familias reales, esclavos, y más de 100 mil personas que normalmente entraban en conflicto.

Apoyándose en informes etnográficos e históricos, los investigadores evaluaron las comunidades de acuerdo a su nivel de estratificación e identificaron cuáles practicaban rituales de sacrificio humano.

Las motivaciones y métodos de sacrificio variaron entre culturas, explican los investigadores en The Conversation. Se podían pedir sacrificios por la muerte de un jefe, por la construcción de una casa, el comienzo de una guerra, el brote de una enfermedad o la violación de un tabú social. Las víctimas podían ser estranguladas, ahogadas, apaleadas, quemadas, enterradas vivas, machacadas con una canoa recién construida o arrojadas por un techo y luego decapitadas.

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Sacrificio sociedad tahitiana

Pero hay un rasgo similar a todas esas formas de sacrificio que trasciende las diferencias y culturas. Las víctimas eran casi siempre de estratos sociales bajos, y mientras más estratificada era la cultura, más predominantes eran los ritos de muerte.

De las 20 sociedades igualitarias que estudiaron -llamadas así porque no permitían la herencia de riquezas o estatus entre generaciones-, sólo un 25% practicaba el sacrificio humano. En contraste, en las sociedades moderadamente estratificadas -donde la riqueza y el estatus podían ser heredados, pero no necesariamente estaban ligados a grandes diferencias en el estándar de vida o las clases sociales- la práctica era de un 37%. Entre las culturas altamente estratificadas, donde las diferencias de clase se heredaban y eran estrictamente reforzadas con una mínima oportunidad para la movilidad social, la costumbre de los sacrificios llegaba a un 65%.

Los árboles filogenéticos han ilustrado la tendencia de cómo los rituales de sacrificio precedían al desarrollo de las jerarquías, y que una vez que las sociedades estaban estratificadas, el sacrificio servía para reforzar esa estructura. Era muy difícil para una cultura volver a la igualdad después de que las diferencias de clases ya se habían establecido.

Este descubrimiento apoya la “hipótesis del control social” del sacrificio humano, señalan los autores del estudio. La idea sugiere que las matanzas rituales eran una forma de aterrorizar y someter a los pueblos, facilitando la consolidación del poder de los líderes políticos y religiosos, quienes ordenaban estos asesinatos. En muchas culturas, el poder religioso no era otro que el poder político.

Joseph Watts, uno de los conductores de la investigación, explicó a Smithsonian Magazine que los rituales ocurrían con frecuencia en ceremonias elaboradas, que explotaban el espectáculo sanguinolento de manera tan efectiva como si fuera una serie de televisión actual, publica The Independent. “No era sólo un asunto de matar con eficiencia, se trataba de algo más amplio. El terror y el espectáculo eran maximizados”, cuenta Watts.

Watts explica, en su sitio web, que la práctica del sacrificio se transformó en un escalón para ayudar a construir y mantener el poder en las sociedades jerárquicas. Una vez que la autoridad era absoluta, para mantener el sistema de clases en su lugar, las élites pudieron usar métodos más convencionales,como la vigilancia o las guerras.

“La gente siempre cree que la religión respalda a la moral“, señala Watts a Science, y explica que su estudio ilustra cómo los rituales religiosos, como los sacrificios, están ideados para favorecer no a los dioses, sino a alguien más. “Muestra cómo la religión es usada por las élites sociales para su propio beneficio”, afirma.

El académico de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) dice que esta noción es triste, pero que [de acuerdo a la ética patriarcal, de violencia y control con que se establecieron las sociedades] la división de las personas en grupos desiguales pudo haber sido el único medio para darle forma a la civilización moderna. Watts dice que las jerarquías ayudaron al surgimiento de grandes ciudades y vastos imperios, capaces de concretar enormes proyectos y crear obras de arte invaluables. Ciertamente, millones fueron oprimidos y asesinados en el proceso, en culturas donde las clases fueron la base para llegar a lo que las sociedades somos ahora.

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Sacrificio de infantes en Cártago, fuera de las sociedades austronesias

El académico de la Universidad de Columbia, Joseph Henrich, comentó a New Scientist que “[el estudio] es un proyecto claramente muy importante” y que “el sacrificio parece haber sido parte de muchas sociedades alrededor del mundo”, pero expresa cierto escepticismo acerca de las conclusiones de Watts y sus colegas, opinando que es apresurado hacer una generalización exagerada. Lo que es cierto para los rituales de sacrifico en las culturas austronesias, explica, puede no aplicarse necesariamente a los aztecas o los antiguos egipcios, y cualquier rol que haya jugado en esas sociedades, sigue siendo sólo un aspecto de la cultura -el origen de la formación de los rígidos y complejos sistemas de clases, que han dominado por tanto tiempo a gran parte del mundo moderno, no se puede atribuir solamente a los antiguos rituales de sacrificio.

Sin embargo, investigadores de la religión han alabado el riguroso análisis de datos que insertaron los investigadores en su campo de estudio -el análisis filogenético, una herramienta que originalmente se usa para mapear los árboles familiares evolutivos, pero que también puede ser aplicada por sociólogos para estudiar el desarrollo de las lenguas, y que en este caso se aplicó en visualizar las relaciones entre las 93 culturas estudiadas.

“Estos métodos tienen poder y ciertamente son un avance en la forma en que podemos evaluar ideas. ¿Son la última pieza del puzzle? No. Pero al menos la conversación puede comenzar aquí y de una manera sistemática que antes no se había dado”, concluye Richard Sosis, ecologista en comportamiento humano de la Universidad de Connecticut, EEUU.

 

The Independent

Traducción, CCV, El Ciudadano

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