Opinión

El declive de Estados Unidos (II)

El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar su retroceso con agresiones militares. El predominio del siglo XX quedó tan atrás como la unipolaridad y es muy visible el declive frente al rival chino. La primera potencia concentra desequilibrios económicos capitalistas y fracasos bélicos mayúsculos, que fueron anticipados por los críticos de la resurrección imperial. Las analogías con Roma explican la violencia autodestructiva y las comparaciones con Gran Bretaña ilustran la dificultad para remodelar el imperio.

El declive de Estados Unidos (II)

Por Claudio Katz

ANTICIPIOS, PERCEPCIONES Y ACIERTOS

El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador, que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar (Arrighi, 1999: 192-288).

Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la sobreacumulación, afectando a la economía del Norte y detalló cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390).

Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones. Recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam, no fueron revertidos por ninguna contraofensiva posterior (Arrighi, 2005).

Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo capitalista y economía mercantil), determinantes del retroceso estadounidense y del ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión dinámicas de largo plazo que desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente (Arrighi, 2007: 217-371).

En contraste con otras visiones, que situaban el declive estadounidense en un tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial (Wallerstein, 2005: 109-141), ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos político-sociales divorciados de cualquier calendario preestablecido (Katz, 2023: 41-42).

Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la sostenida exacción de recursos del resto del mundo no logra ser utilizada internamente para contrarrestar el ocaso.

Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29).

El declive fue avizorado también por los críticos del comportamiento imperial estadounidense y por personajes de la elite de ese sistema, que en forma circunstancial o sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla.

Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales.

El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno, especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo fueron desmentidos de la realidad (Boron, 2014: 8-25).

ANALOGÍAS CON ROMA

El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas, especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación latina “imperium” alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas (Ilkowski, 2015).

Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas, como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el despilfarro de las riquezas o la sobre expansión militar.

Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a sí misma, cuando la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio (Torres López, 2026).

La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales.

Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación (Norman, 2025). Esa misma fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial.

Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y la globalización contemporánea ilustra el boomerang que emparenta al declive de los dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización económica que inició Estados Unidos y empoderó a China.

En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas y, en la actualidad, exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor productividad por sus destinatarios (Heather; Rapley, 2024).

La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza.

Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas décadas de regresión norteamericana (Galtung, 2010: 10-29).

La analogía entre ambos imperios se extiende también a la forma en que las contradicciones económicas internas fueron agravadas por la acción militar. La Guerras contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministro incentivó expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión capitalista (Roberts, 2026).

Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación. Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos.

Esa conducta de Roma fue reproducida por las atrocidades de la Corona española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios durante el ocaso del imperio otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para evitar la independencia de Argelia (Boron, 2014: 8-25). Desde hace décadas, el imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países, sin generar ninguna contención a su declive.

OTROS CONTRAPUNTOS HISTÓRICOS

La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente cuando intenta destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica.

Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses.

Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China sigue una pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza.

Justamente por ese posicionamiento la trampa de Tucídides fue explícitamente aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Aludió a esa referencia histórica, como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles sangrías.

Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible porque, al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.

Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y predominantes que desembocaron en la guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A partir de ese cómputo destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión sin guerra final fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual entre Washington y Beijing (Allison, 2017:1-3).

Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible porque, al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.

Otro antecedente ilustrativo -muy distante de lo ocurrido entre la Estados Unidos y la URSS– fue la confrontación que desató el hegemónico imperio británico (retador), contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Inglaterra.

En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX (Katz, 2023: 100-109).

Por otra parte, varias diferencias separan a Estados Unidos de su antecesor británico, ante todo, en el plano económico. Inglaterra era un acreedor mundial que exportaba capitales, financiando la inversión mundial con fondos que fluían desde la metrópolis hacia la periferia. Por el contrario, Estados Unidos es un deudor que recepta esos capitales. Acumula, además, un monumental déficit comercial con su retador chino que financia con emisión y endeudamiento (Tooze, 2026).

Es cierto que la industria inglesa declinaba con la misma tónica que su sucesor norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla, pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana que se expandió a partir de su propia base territorial.

Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria afecta duramente esa trayectoria.

Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI.

Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras que Inglaterra pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia.

La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que lo diferencian del antecesor inglés. La primera potencia ha forjado una estructura bélica cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón, Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio -que siguió Londres– y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta.

Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista. Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las reglas de la competitividad entre empresas.

Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin, evitando el expansionismo y bregando por recrear el estatus quo con su par norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI.

Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante para notar que las semejanzas en los declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos.

El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con su posible repetición en Inglaterra (que formuló Gibbon en 1776), eran impulsadas por la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria.

La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizamos en el próximo texto.

Por Claudio Katz

Economista, investigador del Conicet, profesor de la UBA. Su página web es: Claudio Katz.

Agosto 9 de 2026

Continuará…

REFERENCIAS

-Torres López, Juán (2026). El doloroso declive de los imperios https://rebelion.org/el-doloroso-declive-de-los-imperios/

-Magdoff, Harry (1969). La era del imperialismo, Pensamiento Crítico, La Habana, número 29, páginas 6-159.

-Amin, Samir (2004). El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004.

-Katz, Claudio (2023). En La crisis del sistema imperial, Edición virtual, septiembre 2023, Jacobin, Buenos Aires.

-Roberts, Michael (2023) Un mundo multipolar y el dólar https://www.sinpermiso.info/textos/un-mundo-multipolar-y-el-dolar

-Lapavitsas, Costas (2026). «El poder del dólar depende más de la capacidad coercitiva de EEUU que de su economía» https://rebelion.org/el-poder-del-dolar-depende-mas-de-la-capacidad-coercitiva-de-eeuu-que-de-su-economia/

-Hudson, Michael (2024). La economía está en el punto máximo de endeudamiento… no hay forma que se recupere https://kaosenlared.net/michael-hudson-la-economia-esta-en-el-punto-maximo-de-endeudamiento-no-hay-forma-que-se-recupere/

-Nolan, Gerry (2025). Yankwashing : cómo el imperio borra la verdad https://rebelion.org/yankwashing-como-el-imperio-borra-la-verdad/

-Foster, John Bellamy (2025). La doctrina Trump y el nuevo imperialismo MAGA https://monthlyreview.org/articles/the-trump-doctrine-and-the-new-maga-imperialism/

-Chomsky, Noam; Prashad, Vijay (2012) Introducción La retirada 15-9-2022 La retirada, de Noam Chomsky y Vijay Prashad – Zenda (consultado el 26-4-2023).

-Arrighi, Giovanni (1999). El largo siglo XX. Akal.

-Arrighi, Giovanni. (2005). Hegemony Unravelling, Part I, New Left Review, no. 32, March/April.

-Arrighi, Giovanni (2007). Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid. (cap 1, 2, 3, 8 y11).

-Wallerstein, Immanuel (2005). Análisis de sistemas-mundo, una introducción, Siglo XXI, México.

-Galtung, Johan (2010). La Caída del Imperio de los Estados Unidos. ¿Y luego qué? Montiel &Soriano Editores S.A de C.V, México.

-Boron, Atilio (2014). América Latina en la geopolítica del imperialismo, Buenos Aires, Luxemburg.

-Ilkowski, Filip (2015) Capitalist Imperialism in Contemporary Theoretical Frameworks. The Newest Theories, Peter Lang Edition.

-Heather, Peter; Rapley, John (2024). https://elordenmundial.com/entrevista-rapley-heather-caida-occidente-imperio-romano/

-Norman, Mateo (2025) https://greekreporter.com/2025/08/22/empires-fall-marxist-perspective/

-Roberts, Michael (2026). La trampa de Tucídides y el declive del imperialismo estadounidense https://vientosur.info/la-trampa-de-tucidides-y-el-declive-del-imperialismo-estadounidense/

-Allison Graham (2017) Destined for war Houghton Mifflin Harcourt.

-Tooze, Adam (2026). Imperialismo: Por qué los Estados Unidos del siglo XXI no son como la Gran Bretaña eduardiana, Imperialismo: Por qué los Estados Unidos del siglo XXI no son como la Gran Bretaña eduardiana – Adam Tooze | Sin Permiso


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