Cada vez que un nuevo gobierno asume el poder, una escena se repite. Las nuevas autoridades atribuyen los problemas más graves del país a la administración anterior. A su vez, los defensores del gobierno saliente argumentan que muchos de esos problemas se originaron antes y responden a situaciones mundiales donde se tiene poca injerencia.
Resolver esta controversia, como cualquier quehacer que pretenda determinar las causas con sus efectos, requiere empaparse de la Causalidad. En efecto, entender los procesos por los cuales un evento genera otro no solo permite reescribir refranes políticos como “La victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana»; sino que además permite comprender el funcionamiento del mundo y así entre otras decisiones, aplaudir o pifiar a quien realmente se lo merezca.
Tal como lo afirman los científicos S. Munford y R.L. Anjum: “La Causalidad es la conexión fundamental del universo. Sin ella, no existiría responsabilidad moral pues ninguno de nuestros pensamientos estaría conectado con nuestras acciones y ninguna de nuestras acciones con sus consecuencias”. De hecho, el filósofo D. Hume en el siglo XVIII manifestó que la Causalidad es el gran cemento del universo que mantiene en él todo conectado.
Así la Causalidad no solo tiene una utilidad explicativa que sirve para atribuir el éxito o el fracaso al responsable de quien haya implementado una política pública; sino para pronosticar los efectos que tendrá alguna en discusión. Si una zanja excavada en la desértica frontera reducirá la inmigración ilegal o si una disminución de impuestos a las grandes empresas incrementará el empleo, son algunos asuntos que merecen una comprensión de la Causalidad.
En efecto, saber qué causa qué, tiene una importancia vital; en especial en asuntos públicos donde está en juego el bienestar de todo un país. Un parlamentario puede ser reelecto porque los votantes atribuyen mejoras en su región donde dicho político no tuvo injerencia alguna o un profesor puede ser exonerado debido a un fracaso escolar del cual él no tiene ninguna culpa.
Los costos de equivocarse pueden ir creciendo cuando la sociedad a lo largo de un extenso periodo sigue asignando una causa a un efecto que no le corresponde. Por ejemplo, durante casi un siglo se atribuyó como causa de las úlceras gástricas principalmente al estrés. Sin embargo, en la década de los 80 dos gastroenterólogos australianos demostraron que la causa principal era otra totalmente distinta: una bacteria.
Afortunadamente varios científicos de distintas disciplinas están conscientes de los costos de equivocarse en asuntos de Causalidad y por lo tanto han extremado la rigurosidad en sus trabajos. Por ejemplo, luego de un enorme tratamiento estadístico de datos levantados desde todo el planeta a lo largo de varios siglos; se llegó al consenso que el Hombre es un causante del actual Calentamiento Global debido al aumento de las fuentes de gases de efecto invernadero (actividad industrial) y a la disminución de los sumideros de dichos gases (reducción artificial de bosques). Sin embargo, para llegar a esta consensuada conclusión fue necesario determinar la cronología en que las variables se manifestaron, examinar la correlación que ellas tenían, descartar otras variables sospechosas de elevar la temperatura ambiental y trazar las maneras posibles en que unas podían impactar a otras. Es decir, debieron cumplirse en dicho estudio climatológico, los mismos cuatro requisitos de Causalidad que deben exigirse en las ciencias sociales, en particular en la política.
El primer requisito es la Precedencia Temporal. Si A causó B, entonces A debe haber ocurrido antes que B. Parece obvio: primero el niño travieso arroja la piedra y luego se rompe el farol, no al revés. Un gobierno no está en condiciones de atribuirse tajantemente la creación de nuevos empleos cuando la tasa de desempleo ya venía reduciéndose desde antes de asumir el poder.
El segundo requisito es la Correlación. Si A afecta de alguna manera a B, ambas variables deberían variar conjuntamente. Existe una correspondencia entre los incentivos estatales para que los habitantes urbanos utilicen el transporte colectivo y la duración promedio de los viajes en las ciudades se acorta. Cuando un político es sorprendido en una flagrante situación escandalosa, éste evita aparecer en público durante varios días.
