En estos días aciagos con un gobierno de ultraderecha, pensar y avanzar decididamente en una disputa contrahegemónica que articule lo nacional-popular, que permita detener los embates ultra capitalistas y del neoliberalismo más recalcitrante parece ser justo y necesario. Es imperativo, primero no olvidar que las definiciones de «crisis» constituyen el mayor dispositivo disciplinario del modelo: cada vez que se desata una, el neoliberalismo no solo la utiliza para acentuar la coerción económica sobre las personas, y segundo, reactiva su mito fundacional de presentarse como la única cura racional y tecnocrática para los excesos del periodo anterior. Esto se percibe en el discurso del actual ministro de Hacienda, cuando presenta su mega contra reforma económica y administrativa en los medios de comunicación nacional. Esta narrativa lo exime de cualquier debate democrático y lo posiciona, falazmente, como la única alternativa posible ante “el caos que dejaron los zurdos”.
De la misma manera, otro elemento que emerge y necesario denunciar son las tesis supremacistas raciales en el orden social de quienes nos gobiernan y que tiene un sentido profundo a la disputa política. Esta denuncia nos permite aglutinar a vastos sectores socioculturales que hoy resisten las acciones conservadoras, entendiendo que solo una política dirigida a las y los trabajadores y sectores populares puede abolir eficazmente la alienación cultural y por su intermedio la explotación en el Chile de hoy. Un ejemplo real es el debate que planteo el presidente de ultraderecha en un evento con empresarios del salmón, sobre la ley lafkenche “se prestó para abusos inimaginables, donde hay personas que piden unas concesiones marítimas de 50 mil hectáreas. Esas personas que piden más de 50 mil hectáreas, ¿tendrán dos, tres botes si quiera? Hay algunos que no tienen ninguno, pero tienen un buen abogado que descubrió que el dicho se hace realidad: hecha la ley, hecha la trampa”, en sus palabras no habla de una crítica técnica fundamentada, los antecedentes técnicos recientes que los aporta la entidad fiscalizadora de la ley el SERNAPESCA no registra denuncias formales por usos abusivos o mal funcionamiento de la ley, por tanto su argumento peyorativo es de carácter supremacista sobre un orden legal que pretende proteger y dar derecho a comunidades indígenas que habitan el borde costero ancestralmente.
Pero la izquierda en Chile debe hacerse cargo autocríticamente de un error que hemos cometido es no integrar las diversas luchas contrahegemónicas, olvidando que la hegemonía se disputa en todos los niveles de la sociedad simultáneamente. No se puede seguir pensando que las demandas de un solo actor social pueden determinar el devenir de la historia y la emancipación de la sociedad. La lucha por la emancipación es una lucha colectiva, donde la suma de los y las protestantes es la suma del todo, nunca olvidemos que las luchas están cruzadas imperativamente por el deseo de la igualdad y la libertad, en definitiva por la utopía de la justicia social.
De lo anterior emerge que retomar el poder no es un evento electoral reducido a ganar en las urnas es fundamentalmente, transformar las relaciones sociales de producción y el sentido común de la mayoría. Una importante lección del siglo XX fue la derrota asestada al fascismo, que nos dice que sin la integración y coordinación de todas las fuerzas políticas estas se fragmentan, se burocratizan y terminan siendo derrotadas, un fenómeno que resuena con amarga vigencia en nuestro presente.
Finalmente, se requiere una construcción lenta y sólida de hegemonía en la sociedad civil como una fase necesaria ante el ascenso de la ultraderecha. Esto implica articular resistencias concretas y legitimadas socialmente mientras se desarrollan propuestas de gobierno verbalizadas con un horizonte socialista claro. El desafío está en politizar las demandas materiales y simbólicas, transformándolos en una fuerza colectiva con identidad de clase. Como también fortalecer la unidad en la acción de todas las fuerzas sociales y políticas, y mantener una mirada de largo plazo, basada en un análisis permanente de la teoría y la práctica de vanguardia es la única vía para reconstruir un proyecto político capaz de transformar la realidad chilena y salir de este marasmo conservador.
Por Pablo Monje – Reyes
