Interrogantes ante una Asamblea Constituyente en Chile

La Asamblea Constituyente (AC) es hoy un proyecto que mueve a gran parte de la izquierda chilena

La Asamblea Constituyente (AC) es hoy un proyecto que mueve a gran parte de la izquierda chilena. Se dice “¡ahora es cuando!”, pues pareciera ser que las movilizaciones sindicales, estudiantiles, regionales, medioambientales, etcétera, de los últimos años marcan el inicio de una nueva etapa en la disputa, con una ciudadanía más empoderada cuyo poder puede ser ejercido en el corto plazo a través de una AC. Sin embargo, las dificultades no resultan menores, estando presente el peligro de fortalecer la hegemonía de la clase dominante a través de la legitimación de su poder, esta vez, más benevolente.

¿POR QUÉ “AHORA ES CUANDO”?

El grito del “ahora es cuando” se sitúa en la lectura de que el modelo chileno se encuentra en crisis y de que los sectores populares se hallan más empoderados siendo necesaria su unidad, la que es posible a través del proyecto aglutinador de la AC que permitiría satisfacer todas las demandas. Esta lectura, algo simplificada, falece en, al menos, tres elementos al momento de analizar la situación actual.

En primer lugar, la idea de una crisis de legitimidad que es, a su vez, una crisis del modelo. Tanto Gabriel Salazar como Alberto Mayol, entre otros, han insistido en el carácter crucial de la actual crisis de credibilidad que atraviesa a los actores políticos tradicionales, para definir lo que se cree es una crisis del modelo en general o, para Mayol, “el derrumbe del modelo”. Pero si observamos con más detalle, esta crisis no es nueva. Desde hace varios años se viene alertando de esta baja credibilidad en las instituciones políticas, sin que antes se decretara ninguna crisis del modelo.

(PONER CUADRO DE CREDIBILIDAD INSTITUCIONES)

Si analizamos la tendencia que se encuentra registrada en las encuestas de opinión pública del CEP, vemos que si bien existe una tendencia constante a la baja desde el año 2003, durante el año 1998 se registra una baja legitimidad que se acerca bastante a los porcentajes actuales. Así, la confianza en las instituciones no es necesariamente un proceso lineal, sino que vive fluctuaciones en el tiempo, observándose alzas y bajas que no necesariamente desembocan en un quiebre del modelo. De hecho, el informe de desarrollo humano de Chile de 1998, Paradojas de la Modernización, describía a Chile como un país que crecía pero cuya población estaba profundamente insatisfecha y molesta.

¿Qué significa entonces esta baja credibilidad en la actualidad? En términos concretos, significa que hoy día las personas creen menos en las instituciones y en los sectores políticos tradicionales, pero como vemos en otros datos, no han dejado de creer en el crecimiento económico chileno, ni en los valores como la meritocracia, ni han dejado de lado prácticas como el individualismo. Si bien estos elementos son de más lenta transformación y suelen ser producto, aunque no totalmente, de las condiciones materiales, sí nos habla de lo poco extendido que se haya el discurso anticapitalista en la sociedad chilena, normalmente difundido y reflexionado a través de las organizaciones de base.

En definitiva, por más que a la izquierda nos moleste, los cimientos culturales del modelo se encuentran firmemente asentados y hace falta más que un par de años de movilización y lucha para derrocarlos. De este modo, no es la totalidad del modelo de desarrollo el que se encuentra en crisis, sino más bien es un problema que estaría afectando, específicamente, al sistema político. Con ello, la adaptación del modelo a las nuevas condiciones no requiere más que un acomodo que resuelva la problemática en el sistema político.