La Ausencia de Explicaciones Alternativas es el tercer requisito. Si A o C pueden explicar igualmente bien el fenómeno B, atribuir la causa exclusivamente a A, resulta temerario. La deserción escolar generalmente se atribuye a que los jóvenes perciben una “carrera” más atractiva en los negocios de la droga, donde ya en Chile alcanza rasgos de narco-industria. Sin embargo, existen otras variables candidatas a ser causas tales como la pobreza del núcleo familiar y la mala educación del sistema público.
El último requisito es la existencia de la Ruta Transitable. Entre la causa A y el efecto B debe existir alguna vía de transmisión de materia, energía o información. Si una explosión es la que causó la sordera de una persona, debió haber existido un medio de propagación de la onda acústica porque el sonido no viaja en el vacío. La rendición de cuentas donde a través de la transparencia fluye información a la ciudadanía y a través de conductos legales se aplican castigos; es una ruta que los políticos corruptos evitan que se institucionalice porque precisamente logra los efectos de probidad que el resto de la sociedad reclama.
Estos cuatro criterios aun considerándose en forma simultánea, no terminan con la complejidad de los escenarios actuales. Entonces, pese a aplicarlos, no se anula el riesgo de vincular incorrectamente causas con efectos y por ende confiar en malas políticas y dudar de las buenas. Tal ficticio acoplamiento entre causas y efectos también facilita que se premie al abusador y se castigue al virtuoso. En otras palabras: se decide equivocadamente y se actúa con injusticia.
Así, ante la agobiante complejidad de la Causalidad y del provecho que de ella sacan quienes están en las diferentes esferas del poder, cada ciudadano debe ser más un examinador que un hincha. Pero la maraña de encadenamientos causa-efecto que profusamente se extiende tanto en el espacio como en el tiempo, dificulta que cualquier persona pueda pronosticar la magnitud del éxito de alguna política pública que se proponga. De hecho es imposible crear un Chile alternativo con la política pública en cuestión para compararlo con el Chile sin ella y así contrastar los impactos en ambos escenarios. Y aunque existen herramientas tecnológicas como la Simulación y la Prospectiva, ellas entregan solo estimaciones con insatisfactoria precisión y exactitud.
Pero para el pueblo existen “sandías caladas”; es decir, situaciones en las que se actúa sobre seguro. Tal como lo modelaba el filósofo estadounidense D. Lewis: el universo es como un mosaico de diferentes piezas en un balde que cuando son agitadas y se arrojan al azar, caen formando patrones. Es decir, sin importar la cantidad ni el tamaño de las piezas de ese mosaico, siempre quedarán dispuestas según determinados patrones. Por ejemplo, siempre se observará una pieza azul sobre una roja; la de abajo es la causa y la de arriba el efecto. Esto es justamente lo que la ciudadanía debe aprovechar de la experiencia.
Así, ante graves problemas nacionales como la mala calidad de la educación pública y la corrupción transversal, cada chileno debe observar los patrones que muestra la evidencia empírica para identificar en esos asuntos las causas con sus efectos ya comprobados. Entonces notará que invertir un millón de pesos en un niño de 6 años rinde mucho más que invertir el mismo monto en él cuando ya tiene 18 años. Y también notará que castigar severamente a los corruptos disminuye las conductas carentes de probidad. Por lo tanto, siguiendo la receta del mosaico con sus patrones, el ciudadano ya sabrá que iniciativa pública apoyar.
En definitiva, la comprensión de la Causalidad constituye una de las herramientas más valiosas que puede poseer un pueblo. No porque le permita predecir con absoluta certeza el futuro, sino porque le ayuda a distinguir entre explicaciones sólidas y meras consignas. Una ciudadanía capaz de examinar críticamente las relaciones entre causas y efectos resulta menos vulnerable a la demagogia, más exigente con sus gobernantes y más cuidadosa al momento de respaldar políticas públicas. Incluso el mismo mosaico muestra que toda sociedad recibe finalmente los efectos de las causas que ella decide tolerar.
Lucio Cañete Arratia
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile
