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Soy bananera… ¿y qué?

Chávez cambió para siempre el ADN social y político de Venezuela. Los miles de venezolanos que hoy están en las calles y que sufrían pobreza y discriminación en uno de los países más ricos del mundo, nunca más volverán a ser invisibles para quienes gobiernen mi patria. Chávez les devolvió la dignidad y por eso, su legado es indeleble.

Es un proceso tan profundo y tan particular de mi patria, que durante años me he negado a entrar en discusiones estériles de quienes descalificaron a Chávez en Chile por su histrionismo, por su pasión, por su ser tan venezolamente criollo y por lo que llamaron “populismo” sin entender el proceso político interno.

Apoderarse de la verdad universal y desde ahí aplicar un estándar a todos, solo me habla de la falta de consciencia que podemos tener los humanos. Y acercándome a los 40 años, prefiero concentrar energías en quienes están dispuestos a abrir sus niveles de consciencia a la diferencia de los otros, tan distintos a mí y entonces ahí contarles un poco de los códigos venezolanos de los que Chávez hizo gala.

Venezuela está plagado de miles de Chavez, en los barrios, en la calle, de populares y criollos venezolanos que son eso, sin vergüenza. Que se persignan y bailan salsa, que te tratan de pana y te ayudan sin conocerte, y que sobornan no solo con dinero, sino con una simple sonrisa. Pero supongo que la diplomacia que tanto mal nos ha hecho a los humanos, anula la idiosincrasia particular de cada pueblo en la figura de los mandatarios. Hay que parecer presidente, dicen…

No es populismo, es otra cultura que a veces a algunos chilenos les molesta ver en la diferencia, y la califican como “ordinaria”, “bananera”, “tropical”. Solo guardo silencio y pienso en la frase que alguna vez me dijo Silvio en la Bodeguita del Medio: “no sabes, y no saber perdona”.

Mujica es un uruguayo real, no una maqueta de la política internacional. Evo es indígena, como el 90% de sus representados y Chávez era eso, un venezolano de los muchos que vibran, lloran, cantan…

Durante muchos años, para no sentir discriminación en este país, mutilé buena parte de la venezolana que tenía adentro… matando pasiones, aprendiendo a aparentar lo que no soy y buscando una identidad que en los ’80 no fuera puta por bailar salsa o en los ’90 no fuera ridícula por llorar en una simple conversación.

Vivir el luto de Venezuela en la distancia física y emocional que me da el Chile que tengo más cerca hoy, lleno de juicios, especulaciones de confabulaciones y análisis técnicos que desvalorizan de forma masacrante las emociones asociadas a un proceso que la mayoría de los chilenos no puede ni quiere entender, no es una experiencia fácil hoy para mí. Pero quiero verlo como una oportunidad para validarme hoy desde la dignidad de la venezolana que en realidad soy: bananera, tropical, llorona, gritona, histriónica, “cuática”, apasionada y buena para bailar.

Pa’lante Comandante, lo lloro a gritos hoy, como la venezolana que soy.

Por Paola Dragnic

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