COLUMNA

El oleaje y la sala: La misma soberanía

"La votación en la ONU revela una paradoja del orden internacional contemporáneo. El multilateralismo condena el bloqueo con una mayoría abrumadora, pero carece de mecanismos para revertirlo. El derecho internacional existe, pero su capacidad de incidencia se diluye frente al poder unilateral".

El oleaje y la sala: La misma soberanía

Por Águeda Sáez Fick

El 28 de octubre no solo produjo una nueva condena al bloqueo estadounidense contra Cuba. También expuso, con nitidez, la reconfiguración del orden hemisférico y la persistencia de una doctrina imperial que atraviesa más de un siglo de política exterior norteamericana.

La votación en la Asamblea General de la ONU, sumada a la abstención de Chile, permite observar cómo se articulan hoy las tensiones entre soberanía, recursos estratégicos y disciplinamiento geopolítico.

La política de Washington hacia América Latina nunca ha sido un fenómeno aislado. Desde la Doctrina Monroe hasta las intervenciones del siglo XX, el objetivo ha sido asegurar un espacio de influencia directa sobre los procesos políticos y económicos de la región.

El gobierno de Donald Trump retoma esa tradición con menos ambigüedad y mayor despliegue instrumental. La noción del “patio trasero” ya no opera como metáfora histórica, sino como marco operativo para justificar presiones diplomáticas, sanciones extraterritoriales y mecanismos de control financiero y tecnológico.

El bloqueo contra Cuba es el ejemplo más sistemático de esta arquitectura de poder. Su longevidad no responde a una disputa ideológica congelada en la Guerra Fría, sino a su utilidad como herramienta de encuadramiento.

La extraterritorialidad del bloqueo —que penaliza a terceros Estados y empresas—revela su función estructural: asfixiar a un pueblo que no acepta someterse y advertir al resto del mundo del precio que impone el imperio a quienes desafían su autoridad.

No se trata de un conflicto bilateral, sino de un dispositivo que define los límites de la autonomía permitida dentro del sistema internacional.

La abstención de Chile debe leerse en este contexto. El país posee reservas de cobre y litio que son hoy insumos centrales para la transición energética y la competencia tecnológica global. En un escenario donde los minerales críticos se han convertido en vectores de poder, la política exterior ya no puede separarse de la política de recursos.

La ambigüedad frente al bloqueo no es un gesto diplomático menor: es una señal que puede interpretarse como alineamiento tácito con la arquitectura de coerción que Estados Unidos busca consolidar en la región.

La historia latinoamericana muestra que los intentos de controlar recursos estratégicos han sido respondidos con presiones externas, sanciones, desestabilización o intervenciones.

Lo novedoso del momento actual no es la existencia de estas prácticas, sino su sofisticación: se presentan bajo discursos tecnocráticos, marcos regulatorios globales y narrativas de “defensa de la democracia” que ocultan su función disciplinaria.

La disputa ya no se libra únicamente en el terreno militar o diplomático, sino en el financiero, tecnológico y jurídico.

La votación en la ONU revela una paradoja del orden internacional contemporáneo. El multilateralismo condena el bloqueo con una mayoría abrumadora, pero carece de mecanismos para revertirlo. El derecho internacional existe, pero su capacidad de incidencia se diluye frente al poder unilateral.

La brecha entre legitimidad y eficacia se amplía, y América Latina queda situada en un espacio donde la soberanía formal convive con una dependencia estructural.

La dimensión simbólica y la dimensión diplomática se entrelazan. La simultaneidad entre las flores ofrendadas al mar en Cuba por miles de personas en homenaje a Camilo Cienfuegos y la votación en Nueva York no es anecdótica. Expresa dos dimensiones de una misma disputa: la defensa de la dignidad, la independencia y la identidad nacional, sostenida en el abrazo a la memoria e historia independentista del pueblo cubano frente a un orden imperial que busca imponer obediencia.

Entre el oleaje de la memoria y la sala donde se decide el destino de las naciones, emerge una misma pulsación: la emancipación latinoamericana no es un proceso concluido, sino una tensión persistente entre independencia y subordinación.

Lo que se honra en Cuba y lo que se debate en Nueva York forman parte del mismo sentido histórico continental, una continuidad que recuerda que la soberanía es siempre una conquista en disputa.

El 28 de octubre, 2026 lo recordó con una claridad difícil de ignorar. La región, una vez más, está advertida: la historia sigue hablando.

Águeda Sáez Fick
Santiago de Chile, 29 de octubre de 2026

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