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¡Yo no contraté larga distancia internacional!

 

Bienvenido a…

El área de servicio de atención a la clientela, es siempre para esta última un área bastarda de despersonalización, de insatisfacción del servicio, y para los ejecutivos de igual manera: una especie de limbo. El encuentro de ambos es una relación violenta de imposición y resistencia, al mismo tiempo que de pauperización social para el trabajador. No basta la consideración del “servicio” para entender este elemento, se trata de comprender que la ineficiencia de las grandes empresas trasnacionales se repara con la contención del malestar [para la acumulación de capital] con el placebo rápido del ingreso de una solicitud, un reclamo y su insignificante número de gestión. La ubicuidad del número-cliente y su complejo funcionamiento interno dentro de la corporación, deja muchas veces a la clientela presente ante un espejismo de eficiencia malograda e ignorancia, mientras que para el trabajador la presencia de una falta de lucidez lógica, inteligencia y la plenitud de la brutalidad y la ordinariez arbitraria por parte del clientelaje de los servicios. Olvidando por ambas partes que el espaciamiento telefónico en el cual se encuentran, no es sino que el artificio de un enfrentamiento propuesto por la propia inoperancia del servicio que entrega la corporación con el fin último de una sostenida acumulación de capital. Ambos no son sino que puestos en escena y en disputa, generando para cada uno la “pauperización social” del trabajador, que no entiende al cliente como persona sino que como un garabato, al cual se atiende por medio de scripts y frases arquetípicas diseñadas para la evasión y el manifiesto desentendimiento que promueve el propio servicio.

Atiende… ¿en qué lo puedo ayudar?

Es tal la irresponsabilidad colectiva del servicio que entrega la corporación, que la evocación del nombre del ejecutivo, no es más que la des-significación absoluta de cualquier salvaguardia que pudiera pensar la clientela. Esta última no tiene ninguna capacidad durante la negociación, ni siquiera el manifiesto rechazo a las ofertas y promociones. Ingenuamente amenaza con su desafiliación o su cambio de compañía, pero ¿qué le importa a una gran corporación trasnacional la tenencia de “un” cliente?, pues nada. La eliminación de los servicios es inoportuna ya que la filiación con la compañía trasciende la relación contractual o convencional, el retiro de los servicios significa para la empresa, solamente la movilidad de una categoría estadística a otra: la eliminación de un plan es la posibilidad material de recapturar posteriormente al cliente.

Para qué hablar de la legitimidad, e incluso en el filo, de lo legal. La clientela debe respetar la arbitrariedad empresarial en estos servicios, porque la norma legal se respeta y facilita su existencia; si en el caso contrario se acusa la violencia ejercida por la empresa y se recurre al respaldo institucional de la ley, es posible ganar un poco de aquella humanización pérdida, pero nunca el respeto integral como persona.

El servicio de larga distancia, es la panacea y el fenómeno más interesante de reconocer, un servicio que se entrega al filo de lo legal-moral y que sólo existe en la medida que es soportado por la clientela menos crítica de la desfachatez empresarial. Aquellos que por la inoperancia del propio servicio no saben cómo y qué reclamar, muchos no saben ni hablar mientras que otros carecen de esa habilidad, sea porque son muchachos pillados y mareados por la insistencia del área de ventas, o tal vez porque son demasiado ancianos para cortar de manera maleducada; la única forma que pareciera posible de evadir la maquinaria de “ventas”. Es interesante detenerse en esta área, ya que es generalizada en muchos servicios de larga distancia, ya no se trata de una negociación de oferta y demanda, sino que la imposición de una oferta sin demanda, este núcleo central es el que comienza a movilizar las gestiones de contención, retención y fidelización de la clientela, sea moralmente aceptable o no, la captura de un cliente emerge del abuso sobre la desinformación de la ciudadanía, y que aunque suene paradójico en nuestra sociedad debiera ser más madura, ya que muchos niños y “ciudadanos informados” reconocen con mayor facilidad los derechos de consumidor que de ciudadanos, valga la redundancia. Es por ello que se mueve un capital gigantesco que contrata servicios de otras “empresas”, en este caso de call’s center, que incentivadas por las tasas de ganancia, contratan sin criterio a jóvenes estudiantes hasta ex dueñas de casa con un mínimo de vocabulario y con los nervios altamente alongados para soportar la histeria de la contención de los flujos de llamados a cada minuto.

¿Qué nos depara el futuro de este y otros servicios?, lo propio de un país periférico: servicios y estándares de muy baja calidad. Abusos deshonestos e innombrables sobre la clientela, pauperización del trabajador para con sus congéneres (ya que el trabajador es siempre a la vez un cliente) desesperanza y hostigamiento, depresión y estrés por la irresponsabilidad normativa de la empresa, y en el fondo lo más peligroso: la conversión virtual de lo material, la omnipresencia de la nada que confunde y desinforma al cliente en unos minutos de conversación.

Hay que revisar las boletas telefónicas, guardar las colillas de pago, tener un registro de conversaciones y finalmente aprender a reclamar cuando corresponda. No dejar que el tiempo enmudezca el abuso legal cometido por las empresas de ésta calaña, mirad que el tiempo es aquello con lo cual se juega de mejor manera, ante la velocidad de sociedades postindustriales, el tener que realizar el más mínimo movimiento ajeno a la dinámica de pago es la apuesta del plus-abuso, o sea, la mantención de éstas prácticas semi-legales se basa en la idea de una clientela con escasas oportunidades de tiempo para reclamar, revisar sus pagos y transferencias bancarias automáticas, y finalmente, de la irresponsabilidad en el consumo de los servicios que viene siendo la segunda pata de ésta extraña relación.

La presión del servicio finaliza la conversación, no la resolución del problema del cliente, el reclamo es siempre efímero y carente de relevancia, el servicio es el que dispone de sus facultades para ingresar o rechazar un reclamo, son las empresas, es el Estado, que requieren de manera conjunta proteger la decadencia de estos servicios que son hilarantes ante la tecnología de Skype o internet en general, están cuidando la movilización de aquellos capitales antes de perderlos en su totalidad. La violencia ejercida es propia del temor empresarial ante la huida de ese capital…ehm, cof, cof (tos)…

Gracias por llamar a…

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