¿Cómo viven en Venezuela quienes no tienen dólares?

Por Marco Teruggi

Es de noche y el torneo de fútbol avanza equipo tras equipo en la cancha que se encuentra en las alturas del barrio, entre casas humildes, edificios, y una neblina instalada sobre el cerro El Ávila. Cada inscripción costó 10 dólares en efectivo, el premio para el ganador también será en dólares: el 60 % de lo que se recoja.

No sorprende, así como tampoco que los precios de una tienda de electrodomésticos estén directamente marcados en dólares, así como los alquileres, los vehículos o que en los supermercados o puestos de perro caliente se pueda pagar en dólares y, casi siempre, haya vuelto.

«Chamo, están todos fiebrúos con el dólar», dice a Sputnik —en español venezolano— una vendedora de repuestos de moto en la avenida Baralt, en el popular oeste caraqueño.

El proceso se expandió durante el 2019. Si antes era centralmente de clases medias altas —una entrada a una discoteca en las zonas adineradas caraqueñas se pagaba en dólares—, los últimos meses transversalizaron la presencia y necesidad de la moneda norteamericana.

El cambio central no fue tener al dólar como moneda de referencia y de ahorro, algo que, como en otros países de América Latina, por ejemplo, Argentina, es costumbre. La transformación fue que comenzaran a circular dólares para gastos de cada día: los billetes comenzaron a multiplicarse en las calles, en particular los de $1, $5, $10 y $20.

La sociedad, la economía de cada día, se vio así atravesada por una línea divisora: el acceso a dólares y, junto con eso, en qué cantidad. Quienes dolarizaron sus ingresos, cálculos y cuentas bancarias quedaron a salvo de las dificultades económicas. ¿Qué sucede, en cambio, con quienes quedaron por fuera, o en los bordes, de ese proceso?

La economía venezolana ha atravesado en los últimos cinco años situaciones tan complejas como el desabastecimiento de productos de primera necesidad, la inflación e hiperinflación, o la ausencia y reventa de dinero en efectivo. La llamada dolarización es uno de los nuevos fenómenos dentro del cuadro prolongado de diferentes dificultades.

Ante esos escenarios han surgido numerosas formas de resistencia y recomposición. Mariana García y Hernán Vargas, investigadores venezolanos, han estudiado durante los últimos tres años cómo han sido esas mutaciones, particularmente en los sectores populares, pero también en las clases medias.

Se trata de una línea de investigación sobre lo que llaman «reproducción social y economías populares», en un contexto donde, como explica Vargas, «en tres años ha venido cambiando tremendamente». La dinámica venezolana, tanto económica como política —dimensiones inseparables es vertiginosa.

A pesar de los cambios, algunos elementos centrales de la mutación, tanto en áreas urbanas como rurales, se han conservado. García y Vargas señalan cuatro puntos centrales «para responder a la pregunta de cómo hace la gente para sobrevivir, para resolver».

  • Migraciones laborales

En primer lugar, «la reconfiguración del trabajo que hace que te muevas del trabajo formal al informal, por cuenta propia, que puede ser adentro o fuera del país, porque la búsqueda es la de mayor cantidad de divisas».

Así afloraron las iniciativas de trabajo informal, ventas, reventas, o imágenes como las ya características peluquerías en las calles.

Ese ha sido uno de los mecanismos ante el aumento de precios, depreciación de la moneda, y consecuente licuación de los salarios. Los salarios dejaron de alcanzar, mucha gente dejó los trabajos asalariados, y se deshizo una característica de los años anteriores del chavismo, donde, explica Vargas, «todo el mundo quería trabajar fijo, contratado, en alguna institución pública, quizás en una privada».

  • Subsidios

En segundo lugar, García explica que una de las cosas «determinantes en la materialidad cotidiana son las políticas de transferencia monetaria directa, o de subsidio al consumo, como el comité local de abastecimiento y producción (Clap) o los bonos».

Esto «tiene un peso tremendo en la supervivencia de la gente que vive de su trabajo», afirma Vargas. A esas políticas se debe agregar el subsidio invisible «que se ve cuando lo comparas hacia afuera», que es de los servicios, como el agua, la luz, la gasolina y algunos transportes.

