Derrocar a Piñera

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Dedicado a Lucio Urtubia

Derrocar a Piñera, porque no va a renunciar. No renunció en octubre ni en noviembre, tampoco en enero, febrero o marzo. Llegó la pandemia que ha usado para practicar el genocidio de clase y no renunció. No renunciará, entonces queda sacarlo, derrocarlo, por la salud de los pueblos que habitan Chile, por la seguridad de quienes viven bajo el Estado chileno. Derrocarlo es una medida de autodefensa social.

Lo mejor, lo menos molesto sería que renunciara, pero no escucha. Prefiere seguir siendo la cabeza de un gobierno de muerte y de genocidio sanitario. No renuncia pese a que ya hay el convencimiento público de que no gobierna, de que es un títere en manos de su coach Larroulet, o Sutil. O quien sea el vocero de los “poderes fácticos” que representan a las élites que saquean a los pueblos de Chile.

Debe ser un derrocamiento enteramente civil. Ya sabemos las implicancias de darle un poquito de poder a los militares y carabineros: detenidxs desaparecidxs, mutiladxs, torturadxs, ejecutadxs en montajes y emboscadas. ¿La fórmula? Hay varias posibles, pero ante la urgencia habrá que usar la más rápida, una interdicción por razones de salud, un juicio político, lo que sea.

Lo importante es salvar vidas concretas. Mientras escribo esto, lo que me demore, morirán decenas o centenas de personas en Chile por la decisión política del gobierno de Piñera de enfrentar la pandemia priorizando la muerte de la clase pobre para defender el saqueo que hace la clase de los ricos.

La gente en Chile ya no se engaña y sabe que su vida está en riesgo y que Piñera ya no gobierna, y que más vale sincerar la situación sacando al títere genocida y egocéntrico del lugar que ocupa en su defensa del saqueo, representado ahora mismo en la defensa a ultranza de las AFPs.

¿Quién en la práctica lo derrocará? Poco importa, mientras no sean los militares y los carabineros, cómplices del saqueo, del genocidio y de la represión, saqueadores ellos mismos gracias a la autonomía económica heredada de la democracia tutelada dejada por el dictador Pinochet; militares y policías cómplices ahora mismo de Piñera y el piñerismo.

Derrocar a Piñera sincerará los efectos de la revuelta social iniciada en octubre de 2019 y que la elite parlamentaria ha intentado sortear enviando una y otra vez salvavidas a Piñera y su gobierno de muerte. Ahora, miles de muertes y cientos de mutilados después, aparece un parlamento rebelde que hace caso a la presión social en un intento de controlar la caída libre de las AFPs.

La gente hace las cosas en un sentido práctico y en un sentido simbólico a la vez. Elegir a Piñera fue llevar las cosas al extremo en lo práctico y lo simbólico: fue apurar, exprimir, hundirse de lleno en la promesa falsa del derroche neoliberal, justamente para vivir la demostración de su falsedad y darse de golpe contra la realidad del hambre escondido en el plástico de las tarjetas de débito.

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Derrocar a Piñera es lo que falta para sincerar la situación de quiebre de las ilusiones neoliberales. Derrocar a Piñera para asegurar que serán temas la caída de las AFPs, de los privilegios militares y policiales en temas de jubilación, los límites a la élite saqueadora, que saquea mediante el extractivismo agrícola, mineral y de deuda. Asegurar el fin de la represión o al menos la cuarentena obligatoria de los militares y carabineros en sus cuarteles y comisarías, también asegurar una política de cuidado de la salud de toda la gente que habita esa territorialidad estatalizada, por cierto, asegurar el fin de la impunidad que ofrecen las fiscalías y defensorías a los criminales de uniforme y en el gobierno.

Porque hasta el momento la lucha, la revuelta social no ha parado y está fuerte en la sobrevivencia: las ollas comunes, los comprando juntos, los trueques, las aplicaciones y actividades de apoyo a las ollas comunes y al reparto social y barrial de víveres, los procesos autogestionarios y autónomos de apoyo mutuo en la crisis generada por las élites para detener la revuelta, son, junto a la demanda de recuperación de los fondos en las AFPs (limitados al 10% por la parte parlamentaria de la élite) las formas en que la parte constructiva del estallido social se manifiesta y se da continuidad.

Como antes, todas estas acciones y hechos sociales que se dan los pueblos en lucha en Chile son el proceso constituyente en forma y fondo, un proceso constituyente que se hace en cada almuerzo de olla común, en cada plato servido, en cada asamblea para decidir qué se cocina y con qué se cocina. Un proceso constituyente que se inició en octubre pasado y no esperará a octubre venidero para hacerse: está ahí, sucediendo ahora, de modo asambleario, horizontal y ahora económico también, puesto que ese 10% será usado preferentemente para fortalecer y crear nuevas ollas comunes y para organizar el boicot al endeudamiento masivo que hace al capitalismo neoliberal extractivista chileno, extractivismo de deuda pura y dura.

En momentos que la élite aún no procesa cómo surfear la crisis, los pueblos que habitan Chile están en el fortalecer ollas comunes, hacer solidaridad barrial, recrear sindicatos autónomos y asamblearios que representen la lucha de lxs trabajadorxs contra el saqueo permanente que es capital extractivista neoliberal chileno y sus contrapartes el Estado y los medios saqueadores de comunicación.

Para sincerar el momento es necesario derrocar a Piñera.

Por Pelao Carvallo

18 de julio de 2020