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Chile, un modelo educacional exitoso

            La transición y la política de los acuerdos de los años 90, legaron un lenguaje de lo público despolitizado y tecnificado. No se despolitizó lo público, que es lo político por excelencia, lo que se despolitizó fue la forma de hablar de ello, como algo sujeto a criterios científicos en el que el “saber” podría pesar más que los intereses de los actores en conflicto.

            Esta transformación en el lenguaje, que actúa hasta hoy como la retórica correcta en las instituciones chilenas, es mucho más que una estética de las palabras; pues como se sabe al menos desde el psicólogo comunista Lev Vigotsky, lo que no podemos decir tampoco lo podemos pensar.

            Es por ello que somos, en realidad, muy pocos los que podemos entender el verdadero éxito del sistema educativo chileno: una educación altamente segregada y clasista; una política pública donde predomina el gasto focalizado; una educación pública en la quiebra, que de no ser por los inmigrantes pobres no tendría alumnos; y cientos de profesores y profesoras que se niegan a jubilar porque la pensión no les alcanza. Todo un éxito.

            Lo central del asunto, es que como se tecnificó al extremo de la degeneración el lenguaje de lo público, nadie cree que el hecho de que un joven de liceo fiscal tenga una instrucción similar a la de un niño refugiado en medio oriente, sea en realidad una victoria. Nadie cree, pero lo es, porque de lo que se trató la tecnificación del debate, fue de borrar del lenguaje para borrar del pensamiento, la esencia de la política: la lucha de clases.

            Si entendemos que la política es la expresión institucionalizada de las correlaciones de fuerza de las clases y grupos sociales en conflicto, entonces podemos entender que las políticas educativas no dicen relación con los resultados en el SIMCE o en la Prueba Pisa, sino con la capacidad de la clase dominante de producir y reproducir las condiciones sociales que necesita para mantenerse como tal.

            Según datos recientes (2017), las principales exportaciones de Chile son Mineral de cobre ($16,6 Miles de millones), Cobre Refinado ($14,9 Miles de millones), Filetes de Pescado ($2,86 Miles de millones), Sulfato pasta química de madera ($2,67 Miles de millones) y Cobre sin procesar ($2,41 Miles de millones). Es decir, las burguesías nacionales y transnacionales que detentan el dominio del territorio, venden piedras, tablas y pescado. Una estructura primario exportadora al más puro estilo de la teoría de la dependencia.

            La pregunta es, entonces, qué clase de educación necesita el modelo productivo chileno: ¿una educación que genere mano de obra de alta calificación, para tener un Sillicon Valley criollo  con 15 millones de ingenieros?, ¿o una educación que garantice la mayor disponibilidad de fuerza de trabajo a bajo costo posible?

            El martes 11 de junio, mientras los profesores repletaban Avenida Argentina en Valparaíso, a cien metros de ellos el Senado discutía el TPP-11, que precisamente apunta a consolidar el carácter primario de la economía nacional.

            Seamos sinceros para poder recuperar la esencia del debate político sobre educación: la educación chilena es un éxito, el problema que no es un éxito para nosotros, el campo popular. Bienvenidos los argumentos técnicos, pero bien cerquita de la lucha de clases.

12 de junio de 2019, América Latina

Jamadier E. Uribe Muñoz
Director
Núcleo 12 de Octubre de Pensamiento Decolonial

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