En segundo lugar, la lucha por una AC no implica la existencia de un programa que unifique a la izquierda anticapitalista chilena, aún cuando existan ciertos intentos por su construcción. Así, existe una búsqueda de unidad a través del medio, la AC, y no de los objetivos, a través de ciertos horizontes tácticos pero no estratégicos. Esto lleva a un análisis superficial que se sintetiza en el ya lugar común de que todas las demandas son aglutinables al tener las mismas causas, aún cuando no exista un análisis profundo y relativamente común de cuáles son éstas y cómo interactúan concretamente en las distintas demandas. Dicho en otras palabras, se suele asociar toda demanda a problemas del mercado como asignador de recursos, sin embargo no se profundiza en los mecanismos específicos que hacen interactuar al mercado con otras instituciones sociales. Esta falta en el análisis de las condiciones que se enfrentan, dificulta la distinción entre lo que son triunfos de los sectores populares y acomodos que satisfacen los intereses de la clase dominante, como ocurrió con la centralidad del endeudamiento como crítica al sistema educacional y la propuesta de reforma del CAE del gobierno.

En tercer y último lugar, ¿quiénes son los que proponen la AC? ¿Cuáles son las lecturas sobre la AC que hoy encontramos presentes?  A grandes rasgos, podríamos identificar dos visiones sobre la AC. Por un lado, ésta se ve como un medio para resolver la crisis de credibilidad, es decir, como un medio para pequeñas reformas políticas. La AC se constituye así como una forma de ampliar las bases electorales de determinados partidos políticos y asegurar que la crisis de credibilidad no siga empeorando en el tiempo. Por otro lado, existe la visión de que la AC permite generar cambios estructurales a través de la lucha en el sistema político formal, generando un conjunto de nuevos actores políticos en alianza. Aquí el argumento clave radica en que es posible el protagonismo de los “sectores populares”, la “clase trabajadora”, el “pueblo” o la “ciudadanía”, y que esto permite pensar en cambios estructurales en torno a una AC.

PROTAGONISMO POPULAR

Pero, ¿es posible este protagonismo popular en el contexto actual? Podríamos identificar tres elementos que imposibilitan el desarrollo de una AC en el corto y mediano plazo con un protagonismo de la clase trabajadora.

a) La clase trabajadora se encuentra poco organizada, teniendo las pocas organizaciones existentes muy poco tamaño y bajos niveles de cohesión. ¿Cómo elegir, así, dirigentes que emerjan de las bases del pueblo y que tengan como objetivo la transformación del modelo?

b) Los espacios de reflexión están hegemonizados por los medios de comunicación masivos y por los sujetos políticos tradicionales. Si bien existen espacios de ruptura, que son los que dan a pensar en una fuerte crisis de legitimidad, cuando miramos más en profundidad estas rupturas parecen acotadas a una crisis de credibilidad y en las bases electorales de los partidos políticos. ¿Tenemos la capacidad de construir un discurso contra esa hegemonía en el proceso de una AC en el corto plazo?

c) La izquierda no posee un proyecto que la aglutine, no tenemos un programa estratégico que nos guíe con seguridad a la transformación del modelo. Aquí confluyen la visión superficial y voluntarista que impide comprender las razones de por qué la izquierda anti capitalista no se une aún cuando “todas las demandas tienen las mismas causas”; y el pretender aglutinar a las personas en torno a un medio cuyos resultados son muy probablemente adversos para el avance del movimiento popular.

En definitiva, la AC parece no cumplir con los objetivos que se proponen los sectores anticapitalistas y presenta altos riesgos asociados a las fortalezas del enemigo y debilidades de nosotros. En virtud de la lectura del estado actual del movimiento popular, la tarea que nos convoca en la actualidad es la construcción de la organicidad y de los programas estratégicos que guiarán las luchas futuras, tarea que no es posible realizar dentro de una coyuntura que, como vemos, estaría hegemonizada por la clase dirigente actual. Así, la pregunta no remite tan solo a las posibilidades de una AC con protagonismo popular, a si estamos listos o no, que es lo abordado en este artículo, sino más bien a si esa herramienta nos permite avanzar en la lucha que damos diversas organizaciones cotidianamente por la superación del sistema capitalista. Es decir, si con ello construimos poder como pueblo que nos permita terminar con las relaciones de dominación y explotación que las clases dominantes se esmeran en mantener.

Por Sebastián Link

Recibido y publicado por (no es el autor):

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