viernes, julio 3, 2020

El vacío que deja un trabajador esencial

Por Ilka Oliva Corado

Pareciera que son los jóvenes los irresponsables, pero no, he visto personas de todas las edades rompiendo las normas de salubridad y no son personas empobrecidas como para decir que no tienen los medios económicos para comprar una mascarilla de 99 centavos de dólar.

El ambiente en el supermercado cambió, cambió la dinámica. Hoy frente a las cajas de pago hay una ventanilla de plástico que seguramente se quedará ahí por siempre y también señales puestas en el piso para mantener la distancia. Hay una caja de guantes desechables a la entrada y  un bote de desinfectante para quien quiera usar. 

Todos los trabajadores usan mascarilla. Varios adultos mayores con documentos que se jubilaron y que trabajan ahí medio tiempo se guardaron solos al inicio de la pandemia y no han salido de sus casas, volverán al trabajo solo cuando se sientan seguros. En su lugar apareció un puñado de jóvenes de los que regresaron de la universidad y están ganando dinero extra. Pero eso solamente con quienes tienen documentos, los indocumentados han estado ahí trabajando hasta doble turno para mantener el supermercado sobre ruedas y estos son los que laboran en las estanterías colocando el producto, jalando los carritos o carretillas, haciendo limpieza, limpiando el pescado, descargando los camiones. Los que tienen documentos tuvieron una ayuda económica mínima, pero la tuvieron, por parte del Gobierno, los indocumentados quienes no fueron despedidos tuvieron que trabajar.

Durante la pandemia se puso de moda la palabra esencial. Trabajadores esenciales. Esencial: fundamental, sustancial, básico, principal, primario, importante, necesario. Y entonces las luces fueron puestas sobre médicos y enfermeras, pero no sobre las personas que limpian los hospitales, por ejemplo. Es muy raro que un trabajador indocumentado no sea esencial en tiempo de pandemia o no, porque solo otro indocumentado hará el trabajo que este hace.  Los jornaleros del campo, las niñeras, las empleadas domésticas, jardineros, gente que coloca producto en las estanterías de los supermercados son en su mayoría latinoamericanos indocumentados. 

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De esta agua revuelta. los que más resultaron perdiendo fueron los indocumentados, por ser los más expuestos al trabajo y no contar con seguro médico y por ser también, en tiempo de emergencia los últimos en la cola. 

La famosa frase  “quédate en casa” se puede decir desde la comodidad económica, pero no desde la necesidad. Porque quien vive al día tiene que salir a trabajar, porque o se muere por el virus o se muere de hambre. El indocumentado en cualquier lugar del mundo, está por debajo del ser humano, no se cuenta como persona más que como el lomo que hay que reventar a punta de trabajo. 

Volteo hacia la estantería donde están los chocolates y las semillas y está un joven de no más de 18 años colocando el producto nuevo. Me quedo sin palabras. El señor que estaba en ese puesto era  un  indocumentado, un trabajador esencial, expuesto durante la pandemia como millones, que se la rifó para llevar comida a sus hijos. Y murió por el virus. 

Los trabajadores esenciales, obreros, jornaleros del campo, indocumentados, también dejan un vacío en sus familias, en su círculo de amigos, entre sus conocidos en sus lugares de trabajo, en su comunidad, aunque no sean reconocidos y no se les vea como personas, no se les trate como seres humanos y se les nieguen los derechos. 

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Otra historia es la del retorno del cuerpo de un indocumentado a su país de origen, mucho más en tiempos de pandemia. 
 

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