América del Sur ante la geopolítica del COVID-19

Columna de opinión.
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Por Alejandro Navarro Brain, senador

La pandemia de COVID-19 y sus cientos de miles de muertos, ha purificado el lenguaje de la diplomacia en el mundo, le ha restado barroquismo y ha sacado de los entretelones, para ponerlo a la luz, al código primero de la política internacional: las relaciones de fuerza entre los Estados.

Berlín acusó a Washington D.C. del embargo ilegal de 200 mil mascarillas en Tailandia que iban rumbo a la potencia europea, cuestión tildada de inmediato como un acto de piratería por el ministro del Interior alemán. España acusó la retención de respiradores mecánicos por parte del gobierno de Turquía en el aeropuerto de Ankara; a lo que se suma el conflicto multilateral entre la misma España, Italia y Francia, por la incautación de casi dos millones de mascarillas en Lyon, lo que solo se solucionó por las presiones del gobierno sueco, para que los cargamentos lleguen a destino.

América Latina y, en particular, América del Sur, no ha quedado exenta del conflicto, pero mientras las potencias occidentales se muestran los dientes, nuestros países se arrastran patéticos pagando, una vez más, el precio por el fracaso de las políticas de integración subcontinental.

Estados Unidos embargó 60 respiradores mecánicos que iban de Taiwán a Paraguay, y lo único que nuestro país hermano puedo hacer fue una tímida nota de protesta; Chile, para poder traer respiradores mecánicos ha tenido que montar una operación secreta con su Fuerza Aérea, más que por sigilo, por temor al embargo; y Perú realiza cálculos complejos de rutas y escalas para poder importar insumos médicos, sin que sean requisados por otro país. 

En cuestión de días, todos nos convertimos en Venezuela, o en Cuba, sufrimos la incautación de productos de primera necesidad y lamentamos haber seguido las rutas del egoísmo liberal, que ha mantenido dividida por más de 200 años a una patria, cuyo destino siempre ha sido ser una sola.

La última pandemia que enfrentó nuestro continente fue la del H1N1 en 2009. En aquel entonces, se reunieron en Guayaquil, Ecuador, todos los ministros de Salud de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). En la instancia, se acordaron mecanismos de adquisición de vacunas, estrategias de atención a la población de riesgo y planes de comunicación social, para que el continente esté bien informado. La conclusión política, en palabras del ministro de Salud del Ecuador de ese entonces, tuvo relación con «las ventajas de negociar en bloque para asegurar mejores precios y calidad».

En medio de la crisis, América del Sur aconteció como una sola en el escenario global y de la mano de la UNASUR se establecieron condiciones ventajosas de negociación para nuestros pueblos. Lejano panorama, si lo vemos desde hoy.

Esa fue solo una de las muestras de fuerza que el incipiente organismo de integración regional dio como señal de soberanía y patriotismo. Demás está decir que la templanza fue castigada. Estados Unidos aprovechó la ola de gobiernos conservadores para debilitar a la UNASUR y castigar los esfuerzos progresistas, hasta que en 2018 Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú congelaron su participación y optaron por un organismo paralelo: el Foro para el Progreso de América del Sur (ProSur).

Covid

El discurso enarbolado para debilitar la UNASUR fue su carácter “ideológico”, cuestión del todo curiosa, ya que es un organismo que funciona por consenso, cuyo primer Presidente fue el empresario neoliberal Sebastián Piñera. En realidad, lo que no le perdonaron fue que afirmara el derecho a la autodeterminación y que promoviera la unidad política del subcontinente, como la única manera de incidir en la escena global.

En contraste, ante la crisis del COVID-19, el ProSur ha realizado dos vídeo conferencias, en las que ha excluido a Venezuela, lo que demuestra que el único organismo “ideológico” es el mismo ProSur, pero que, en todo caso, no la ha excluido de mucho, pues han sido reuniones de nula capacidad resolutiva. Y así nos tienen: negociando por separado, con temor a los embargos, sin políticas continentales para el manejo de la crisis y en al alba de una hecatombe económica, que volverá a millones de personas a la pobreza.

Algún día la Historia nos juzgará. De seguro Estados Unidos será condenado como el canalla mayor, pero más triste que las canalladas, son las cobardías de las élites conservadoras de América del Sur, que sin ningún sentido patrio, boicotearon el proyecto de integración más exitoso de la historia de nuestra región. 

Una sola potencia sudamericana es mucho más que doce republiquetas negociando por separado, condenándose mutuamente a la irrelevancia. O vencemos juntos, o caemos de a uno, ese es el dilema de América del Sur ante el COVID-19. 

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