Por Claudio Katz

El capitalismo digital en apuros (I)
Todas las regulaciones vigentes para impedir o limitar esa concentración del capital, han sido fácilmente burladas por el puñado de mil millonarios que manejan el universo digital. Las ingenuas expectativas en la democratización de la información -que acompañaría a la aparición de Internet– han quedado definitivamente sepultadas, frente al despotismo que ejercen los dueños del sistema.
Los personajes más afamados de ese universo operan como capitalistas, que combinan la propiedad con la función de organizar o manejar las compañías del sector. Las monumentales ganancias de Gates, Zuckerberg, Bezos, Musk o Altman provienen ante todo del lugar que ocupan como dueños de las empresas.
La impresionante cotización bursátil de esas firmas y la consiguiente remuneración que obtienen por esa valuación deriva de esa propiedad. Pero en muchos casos, ese papel coexiste con su rol de innovadores y conversores de las invenciones digitales en redituables mercancías. Los elogios que reciben por este segundo atributo suelen ocultar las tremendas adversidades sociales que provoca su afianzamiento como mil millonarios, en una estructura de inequidad sin precedentes.
El nuevo modelo gestado en torno a la innovación digital ha sido bautizado con varias denominaciones. La acepción inicial de “tecno-capitalismo”, resaltaba como la revolución informática colocó a un nuevo sector empresario al comando del sistema, sustituyendo a las tradiciones firmas petroleras, siderúrgicas o automotrices (1).
La identificación posterior con un “capitalismo de las plataformas”, aludió al nuevo papel dominante que ejercen esas ramificaciones en el funcionamiento general del sistema. Los autores que acuñaron esa expresión (Nick Srniceks), ilustraron cómo un público de oferentes ha quedado enlazado con otro de demandantes por medio de los nuevos oligopolios que controlan las redes.
El otro término utilizado de “capitalismo digital” también resalta la dinámica general de un sistema que ha quedado moldeado por la mediación de las nuevas tecnologías informáticas (2).
La globalización de la economía y la revolución digital se extendieron bajo el mismo impulso del capitalismo, que bajo el látigo de la competencia obliga a las empresas a mundializar sus inversiones para ganar rentabilidad con mayores mercados.
Ninguna de las esas tres acepciones implica la vigencia de un sistema diferente al capitalismo. La economía y la sociedad continúan funcionado en torno a un régimen social de competencia por beneficios surgidos de la explotación. Lo que ha cambiado es la etapa, el modelo o la forma de acumulación de ese modo de producción.
En la cúspide de esa estructura y en la dinámica de su reproducción se ha ubicado un nuevo sector de plutócratas, que definen el rumbo y las prioridades del capitalismo. Exhiben un nivel de riquezas nunca visto y una capacidad también inédita para incidir en el curso del sistema, pero su proyecto está afectado por un inesperado cambio de las relaciones internacionales.
MUNDIALIZACIÓN DIGITALIZADA
La revolución digital se desenvolvió a una escala global que desbordó todos las antecedentes de mutaciones análogas. A diferencia de lo ocurrido con el ferrocarril, la electricidad, el automóvil, los plásticos o la energía, irrumpió directamente a escala planetaria. No se expandió de un país u otro, mediante inversiones externas o implantaciones de compañías, sino que enlazó de entrada a los usuarios como consumidores de todo el planeta. Por eso Google, Meta, Microsoft, Amazon, Facebook emergieron desde su inicio como redes y negocios mundiales.
Esa internacionalización desde el propio debut de la era digital fue posible porque coincidió con el despunte de la globalización. Ambos procesos se retroalimentaron, puesto que la informatización aceleró la mundialización de la economía y ese salto en las actividades globales reforzó el ascenso de las megaempresas tecnológicas. Ambos procesos apuntalaron, a su vez, los pilares de la globalización en el plano geopolítico (gobernanza mundial) e ideológico (cosmopolitismo y transnacionalismo).
La globalización de la economía y la revolución digital se extendieron bajo el mismo impulso del capitalismo, que bajo el látigo de la competencia obliga a las empresas a mundializar sus inversiones para ganar rentabilidad con mayores mercados. Esa presión derivó en una expansión espacial junto al significativo acortamiento de los tiempos del proceso productivo (3).
Desde los años 90 las políticas económicas neoliberales aceleraron ese rumbo de internacionalización, que subyace en la propia matriz de la acumulación capitalista. Esa impronta mundial asumió una escala sin precedentes en el debut del siglo XXI, con la internacionalización de la producción y el cambio de toda la geografía industrial, que implicó el desplazamiento de la industria hacia Oriente.
Wall Street aportó el sustento financiero de estos procesos, Washington la impronta ideológico-político y el Silicon Valley el cimiento digital.