  • Cambios de consumo
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En tercer lugar, los investigadores señalan la dimensión de la reconfiguración del consumo, donde bajó el consumo en comparación con el modo de vida que se había instalado en los años anteriores del chavismo.

«El modo de vida de estos años que era que todos los fines de año te ibas a tomar cerveza con los amigos, quienes trabajábamos por salario podíamos almorzar en la calle todos los días, todo eso se viene a pique y eso es importante en términos de cómo se recompone la vida en Venezuela», explica Vargas.

Eso generó un espejo en el cual la gente compara su actual modo de consumo con el anterior, algo que ha afectado en la migración porque, «una de las cosas que ves es que te golpeas contra ese espejo, sales del país tratando de encontrar una configuración de vida que no vas a encontrar».

  • Resistencias colectivas

«Las reconfiguraciones han llevado a unas formas colectivas cada vez mayores, que pueden ser organizadas, mercados comunales, campesinos, sistemas de intercambio entre comunidades organizadas, cooperativismo».

Esas formas colectivas descritas por Vargas se articulan con lo que, explica, es el «crecimiento de lo pequeño», como la agricultura familiar, el apoyo mutuo entre familias, el intercambio directo entre vecinos, por grupos whatsapp. Lo pequeño, multiplicado en la escala nacional, tiene impacto masivo.

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Acceso a dólares

Los cuatro elementos descritos se han mantenido a lo largo de los últimos años y del reciente proceso de la comúnmente llamada dolarización donde García explica que: «una vasta mayoría que sobre todo habita sectores populares, tanto urbanos como rurales, tiene un acceso escaso o esporádico a dólares»

Las estrategias para conseguir ingresos en dólares dependen de posibilidades, habilidades y reflejos históricos. Así, por ejemplo, para las clases medias, acostumbradas a oficios establecidos, como por ejemplo los profesores, «se ven en la necesidad de irse, porque no saben hacer otra cosa distinta que trabajar a cambio de un salario por eso que sabe hacer».

Esa migración, que es transversal a la sociedad, genera remesas y reconfiguraciones de los espacios, donde en algunas zonas medias «ves cada vez más puros viejitos caminando por ahí viendo cómo resolver, viejitos que a veces se quedan con los más pequeños». Allí mucho de los jóvenes se han ido fuera a trabajar y enviar dinero a las familias.

Esa serie de dinámicas han reconfigurado el mapa de la economía de cada día, de las calles, los comercios, consumos, creando divisiones entre acceso y cantidad de dólares. Se trata de una dinámica visible, que ha ampliado desigualdades, generando una estabilidad para una franja pequeña de la sociedad, aquella que logró garantizar suficientes ingresos en dólares.

«Tienes sectores que de los mil dólares hacia arriba empiezan a operar de otra manera, empiezas a tener incluso dinero para poder comprar cosas, otro carro, un negocio, importan y exportan porque van y vienen, viene aquí a hacerse la cirugía estética, el trabajo odontológico, cosas que en otro lado son más caras», explica Vargas.

La tendencia

La expansión desigual de los dólares en la economía crece mes tras mes. El Gobierno ha afirmado que se está ante una «autorregulación de una economía en resistencia», lo que parece significar que se trata una situación que se permitió e incentivó en un contexto de asedio.

No se trata de un escenario común, sino del de una economía que enfrenta un bloqueo económico y financiero conducido desde Estado Unidos, que, por ejemplo, desde principio de año sancionó a la empresa estatal de aviación, Conviasa, y a la empresa petrolera rusa Rosneft Trading, por comerciar con la petrolera venezolana, PDVSA, que se encuentra sancionada.

La tendencia indica que el proceso de dolarización continuará y, con él, las transformaciones económicas, sociales y políticas. Ese parece ser el pedido de los grandes capitales, empresarios nacionales, grandes bancos, y, ante eso, en un escenario de bloqueo, el gobierno continuará abriendo puertas a la «autorregulación», manteniendo las políticas sociales que han sido centrales para enfrentar los últimos años.

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