Frente a la pantalla y antes de hacer clic en ‘reservar’, cada uno hace su propia anatomía de la elección. El joven mochilero desarmará su decisión priorizando el presupuesto y el espacio para cocinar; el ejecutivo o la familia cansada pondrán el peso en la seguridad de un lobby, el silencio de la habitación y la certeza de que alguien más resolverá sus problemas. No hay una opción mejor que la otra, sino radiografías de lo que necesitamos en cada viaje.
Hace unas semanas me quedé en un departamento en Las Condes que arrendé por Airbnb. La promesa era la de siempre: «vive como un santiaguino más». El precio, imbatible si lo comparaba con el hotel que estaba a la vuelta. Al llegar, caminé entre vecinos reales que cargaban bolsas del supermercado, lidié con la clave de la chapa digital y un saludo cordial en la conserjería. La experiencia fue barata, independiente y espaciosa. Pero a las tres de la mañana se escuchó un estruendo que parecía un terremoto… al parecer a la reja del estacionamiento le faltaba aceite en el riel. Entendí el costo oculto de mi ahorro; en la economía colaborativa, la tranquilidad es una ruleta rusa.
La experiencia fue barata, independiente y espaciosa. Pero a las tres de la mañana se escuchó un estruendo que parecía un terremoto
Santiago ha cambiado su fisonomía por esta fiebre digital. Sectores como Lastarria, el corazón de Las Condes o los alrededores del Costanera Center hoy albergan una masa invisible de viajeros que van y vienen. Para el bolsillo del turista, Airbnb ha sido un bálsamo en una ciudad que a veces se siente innecesariamente cara. Te permite comprar en el supermercado, cocinar y sentir, por tres días, que eres dueño de un pedazo de la capital.
Sin embargo, este avance silencioso le ha dado un golpe de realidad a la hotelería tradicional chilena. Para los hoteleros no es una competencia justa; mientras un hotel cualquiera debe lidiar con patentes comerciales, regulaciones sanitarias estrictas y contratos laborales, las plataformas flotan en una nebulosa legal que recién intenta regularse. La venta hotelera ha tenido que transformarse, ya no compiten solo por precio, sino por supervivencia emocional.
Ahí es donde el hotel tradicional gana una batalla que la tecnología no ha podido replicar.
Hay días en que uno viaja para explorar, pero hay otros en los que uno viaja para ser cuidado. El hotel ofrece un pacto de paz mental. Cruzar la puerta giratoria de un hotel santiaguino es entrar a un oasis de predictibilidad: sabes que la cama estará impecable, que hay un guardia en la entrada que sabe quién entra y quién sale, y que si la tarjeta de la habitación falla, habrá un ser humano al otro lado del mesón —a las dos de la mañana— para resolverlo con una sonrisa. Pagas más, sí, pero compras el derecho a desconectarte del mundo. En un Airbnb, si el wifi se cae o el vecino es ruidoso, estás solo con tu pantalla y un chat de soporte técnico.
Al final, Santiago tiene espacio para ambos públicos
Al final, Santiago tiene espacio para ambos públicos porque los seres humanos somos contradictorios. A veces queremos la libertad barata de un piso 14, asumiendo el riesgo del entorno. Pero otras veces, cuando el cuerpo pide tregua y la mente exige seguridad, estamos más que dispuestos a pagar esa tarifa extra. No pagamos por una habitación; pagamos por el silencio, el desayuno buffet sin lavar platos y la certeza de que, al menos por esa noche, nada puede salir mal.
Sin embargo, el escenario ideal no debería ser una guerra a muerte donde uno elimine al otro, sino una evolución hacia la combinación de ambos mundos. El mercado ganaría enormemente si lograran cruzarse: que el hotel aprenda de la libertad, el espacio y el sentido de barrio que ofrece Airbnb; y que las plataformas adopten la rigurosidad, los estándares de seguridad y el respaldo humano que hacen tan fuerte al hotel.
Por Ellen Sotomayor
