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2011, del largo letargo a la acción colectiva

La historia, según Ortega y Gasset, tiende a cubrir con un velo misterioso los comienzos y los finales de las civilizaciones. Guardando las proporciones, un velo similar envuelve los ciclos de acción colectiva. No queda claro, cuándo comienzan y terminan, qué es aquello novedoso y aquello que transfiere una carga de pasado.

Al parecer, lo de viejos movimientos en nuevos contextos intenta otorgar una salida elegante y consensuada a esta cuestión. Más allá de las críticas que puede reportar este adagio de la movimientología académica, recoge la potencia dialéctica del accionar colectivo, transformación y continuidad se dan a la vez, sin que ninguno de ellos, por sí sólo, abarque la totalidad del fenómeno.

Tal es el caso del reciente ciclo de movilización en Chile. Si bien es cierto que la desigual distribución de ingresos es un problema que se arrastra desde que existen mediciones y que llevan hoy día a que, según Andrés Zahler, el 60% de la población chilena obtenga ingresos promedio similares a Angola y que ni las demandas ecologistas, de minorías sexuales, estudiantiles, ni menos las exigencias del pueblo mapuche sean algo nuevo; se pueden observar dos momentos recientes de inflexión en la masividad de la protesta. El primero, de tipo asincrónico, lo constituye la Revolución Pingüina del año 2006, donde miles de jóvenes ocupan calles y colegios, con una incipiente diversificación de los repertorios de protestas, junto al apoyo masivo de amplios sectores de la población. Cuestión que se vuelve fundamental para que los actores colectivos logren avanzar en aquello que anhelan. A propósito de esto, gustaría de compartirles un suceso ocurrido en el transcurso de aquellas movilizaciones.

Nos encontrábamos varios amigos, que en aquel tiempo militábamos en el Movimiento Humanista, en una casa en Santiago Centro donde se ubicaba la ONG en que trabajábamos. Mientras uno de ellos colgaba un lienzo hacia la calle en apoyo a los estudiantes, vimos algunos centenares de “pingüinos” correr hacia nuestras oficinas perseguidos por Carabineros, incluyendo un carro lanza agua; de inmediato, alguien bajó hasta el primer piso para abrir la puerta y protegerlos de la persecución policial. En ese momento, los vecinos del sector comenzaron a imitarnos, algunos escondían unos pocos estudiantes; otros, algunas decenas, el mayor número de ellos fue acogido por trabajadores de la construcción que edificaban una torre, de esas que inundan el centro de la ciudad. Ahí quedó Carabineros, solos en la calle, estorbando con sus vehículos antidisturbios el tránsito; en fin, dislocados, al parecer no lograban comprender por qué los vecinos de un barrio acogían en sus casas y oficinas a estos estudiantes.

Creo que este hecho logra transmitir en parte el clima de complicidad de amplios sectores de la ciudadanía con el movimiento estudiantil, y si bien buena parte de las reivindicaciones de la época se diluyeron entre la burocracia concertacionista y la farandulización periodística, dejaron latentes demandas que han vuelto a retomarse con fuerza a propósito de las actuales movilizaciones; legaron también, el germen de que la acción colectiva podría generar frutos o al menos romper el largo inmovilismo que se arrastraba desde el gobierno de Aylwin. La primera generación que se movilizaba masivamente en los años post dictatoriales, daba una lección al conjunto de la sociedad civil e insinuaba su potencial de cambio.

El segundo punto de inflexión, lo marcan las movilizaciones en torno a la termoeléctrica de Barrancones en Punta de Choros a mediados del año 2010. En este caso los repertorios de protestas fueron más amplios, incluyeron: documentales, carnavales, marchas y movilizaciones que abarcaron transversalmente clases, géneros, edades y zonas geográficas. Rápidamente el Gobierno reaccionó paralizando el proyecto, para lo cual tuvo que sobrepasar la institucionalidad legal. La movilización social logró detener el proyecto de Barrancones, amplió el cerco de lo posible e instaló, por primera vez -desde la post dictadura- al movimiento social como un actor relevante. Lo que la Revolución Pingüina dejó latente, acá se sedimentó. La sociedad civil cayó en cuenta que la vía de la movilización social podía torcerle la mano al Gobierno. Desde aquel momento se han sucedido una tras otra las movilizaciones, abarcando progresivamente a un mayor número de actores, demandas y repertorios.

Este es uno de los hechos que con más fuerza explica, el por qué ahora, y no antes, cientos de miles de personas se movilizan en Chile. El horizonte de posibilidad se amplió gracias a la movilización social y hoy día, los movimientos sociales quieren y estiman, que pueden avanzar en la resolución de sus demandas.