Las economías de esa región duplicaron su participación en la actividad manufacturera y sustituyeron la centralidad fabril histórica de Estados Unidos, Europa y Japón (4). Esa mayúscula mutación fue posible por la nueva red de comunicaciones, interconexiones de usuarios y modelos de comercialización mundial que introdujo la revolución digital.
La globalización coronó un largo proceso de remodelación de la división internacional del trabajo iniciado en los años 60, con el traslado de industrias a la periferia, la separación del ciclo del producto en localizaciones diferentes, la aparición de la empresa multinacional y la formación de un espacio homogéneo de la firma transnacional, en el marco diferenciado de la economía mundial.
Las compañías separaron las actividades calificadas de la producción en serie y lucraron con las diferencias nacionales de productividad y salario. La globalización culminó esa remodelación con el desdoblamiento internacional del proceso de fabricación (5). De esa forma se consumó el pasaje de un modelo de la periferia como exportadora de materias primas, a otro de la periferia integrada a la fabricación industrial (6).
El último eslabón de ese curso fue el establecimiento de las cadenas globales de valor (CGV), con mayor peso de los bienes intermedios y las importaciones, en una modalidad de especialización vertical de las firmas globalizadas (7). El propósito de esa reestructuración fue incrementar las ganancias, mediante una gestión internacionalizada del excedente apropiado por los capitalistas, a través del acaparamiento de la plusvalía extraordinaria que se concentra en la cabeza de esa estructura (8).
Con ese esquema las empresas transnacionales duplicaron su número de empleados, consiguieron controlar un cuarto de PBI global, el 80% del comercio mundial y el 40% de la riqueza generada en todo el planeta (9). Esta secuencia de enormes transformaciones fue posible por el desarrollo simultáneo de la revolución digital, que acompañó, apuntaló e incentivó cada una de las ascendentes fases de la globalización.
Pero este modelo presuponía un indiscutido comando económico de Estados Unidos, que fue inspirador de la globalización y el gestor de la revolución informática. Wall Street aportó el sustento financiero de estos procesos, Washington la impronta ideológico-político y el Silicon Valley el cimiento digital.
La incapacidad para aplicar las innovaciones de la Inteligencia Artificial en una economía con decreciente productividad y demolida competitividad es la evidencia más contundente y reciente de ese inmanejable desequilibrio.
Ese modelo de globalización hermanado con la digitalización prometía restaurar la supremacía imperial de Estados Unidos, en el mundo unipolar que sucedió al colapso de la Unión Soviética. Pero ese ensueño trastabilló con el colapso financiero del 2008 y se ha desmoronado por completo desde la última década.
FRACTURA DE LA GLOBALIZACIÓN
La expectativa de predominio económico mundial que Estados Unidos esperaba recuperar con su liderazgo digital se ha disipado por cuatro razones: la fractura de la globalización, la ruptura del eje sino-americano, la desindustrialización yanqui y el fulminante ascenso de China.
El quebranto de la globalización se verifica en el estancamiento del comercio mundial al cabo de varias décadas de gran avance. Ese intercambio como porcentaje del PIB mundial pasó del 25 % (1970) al 61 % (2008) y retrocedió al 57 % (2024) (10). El pico de los flujos anuales de inversión extranjera directa (IED) de 5,3 % del PIB mundial en el 2007 se ha revertido al 1,3% en la actualidad (11).
La generalización de nuevos términos -como slowbalization o deglobalization-, junto a la centralidad que tienen sus contrapartes de reshoring, near-shoring o friendshoring confirman ese cambio, en el nuevo escenario de proteccionismo y neo mercantilismo. El impacto de ese giro es mucho más significativo en el comercio y las finanzas que en la industria, puesto que las cadenas de valor persisten y no se verifica un repliegue de la actividad fabril a los viejos patrones de autarquía nacional. Pero el escenario de globalización y digitalización neoliberal bajo comando norteamericano ya es un dato del pasado.
En segundo lugar, la estrecha asociación económica entre las dos grandes potencias que apuntalaba la globalización se ha quebrado. La época de “Chinamerica” quedo atrás y el modelo de inversiones hacia Oriente -para que el gigante oriental fabrique lo que el consumidor norteamericano adquiere- está seriamente cuestionado.
Ese esquema aceitado con préstamos de la potencia asiática y deudas de su contraparte occidental alcanzó un insostenible punto crítico. El desbalance global creado por los superávits comerciales y financieros de China y su contraparte de déficit estadounidense, alimenta un explosivo desequilibrio de la economía mundial. Luego del colapso bancario del 2008, las dos potencias iniciaron un paulatino distanciamiento para enmendar ese desbalance y ese alejamiento socavó en forma definitiva la continuidad de la globalización.
Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto inicialmente propiciado por Estados Unidos.
En tercer lugar, la internacionalización productiva agravó la desindustrialización de Estados Unidos hasta un nivel insostenible para la primera potencia. Sus promotores suponían que la especialización norteamericana en las finanzas, los servicios y la alta tecnología compensaría la regresión fabril, recreando la conducción mundial de Washington en una nueva y estable división global del trabajo. En esa ilusoria creencia se asentó la mundialización neoliberal y todos sus presupuestos neoclásicos de especialización rentable de cada economía en sus ventajas comparativas.
Las falacias de ese imaginario salieron a flote en las últimas décadas, a través de una montaña de contradicciones que Estados Unidos no ha podido gestionar. La incapacidad para aplicar las innovaciones de la Inteligencia Artificial en una economía con decreciente productividad y demolida competitividad es la evidencia más contundente y reciente de ese inmanejable desequilibrio.
Finalmente, el avasallante ascenso de China pulverizó la globalización que fue la gran apuesta de Estados Unidos para recuperar su liderazgo imperial y terminó profundizando su regresión. Beijing y no Washington fue el gran favorecido por la expansión mundial del comercio y por esa razón, continúa auspiciado las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto inicialmente propiciado por Estados Unidos.
Ese plan asignaba a China un lugar subordinado y dependiente. Imaginaba a la potencia asiática como un mero fabricante de productos básicos, que se mantendría como sometido exportador de esos insumos a los mandantes yanquis de las empresas transnacionales.
Pero en lugar de seguir esa trayectoria de mero tributario del poder occidental, China forjó su propio modelo de desarrollo autónomo, imponiendo normas de transferencia de tecnología a los inversores foráneos. Priorizó su desenvolvimiento interno con políticas económicas contrapuestas al neoliberalismo y la financiarización.
China disciplinó a sus capitalistas con reglas estatales, que limitan la rentabilidad de las firmas, bloqueó el manejo burgués del poder político y ratificó la preeminencia de la planificación. Forjó, además, su propio modelo de globalización en torno a la Ruta de la Seda. Ese esquema alternativo puso el ultimo clavo al cajón de la mundialización neoliberal y al proyecto de resurgimiento digital estadounidense. Este resultado altera el nuevo escenario de la Inteligencia Artificial hacia un rumbo que analizaremos en el próximo texto.
Por Claudio Katz
Blog del autor. Octubre 10 de 2026.
NOTAS
- Echeverría, Javier (2016). Diálogos, Página/12 :: Dialogos :: “La revolución tecnocientífica crea el tecnocapitalismo, diferente al capitalismo industrial” ↩︎
- Fuchs, C., (2021). Los bienes comunes digitales y la esfera pública digital: cómo impulsar la democracia digital hoy. Westminster Papers in Communication and Culture 16(1), Los comunes digitales y la esfera pública digital: sobre cómo hacer avanzar la democracia digital en la actualidad ↩︎
- Harvey, David (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo, AKAL, Madrid, (p 40-45) ↩︎
- Smith, John (2010), Imperialism & the Globalisation of Production. Sheffield: University of Sheffield, (p 22) ↩︎
- Andreff, Wladimir (2013). L’État mondialisateur survivra à la crise de la mondialisation. La mondialisation, stade supreme du capitalisme, Hommage a Charles Albert Michalet, Paris-10 (p. 299-317) ↩︎
- Martínez Peinado, Javier (2012). La estructura teórica Centro/Periferia y el análisis del Sistema Económico Global: ¿obsoleta o necesaria?, enero 2012. Redalyc.La estructura teórica Centro/Periferia y el análisis del Sistema Económico Global: ¿obsoleta o necesaria? ↩︎
- Milberg, William; Deborah, Winkler (2018). Las cadenas globales de valor. Dinámica de la producción en el capitalismo contemporáneo, Universidad Nacional de Quilmes, (p 9-54) ↩︎
- Starosta, Guido; Caligaris, Gastón (2017). Trabajo, valor y capital, Universidad de Quilmes, (p 211-276) ↩︎
- Vitali, Stefania “et al” (2011). The Network of Global Corporate Control, PLoS ONE 6 (10). ↩︎
- Machado, Diogo; Abreu, Alexandre (2026). Después de la hiperglobalización: la reconfiguración del orden del capital 14/05/2026 Después de la hiperglobalización: la reconfiguración del orden del capital – Viento Sur ↩︎
- Unctad, (2026). World Investment Report 2026 Informe Mundial de Inversiones 2026: Inversión internacional en una era turbulenta | Comercio y Desarrollo de la ONU (UNCTAD) ↩︎
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