Otra vía de análisis y que complementa la explicación anterior, es lo que ha sido denominado como la fragmentación de la elite, y que tiene su origen, en la salida de la Concertación y el ingreso de la derecha al gobierno. Bien sabemos que tanto los temas estudiantiles como ecológicos contra los que se reclama hoy día, fueron implementados y profundizados por la Concertación. Al mismo tiempo esta coalición logró ocupar el espacio simbólico del progresismo. El gobierno de Ricardo Lagos reabre La Moneda a los transeúntes, mientras es celebrado por los gremios empresariales por sus políticas neoliberales. Dicha coalición autoriza cientos de proyectos altamente contaminantes y, paralelamente, crea un Ministerio del Medio Ambiente con atribuciones paupérrimas. Aumentan el aporte estatal a la educación y, en un mismo movimiento, entregan su administración y gestión a la banca privada. Pero por sobre todo lo anterior, la Concertación desmovilizó; lo aprendió a hacer durante el gobierno de Aylwin y continuó haciéndolo en los años posteriores. Se configuró en un dique a las transformaciones sociales que no comulgaran con el neoliberalismo. Prohibieron manifestaciones en las principales calles de la ciudad, crearon una suerte de manifestódromos donde las protestas fueran invisibilizadas; invirtieron cada vez mayores recursos en represión policial; cooptaron dirigentes estudiantiles, sindicales, vecinales con políticas clientelistas; en fin, los ejemplos suman y siguen. La ilusión provocada por este gatopardismo -en palabras de Tomás Moulián– se desvaneció con su salida del gobierno, el dique se fragmentó, permitiendo que por sus intersticios fluyeran otros imaginarios, otra comprensión de los acontecimientos y otros sujetos sociales.

En este contexto -y gracias a él- asume el gobierno de derecha de Sebastián Piñera, que en lo fundamental expande el mismo modelo de desarrollo pero sin las habilidades sociales de la Concertación. Lo que ha redundado en dos tácticas erradas para enfrentar el conflicto.

La primera, el intento majadero de trasladar la responsabilidad de los sucesos actuales a los gobiernos concertacionistas. Es cierto que pocos pueden dudar, tal como ya lo mencionamos, de la responsabilidad de la Concertación en los conflictos actuales. Pero si ésta se equivocó ¿por qué entonces se continúa en la misma senda?, ¿Es tan nefasto por ejemplo, el proyecto de HidroAysén, que tienen que culpar a otros de haberlo permitido? El gobierno de Piñera queda en una situación extraña, por decir lo menos, cuando responsabiliza al gobierno anterior sobre cuestiones que él mismo profundiza. Por otra parte, y si nos ubicamos en una lógica bastante elemental, ¿no está, acaso, en la médula del cambio de la coalición gobernante la expectativa de que no hagan más de lo mismo?

La segunda táctica, ha sido la criminalización de la protesta, parafraseando a un amigo, la vieja táctica de los nuevos tiempos. Se criminaliza, mientras se arremete con violencia. Táctica que ha funcionado en más de una ocasión y en la que se entrenaron los dirigentes de derecha durante la dictadura de Pinochet. Sin embargo, ha ido fracasando por varios motivos. Los cientos de miles de personas que se han movilizado a lo largo del país; el discurso no violento de los activistas; decenas de videos que circulan por Internet y que muestran no sólo el espíritu de carnaval que permea las manifestaciones actuales, sino que también, la excesiva violencia policial; la ampliación de los repertorios de protesta, que incluyen performance de todo tipo, documentales, videos de apoyo de reconocidos actores, etc. y que en su conjunto ha sido denominado irónicamente como “la nueva forma de protestar”, en directa alusión a “la nueva forma de gobernar” que prometió Piñera. Influyen también en contener los efectos de la criminalización de la protesta, la existencia de garantías mínimas de un estado de derecho y un pequeño grupo de parlamentarios que aparecieron como uno de los fragmentos que la descomposición de la Concertación arrojó hacia la izquierda y que han denunciado los atropellos en que ha incurrido el Gobierno.

Así las cosas, podemos inferir que el gobierno de Piñera no logra comprender lo que sucede. En su lógica, que las proyecciones de crecimiento ronden el 6% para este año, que las cifras de cesantía aparentemente bajen y que cuente con una serie de indicadores que avalen la gestión del Gobierno, debería redundar en apoyo ciudadano, sin embargo, las cifras parecen indicar otra cosa. En la serie de encuestas Adimark sobre percepción de gestión del Gobierno, que dirige uno de sus asesores, viene descendiendo el porcentaje de aprobación y aumentando la desaprobación desde el rescate de los 33 mineros, alcanzando en la encuesta de junio de este año, un 31% de aprobación y 60% de rechazo a la conducción presidencial, marcando con esto los niveles más adversos para un presidente desde la dictadura.

Algo no les calza y parecen no comprender que su aspiración de un Chile con altos niveles de crecimiento, a costa de la depredación social y ambiental, no le hace sentido a gran parte de la población. No es que el Gobierno carezca de relato, éste, más bien, no es compartido por el Chile actual. La pérdida de referencias ocasionada por la caída del mito del desarrollo contrasta con la fuerza identitaria que genera la rearticulación del tejido social.

El otro Chile que no logran comprender, está en las calles, y ahí es otra la sensación, en las calles se comienza a percibir una oleada democrática, una valoración del proyecto colectivo, del bien común quizás; de que la respuesta la damos entre todos o no la da nadie; que al final, no hay beneficiados si sólo se benefician unos pocos.

Por Leo Cancino

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